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Jueves, 14 de Diciembre 2017

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Suplementos | Cambio de hora, cambio de estación

Diario de un espectador

El domingo pasado amanecimos más temprano

Cambio de hora, cambio de estación. El domingo pasado amanecimos más temprano. Hay una hora que aparece y desaparece del reloj con los cambios de horario, y que gravita de manera insospechada sobre la vida que transcurre. Esa cesura, esa marca en los días, logra acentuar el lento vaivén de claridades y sombras que hace reconocible el tiempo. Discutible o benéfica, la medida horaria, como un titubeo en el marcapaso, imprime una huella de la que es difícil medir la hondura. Los pájaros del jardín, interperritos, cumplen su jornada con intemporal puntualidad.

I/II, de Fernando Palomar. A la mitad del camino es el título de una canción de Chrissie Hynde y los Pretenders. Es esta circunstancia la que evoca Dante en las líneas que abren La Divina Comedia. Es también el título de un poema de Carlos Drummond de Andrade:

En mitad del camino había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
había una piedra
en la mitad del camino había una piedra.
Nunca olvidaré la ocasión
nunca tanto tiempo como mis ojos cansados permanezcan abiertos.
Nunca olvidaré que en la mitad del camino
había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
en la mitad del camino había una piedra.
A medias, un medio, primero de dos inexorables capítulos. Es la exposición que Fernando Palomar presenta estos días en el Museo Raúl Anguiano. Dice Dante: “A la mitad del camino de la vida,/ en una selva oscura me encontraba/ porque mi ruta había extraviado.” Y la exposición es oscura (y su iluminación es tenue), y varias veces funciona en pares como su mismo título adelanta. Dos piezas grandes la abren y la cierran: una banda de lámina metálica en la que el óxido –que nunca duerme- trabajó, y en la que el Frases, heredero de los calígrafos medievales, plasmó los versos citados del Dante. (El primer extravío aparece ante la imposibilidad de descifrar lo que la grafía dice...) La otra pieza es una canoa chapalteca, lista para ser botada, que navega en la penumbra del centro de la sala. Si se observa con atención, la embarcación ostenta en el espejo de popa la misma bandera que el primer video (móvil/inmóvil) presenta: la de Delft, tierra del inmenso Vermeer, a cuyas telas se hace así oblicuo homenaje. Otro video muestra a un singular personaje, pero de bulto contra la pantalla: Slow Poke Rodríguez, primo hermano de Speedy González. Atrás de él se suceden las imágenes de una regata, de las montañas del Tibet de Tintín, y de una montaña rusa. Libre asociación, divertimentos, rectas al corazón: el banco de carpintero de Pablo Santillán retratado con dos láminas de plexiglás que lo transforman. La museografía es en sí misma una afirmación seca y reticente: es lo que quedó de una exposición anterior de arquitectura, rearreglada. Los pedestales vacíos son a la vez un comentario y una pieza nueva. Una de dos, mitades y pares. Obras autobiográficas, abiertas, transparentes o abstrusas, que conforman una bitácora fiel de los días transcurridos.

De lo que se puede rentar en video por estos días. En el valle de Elah (tontamente rebautizada como El valle de las sombras, con lo que el título pierde sentido y contundencia.) Es una película de Paul Haggis y tiene como protagonista a Tommy Lee Jones. Es un verdadero descenso a los infiernos. Los de la guerra y los otros. Un padre busca a su hijo desaparecido. Hay una escena clave que resume lo que la película quiere decir sobre esta civilización: cuando la bandera de los Estados Unidos ondea cabeza abajo, y el protagonista explica que es el último signo de desesperanza y súplica de ayuda por parte de un país. Jones entrega un trabajo –mejor aún que como acostumbra- absolutamente excepcional. La película tiene que ver con la guerra de Iraq, pero habla de cosas más amplias. La otra escena, que explica el título, y la historia: Jones le cuenta a un niño la gesta de David frente a Goliat. Ese pasaje bíblico está situado en el valle de Elah. A pesar de la densa amargura que rezuma el filme, algo hay en la manera como la historia es transmitida, en las sobrias y devastadoras actuaciones de Tommy Lee Jones y en la de su mujer en el guión, Susan Sarandon, que apela a las grandes narraciones que por su mero artilugio expositivo –como tantas obras maestras de la amargura (piénsese en la gran novela rusa)- logran redimir la negrura de lo que cuentan y dejan un regusto de compasión y, por lo tanto, de difícil esperanza.

Del libro de las imágenes entrañables. Cuelga en el muro, de un tiempo a esta parte, la estampa de una goleta que surca un mar agitado. Una nube incierta cubre el cielo que palidece. La costa es una línea color de arena encendida, y una bandada de gaviotas antecede y persigue al velero que se escora bajo un viento vivo. La viñeta viene de alguna página de las correrías de Corto Maltés, el imperecedero personaje -muy pariente de Maqroll el gaviero- al que dio vida Hugo Pratt. Pasan los días, y al fragor del oleaje el velero sigue surcando el mar de la memoria, seguirá navegando bajo los vientos que el mañana traiga.

Por: juan palomar

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