Lunes, 17 de Noviembre 2025
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Diario de un espectador

Y el jardín entero parece saludar la humilde, conmovedora proeza.

Por: EL INFORMADOR

Quehaceres del jardín. Muchas fueron las estaciones que pasó el níspero agazapado bajo la sombra del granado añoso y del jazmín abundante. Arrinconado ensayó, con adversa suerte, distintas salidas, variadas estrategias. Creció magro y agachado, siempre sacrificando su parte de sol, su porción de aire y espacio. No desesperó nunca, y fue puntual en el florecimiento y en la muda de sus hojas. Cada una de sus ramas era el reconcentrado, cuidadoso esfuerzo por prevalecer; la curva de sus trayectos aprovechaba el menor resquicio, las contadas rendijas que el granado patriarcal dejaba en el patio. Pero el níspero esperaba: un día, desde la parte baja de su tronco inclinado hizo surgir un brote poderoso, recto como una espada. Tres o cuatro veranos mantuvo su nueva estrategia, cuidando mientras tanto que sus demás ramas siguieran, sin demérito, su arduo destino. Y, ahora, el brote milagroso, con pasmoso vigor, ha logrado sobrepasar la fronda más alta del granado: un mástil al que corona un penacho de hojas lozanas y victoriosas, que se mecen al aire junto a las azoradas malvas del balcón. El níspero ha cambiado: su estructura se recompone, su estampa es ahora distinta: toma, con plenos poderes, su lugar bajo el cielo. Y el jardín entero parece saludar la humilde, conmovedora proeza.

Los Coen. Quizá lo más atrayente del cine de los hermanos Joel y Ethan es el más que evidente placer que parecen obtener de su trabajo. Dos de sus películas iniciales confirman la natural solvencia de los hermanos, su fidelidad a sus propias obsesiones. Blood simple (1984) es una descarnada -y compleja en su aparente simplicidad- historia de traición, deseo, codicia y celos situada en un estremecedor paisaje tejano. Las actuaciones son impecables, y difíciles. El manejo de escenarios y encuadres refuerza el calculado efecto ominoso y fatal que guía la trama. Un humor más que negro pervade y hace soportable la atroz anécdota. Una producción temprana y aún modesta, en la que ya despunta el bien ensamblado trabajo de los Coen. La otra es Miller’s crossing (1990). Un abordaje a la vez enjundioso y sardónico del género de gángsters. Pero el vuelo que toma la cinta, que incorpora la vida toda de una indeterminada ciudad, la vuelve una alegoría poderosa y casi festiva. El título de la película recuerda la inmortal Línea de sombra de Joseph Conrad: tal es el dilema que el improbable héroe enfrenta en el lugar al que se alude. El humor es más franco, la atmósfera menos asfixiante. Sin embargo, un destino terrible y despiadado marca el nexo de este par de notables hechuras.

Weston y el agua. La imagen puede situarse en algún estanque de los que acompañan a las obras hidráulicas rurales. Algo hace pensar, por las sombras que cruzan un muro curvo que contiene el agua, en vástagos y cercanas plantaciones azucareras. Un tanque al que llega un manso caudal por un canal anchuroso y diáfano. La diferencia de profundidades hace tomar a la superficie acuática muy distintos tonos. Sobre la línea que une a los dos elementos de esta arquitectura esencial, y perpendicular a ella, una mujer parece levitar: las piernas juntas, los brazos recogidos, los ojos cerrados bajo el sol restallante. Entre dos aguas, una muchacha ingrávida refleja la luz y hace durar ese instante en que Edward Weston guardó el prodigio: hasta llegar al muro, aquí, en donde ahora la mujer de los ojos cerrados sigue ese mismo vuelo.

La laguna llega, como no lo hacía en más de 30 años, hasta el mismo pie de la vieja Posada de Ajijic. Los gigantes de la orilla, prudentemente, supieron esperarla. Difícil es saber si por esos mismos ventanales vieron la tarde Kerouac, Ginsberg y amigos que los acompañaban en un ya remoto año. En el modesto muelle dos o tres pescadores tiran sus líneas con terca paciencia. El cerro de García, desde siempre, preside el azul que se pierde hacia el rumbo de Tizapán.

La Alemana optó por ser práctica y argente. Liberó de ventanas el primer piso y lo convirtió en un grato balcón que mira, con nueva inmediatez, la dorada espalda de Aranzazú y el escorzo de San Francisco. Para poder, civilizadamente, fumar si es el caso. Larga es la mesa y largo va siendo el tiempo desde el que esos mismos amigos se reúnen para celebrar, reiteradamente, las ahogadas y el gusto de estar juntos. El violín, bajo la escalera, insiste con sus tonadas bien sabidas. Livianos se levantan los tequilas que convocan al año propicio y a la ventura incierta.

Se puso a acumular años como quien amontona, alrededor de la trinchera, tierra y tiempo contra el fuego graneado del recuerdo. Cada nueva palada desgastaba el terreno, marcaba nuevas líneas en la cara obstinada. Gradualmente una certeza ha ido descendiendo, como un pájaro empecinado. Inútiles los esfuerzos por alejarlo, el pájaro siempre regresa, aunque sea por instantes. En la frente de quien así se atrinchera las alas dejaron la huella de un vuelo que vuelve, que siempre quedó allí. Un día llegó en que fue mejor salir al campo abierto, dejarse acribillar por el aire, por la luz cambiante y la inevitable compasión de la Providencia.

jpalomar@informador.com.mx

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