Suplementos | Las corrientes trataban en vano de reconocer sus cauces Diario de un espectador Lluvia. Llovió como nunca. Como en su vida había visto este espectador que se juntara agua sobre la noble y leal ciudad Por: EL INFORMADOR 28 de septiembre de 2008 - 06:21 hs Lluvia. Llovió como nunca. Como en su vida había visto este espectador que se juntara agua sobre la noble y leal ciudad. Las corrientes trataban en vano de reconocer sus cauces. Siglos de necedad, décadas de sinrazón, plantaron la traza de solares y calles sin dejar el mínimo espacio para la primigenia dueña del campo: el agua. La misma que conformó durante milenios un territorio que en poco tiempo se vio violentado y subvertido. Bien mirado, es un acto de soberana ingenuidad, pero también de miserable tacañería: repartirse terrenos y trazar caminos sin dejar el mínimo espacio para que las corrientes fluyan. Las cañerías, claro. Los colectores que cada año se quieren más grandes. Soterrar el agua, esconderla, ensuciarla y tirarla lejos, para que luego haga falta y se anden haciendo obras exorbitantes para traerla de nuevo. Brillante. Llovió como nunca y las calles arrastraban mareas y hacían olas. La infinita torpeza del parque vehicular exhibía sus debilidades. Los de a pie chapaleaban con el agua a media pierna. El agua que pasaba venía de cada vez más lejos, calles arriba, hasta la punta del concreto y el asfalto; el agua que pasaba no habría de parar hasta el mar. A su paso iba diciendo adiós a la ciudad y sus pequeñeces, sus torpes cálculos, sus mezquinas maneras. A esa ciudad que segó para siempre sus arroyos. Como el del sur, que iba por la avenida del mismo nombre y del que la anterior generación bien que se acordaba. Y el mismo -¿o era otro?- que luego se hacía el arroyo del Arenal y bajaba por donde ahora queda el barrio de Mexicaltzingo. El destino de este último es magnífico: no solamente se enterró el arroyo, sino también el puente que lo cruzaba (el de las Damas). Y ni hablar del río de San Juan de Dios, cloaca máxima ya centenaria. Gana el catastro: la repartición avara y exhaustiva del último metro de tierra en favor de alguien. Y además, si acaso, las calles, y no muy anchas para no gastar. Ciudad que se inunda. Sin coche. El lunes pasado fue el día mundial sin auto. Se notó cantidad: las calles lucían igualitas de atascadas. Todo va a topar en que un día el embotellamiento empiece adentro de las cocheras. Y nada se mueva. Por mientras, cada vez se gasta más y menos eficientemente en moverse, cada quien en su coche, eso sí. En algunas ciudades de Europa ya hay un severo malestar contra el auto, particularmente contra los llamados vehículos “todoterreno” grandotes que son ejemplares en su despilfarro de gasolina y de espacio. La gente les grita cosas a sus conductores, golpea al pasar sus gordas salpicaderas. Si la gente de aquí tomara conciencia en todo lo que su calidad de vida pierde por el uso indiscriminado del coche, capaz que algo parecido comenzaría a pasar. Ante esto, sumarse a la resistencia: caminar la ciudad (como la caminata que un grupo del COM:PLOT acaba de hacer y en la que esforzadamente cruzó la urbe de punta a punta), andar en bicicleta, ensayar de tomar el camión, de perdida usar taxis, que de todos modos andan todo el día en la calle. Eso sí. Recuerdo de los primeros alegatos de un niño azorado, encorajinado. La respuesta mortífera de una nana: -eso sí. Insistencias, pataleos: -eso sí. Mutatis mutandis, la contestación –cuando la hay- es tantas veces la misma. Una casa por Morelos. Debe de datar de los cincuenta. Está por Morelos, cuadras abajo de Munguía. Tiene tres pisos, y al último lo remata una ventana de nobles proporciones. El ingreso tiene una curva que intenta ser amable con quien llega. Pintarrajeada, vejada, rota, casi anulada por el torvo abuso y la sólida estupidez. Una casa que es muchas. Ésta fue obra de Ignacio Díaz Morales. Lamentando a Richard Wright. Hay una canción –la cuarta- del disco de Pink Floyd de 1994 The Division Bell. Se llama Marooned: encallado. No tiene letra, y su autoría es de Rick Wright, que hace pocos días se murió. Después de la baja de Syd Barrett es el siguiente integrante del supergrupo inglés que no habrá de tocar más en una imposible reunión. Vuelve Marooned, y la sutil maestría del tecladista desaparecido se hace presente. Algo de la esencia de una de las bandas que marcaron a esta generación –y a varias otras- es ahora irrecuperable. La intensidad, la profundidad y un tempo cercano a lo majestuoso, junto con una discreta simplicidad marcaron el trabajo de Wright. En su homenaje, va una traducción de una canción de su autoría en su disco Wet dream. Se llama Elegía del verano. Posiblemente está dedicada a Barrett. Ahora va por el de los teclados, encallado en la memoria. Tranquilo, sonriente amigo mío Arrojado en nuestras vidas Diste todo lo que podías Viste a través de nuestro disfraz Tenía que quedarme no podía irme Dame tiempo para poder respirar Dame tiempo para estar en paz Pacientemente, nos veías tocar Partes que habías visto antes Aún entonces, a veces preguntábamos Para que nos querías Atrapado entre la enmarañada red Nos ayudaste a salir libres Es triste, entonces, tú te perdiste Y debiste irte Y me tengo que ir, ponerme en camino Déjame ir, no me puedo quedar Déjame ir, no me debo quedar Por juan Palomar Temas Tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones