Sábado, 22 de Noviembre 2025
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

jpalomar@informador.com.mx

Por: EL INFORMADOR

El mar prosigue su oratorio interminable. El restallido de la luz convoca a todos los horizontes que las aguas unen en estas playas quietas. La indecisa línea de una isla tiembla bajo el sol de la mañana que progresa. Entre todos los encuentros que la vida depara, el del mar deja una señal imborrable en los ojos de quien por primera vez lo descubre. Tierra adentro, ocupado en otros afanes, la poderosa respiración oceánica acompaña por siempre a quien aprendió por insondables vías a reconocer allí todo origen. Se abre la inmensa bahía al día que despunta como un abrazo que habrá de concluir con los tiempos.
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El camino avanza a través de la selva que se espesa ciegamente. El resplandor de los troncos claros traza un rápido dibujo contra las frondas sombrías. La sierra inicia su fatigosa ascensión y un peñón dorado remata la sucesión de curvas insistentes. Los ozotes amarillos florecen ávidamente. La ermita de las escaleras luce un renovado colorido, y su fábrica esmerada sigue completándose. Más allá, negros campos de lava germinan en verdes intemporales, empecinados.
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Regresando a la ciudad lacustre: Alfonso Reyes, en su Palinodia del polvo: "¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro mismo valle desaparece. Cansado el desierto de la injuria de las ciudades; cansado de la planta humana, que urbaniza por donde pasa, apretado el polvo contra el suelo; cansado de esperar por siglos de siglos, he aquí: arroja contra las graciosas flores de piedra, contra las moradas y las calles, contra los jardines y las torres, las nefastas caballerías de Atila, la ligera tropa salvaje de grises y amarillas pesuñas. Venganza y venganza del polvo. Planeta condenado al desierto, la onda musulmana de la tolvanera se apercibe a barrer tus rastros."
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Viendo pasar el tren. Desfila el convoy a través de la ciudad impaciente. Los veintes de cobre puestos en la vía quedaban como obleas afiladas tras el paso de los vagones y su rítmico ruido lejano. Quizás alguno de estos viejos armatostes sea el mismo que, al azar de los recorridos y los años, pasó por este mismo lugar en aquellos días. El metal recalentado deja un olor familiar y extranjero; el óxido que nunca duerme continúa royendo las planchas de metal que se van haciendo imperceptiblemente más delgadas. El color de la herrumbe en todas sus tonalidades, el estruendo que siempre se está alejando, los grafittis que fueron pintados en alguna remota parada fronteriza, la ubicua y fugaz presencia del tren completa misteriosamente el cotidiano paisaje de la ciudad que lo mira irse.
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Miguel Hernández. Repasando las viejas páginas del tomo de Losada en donde se leen sus obras completas se encuentran, otra vez, su voz y su estilo, esencial, reseco, y sin embargo, de una conmovedora frescura que sobrevive los años y la distancia. Va un verso:
En este campo estuvo el mar.
Alguna vez volverá.
Si alguna vez una gota
roza este campo, este campo
siente el recuerdo del mar.
Alguna vez volverá.

O este otro:
Como la higuera joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.
Como la higuera joven
resplandeciente y ciega.
Como la higuera eres
como la higuera vieja.
Y paso y me saludan
silencio y hojas secas.
Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.
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El nuevo disco de Peter Gabriel no es una buena ocurrencia. (Ni su título: Scratch my back, en referencia a la orquesta que lo acompaña.) Es aburrido, pero pretensioso. Se trata de una variopinta colección de covers cantados con el acompañamiento de una sofisticada orquesta. Los arreglos son elaborados y, sin embargo, no funcionan como soportes de canciones cuyo nervio dependía de otros recursos. Héroes, de David Bowie, por ejemplo, pierde toda la urgencia y la explosividad que la versión producida por Brian Eno entrega. Quizás la pieza que mejor funcione sea El niño de la burbuja de Paul Simon, que tiene una letra particularmente buena: "Estos son los días del milagro y la maravilla/ esta es la llamada de larga distancia/ el modo en que la cámara nos sigue en cámara lenta/ el modo en que nos miramos a todos,/ el modo en que miramos a una constelación distante/ que muere en un rincón del universo,/ estos son los días del milagro y la maravilla/ y no llores niño, no llores." Se extraña el fraseo y la voz de Simon diciendo lo mismo, pero mejor. Algo similar pasa con la canción de los Talking Heads, la de Arcade Fire, la de Neil Young... Todo se oye como pasado por agua, sobrecargado de instrumentaciones, recitativos y esfuerzos vocales del maestro Gabriel que, además de ciertos momentos afortunados, no terminan de funcionar.
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El jardín recompone sus huestes, recuenta sus renuevos. El aire de la temporada lleva las semillas aladas que prosiguen un viaje interminable y certero. Dan vuelta los años. Desfilan los muertos que sabían poblar los años de la infancia. Sólo los abrazos restablecen la dorada alianza con la vida que corre.
jpalomar@informador.com.mx

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