Viernes, 17 de Octubre 2025
Suplementos | El Evangelio de hoy nos recuerda lo que les pasa a los que no atienden al llamado del Señor

“De medias tintas”

No cabe duda que en nuestra realidad actual se ha llegado a extremos verdaderamente inconcebibles para los seres que presumimos de ser civilizados

Por: EL INFORMADOR

    No cabe duda que en nuestra realidad actual se ha llegado a extremos verdaderamente inconcebibles para los seres que presumimos de ser civilizados.
     A dondequiera que volteemos, en alguno de los ambientes en los que nos desempeñamos, en cualquier medio de comunicación, sea a través de las letras, las palabras o las imágenes, nos damos cuenta hasta qué punto esto  es verdad.
     Violencia desatada e incontrolada; corrupción aparentemente inacabable; injusticias al por mayor en todos los ámbitos; atropellos a la dignidad humana de una manera brutal y salvaje; opresión, manipulación y autoritarismo por parte de muchos de los que se ostentan como autoridad, servidores públicos o gobernantes; interpretación de las leyes de todo tipo de acuerdo al criterio de unos cuantos, de los cuales no se tiene la seguridad de una madurez humana, de una capacidad de juicio desarrollada adecuadamente, no sólo por el estudio y la erudición, sino también por la nobleza de sentimientos y de ideales; la cada vez más dominante e imperante “cultura de muerte” que se ha infiltrado en la vida cotidiana, casi desapercibida. Y así podríamos seguir enunciando una lista que se convertiría en interminable, porque la capacidad del ser humano para hacer el mal, pareciera que superara a la que tiene para hacer el bien.
     Pues bien, todos estos males que se multiplican en todo el mundo, tienen un solo origen, un tronco común: una vida al margen de Dios, de sus leyes y mandatos, de su plan de amor y salvación.
     Los seres humanos de hoy, en su gran mayoría no conocen al verdadero Dios, que es el Dios de Jesucristo, el Dios que Él nos vino a descubrir, a mostrar. Y no sólo eso, sino también nos lo reveló como nuestro Padre, al ganarnos, con su Pasión, Muerte y Resurrección el derecho a ser sus hijos adoptivos: “a todos los que lo recibieron les dio el poder de hacerse sus hijos”. (Cfr. Jn 1, 12)
     Y al no conocerlo, no sólo, como dice el dicho, “a cualquier ídolo se le hincan”, sino que viven conforme a sus propias creencias, o las de aquel o aquellos en los que ha puesto su confianza. Muchos de éstos son falsos profetas, como los que anuncia la Palabra de Dios; otros, verdaderos lobos con piel de oveja, y otros más, engañadores profesionales que explotan la ingenuidad del pueblo con una serie de mentiras y promesas incumplibles, o se dejan influenciar por filosofías y corrientes de pensamiento ajenas a la doctrina de Jesucristo.
     Esto último se ha venido manifestando de una manera por demás fehaciente y escandalosa, en la serie de argumentaciones que se han venido haciendo --inclusive por cristianos y católicos-- para  justificar uno de los crímenes más abominables, crueles, cobardes e injustificables --aunque de suyo toda clase de crimen lo es--, como lo es el aborto --o sea la privación de la vida y del derecho a vivir--, con todas las agravantes de la ley humana: premeditación, alevosía y ventaja.
      Y también las agravantes de la ley divina, dado que fuimos creados por Dios, por su amor, y creados para la vida, y por ello le pertenecemos; y nadie puede disponer de su vida ni de la de los demás, mucho menos de aquellos que se encuentran inermes e indefensos. ya que, además, Jesús dio su vida para que nosotros viviéramos: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. (Jn 10, 10).
      He ahí la tragedia de nuestro mundo hoy: la desobediencia a Dios y a sus mandatos. Ésta, como lo decimos antes, por desconocerlo, o bien por no aceptarlo ni aceptar su Palabra, o tal vez por un rechazo consciente y libre. Así lo deja ver el Salmo: “¡Feliz el hombre  que no sigue el consejo de los malvados,  ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche!”.
       Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien. (Sal 1, 1-3).
      El Evangelio de hoy nos recuerda lo que les pasa a los que no atienden al llamado del Señor, no le obedecen, y por lo tanto les es quitada la herencia eterna, y en cambio le es entregada a los que sí obedecen; aunque esa obediencia tiene que ser completa y por amor, para poder entrar en el banquete del Reino de los Cielos.
      Recordemos que nuestro Dios no es un Dios --por así decirlo-- “de medias tintas”: Él espera un sí o un no de nuestra parte; fríos o calientes, mas no tibios, porque a estos últimos acaba por vomitarlos de su boca (Cfr. Apoc. 3, 16)

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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