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Sábado, 22 de Septiembre 2018

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Suplementos | A caja del agua brilla con el frío furor de la luna de noviembre en su misterioso transcurso hacia el oriente

Diario de un espectador

Por: juan Palomar

Por: EL INFORMADOR

A caja del agua brilla con el frío furor de la luna de noviembre en su misterioso transcurso hacia el oriente. De la calle llega un antiguo olor a humo de carbón. Las flores de la llamarada trepan sobre la inerte estructura de la vieja bugambilia. Su anaranjado escribe con mano ligera sentencias de júbilo y serenidad sobre la comba del azul que se ahonda. Se cumplen 20 años de la muerte de Luis Barragán. El dorado del retablo de la capilla de las Capuchinas sigue resplandeciendo mientras la sombra de una cruz marca las horas. En Tacubaya, un pirul sigue reverdeciendo.



Zirahuén tiene la dimensión exacta de los paisajes soñados. La laguna brilla como una patena y la orilla del otro lado del camino se antoja inalcanzable e intacta. Una bruma liviana se levanta mientras la tarde alarga las sombras. Los caseríos se encienden con el sol que aún alcanza a iluminarlos por encima de la ladera umbría. El sonido de varios radios distantes compone una cacofonía intermitente. Años que se acumulan, y aquí sigue la siempre extrañada Kuni Hartung que atravesaba el lago y señalaba una troje inmensa que aún parece destacarse en la distancia, fuegos que fueron, trazos sobre papeles que dispersó el aire, una incipiente práctica de vuelo que no duraría. El atrio de la iglesia custodia su silencio como una ceremonia que inexorablemente se va cumpliendo. En el patio de la fiesta resuena la voz de Jim Morrison y los niños corretean sobre las últimas luces que se obstinan. Un frío muy delgado desciende con la oscuridad, y las estrellas trazan con su definitivo sextante el lugar exacto que ocupan estas lumbradas.



Pátzcuaro a cada vez. El designio de Vasco de Quiroga permanece como uno de los más esperanzadores ejemplos de la razonabilidad de la utopía. La reconfortante quietud mañanera del pueblo guarda en su corazón la serena, grandiosa proporción de la plaza dedicada al insigne obispo. Basta regresar para recuperar la certeza de que es posible aspirar a la posesión de entornos construídos dignos, sencillos, traspasados por una belleza intemporal y cotidiana. Una tapia se vuelve memorable con el simple recurso de un par de arcos invertidos de magistral proporción. Una casa resplandece con el oro de las naranjas que se vislumbran en su patio profundo. Los portales tienen el ancho exacto para ser cívicos e íntimos. Muy altos, los fresnos se inclinan levemente con el viento que se levanta. En la casa de los once patios los continuadores de los centenarios oficios venden con alegre sencillez sus mercancías. Una cortesía risueña e impenetrable distingue sus tratos. Pátzcuaro como lección: así como quien aprendió La suave patria, así como se recuerdan los Sones de mariachi, así se debería llevar en la memoria la estampa de esta ciudad magistral: talismán y convocatoria.



En los años de la escuela de arquitectura del ITESO, siempre que se mencionaba a Pátzcuaro como espejo de arquitecturas y urbanismos alguien mencionaba que, puesto a escoger sobre los lugares que sin duda salvaría por sobre todos los demás, el célebre arquitecto Frank Lloyd Wright habría escogido a Pátzcuaro. Apócrifa o no, la anécdota ha recorrido su camino y habla, sobretodo, del hipotético buen gusto del maestro usoniano. Hay una probable conexión, sin embargo. E. J. Kaufman, el riquísimo heredero norteamericano para quien Wright proyectara la Casa de la Cascada (1939), tuvo a bien encomendarle un mural a Juan O’Gorman. Quizá por razones ideológicas el mecenas renunció a la idea de que la obra fuera ejecutada en Estados Unidos y le pidió, en cambio, al muralista que escogiera un lugar en México para realizar su trabajo. O’Gorman seleccionó Pátzcuaro, y allí, en particular, el muro testero de la antigua iglesia de los agustinos, convertida ya en la biblioteca Gertudris Bocanegra. El mural fue realizado entre 1941 y 1942, y costó nueve mil pesos, provenientes de la fortuna de Kaufman. En el amplio fresco se describe, con la abigarrada manera acostumbrada por O’Gorman, la historia de Michoacán, plagada, por supuesto, de los tics ideológicos en boga. Quizás cliente y arquitecto acudirían alguna vez a Pátzcuaro a ver el resultado de la munificencia del primero.



Un nuevo tajo en el paisaje de Morelia. Una reciente carretera que lleva al aeropuerto descubre, más allá de las lamentables hileras de vulcanizadoras y variados tinglados de fortuna, más allá del revoltijo ruinoso que rodea a la noble ciudad, un paisaje inesperado y como recién hecho. Atrás quedó la silueta de las torres catedralicias, el dibujo armonioso de las cúpulas que se saludan. Las carreteras van segregando a su paso una pertinaz fealdad que oscurece el tránsito de quien las recorre. El nuevo camino revela, impolutos, los alrededores que completan, ahora sí, a la ciudad que vieron nacer.



Dos fragmentos de Guillevic:
El juego del sol
Sobre el tronco del roble
El tiempo de una ventura.
Sobre cada cosa
En plena luz
El gusto del secreto.
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El tiempo, el tiempo
Ha podido hacer de una flama
Una piedra que duerme de pie.

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