Viernes, 07 de Noviembre 2025
Suplementos | Movimiento #Yosoy132

De las redes sociales a la calle

Son lo más interesante y fresco de las campañas electorales. Su discurso, donde cabe la equidad mediática, el desprecio a la corrupción y arreglar el mundo, le ha dado sentido a lo que una parte de los jóvenes y de la sociedad querían decir

Por: EL INFORMADOR

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GUADALAJARA, JALISCO /(10/JUN/2012).- Cuando el presidente nacional del PRI, hace apenas un mes, osó desacreditar al grupo de muchachos de la Universidad Iberoamericana que criticó a su candidato, desacreditó con eso a muchas personas —jóvenes y adultas— que reclamaban respeto a su derecho a opinar. Les negó la representatividad que debe acreditar cualquier mexicano antes de abrir la boca. ¿Por qué deben ser los partidos políticos los únicos cuya opinión tenga peso? ¿Por qué la opinión de un individuo cualquiera debe ser ligera, un número en una encuesta o una opinión en un sondeo? Internet no hizo sino iluminar plataformas nuevas de contacto, con todo y sus limitaciones de acceso. Cualquiera que haya pasado un tiempo en Twitter sabe que los hashtag duran un tiempo y luego todo el mundo los olvida. Los jóvenes de #YoSoy132 decidieron atinadamente ir a la calle. Y hoy pesan en la esfera pública.

En una sociedad donde políticos y medios de comunicación fueron por decenios enteros las únicas voces autorizadas, cualquier otra persona que levante la voz inmediatamente merece sospecha. Un “movimiento ciudadano” es algo que obliga a preguntarse quién estará detrás, cuáles serán sus intenciones ocultas y al servicio de quién se habrá puesto, porque ningún nuevo actor es admitido en el escenario sino a costa de que revele quién mueve sus hilos: todos somos títeres así que el de enfrente debe serlo, por fuerza, también.

La presencia de #YoSoy132 en el actual escenario social de México tiene a medio mundo inquieto porque no se le ven los hilos al títere ni queda claro qué hace ese nuevo actor allí. Y lo primero que los analistas preocupados andan buscando es cómo categorizar al “movimiento”, cómo calificar el modo en que se organiza y se distingue de otros. ¿Qué es? ¿Una especie de reflorecimiento de 1968 u otra Organización No Gubernamental, de esas que luego se alían a un partido político o un candidato? ¿Un sofisticado aparato de acarreados o una moda de nenes fresas fanáticos de lo políticamente correcto? Hay que ponerle nombre y dotarlo de identidad para que sepamos qué esperar de él, para que podamos pronosticar qué le pasará después del 1 de julio, para que le asignemos espacios y tiempos: ¿para qué quieren ir a un partido de futbol en el Azteca, si no para “provocar a sus rivales”? ¿No es demasiada casualidad que critiquen a Peña Nieto, ahora que López Obrador se afianza en el segundo lugar?

Caben todos y diferentes


El problema es que es muy difícil asignarle una identidad a un fenómeno cuyos integrantes tienen como rasgo común, precisamente, ser diferentes entre sí. Por décadas, muchos estudiosos han advertido que es una pérdida de tiempo acomodar en un mismo cajón a Los Jóvenes: por supuesto que hay categorías en donde ellos mismos se agrupan, pero eso no significa que sus intereses sean homogéneos y absolutos, que se vistan siempre igual y escuchen la misma música. #YoSoy132 tiene precisamente la función de servir como etiqueta común para quienes no andaban buscando una etiqueta común, pero saben aprovecharla. Parece, en todo caso, una forma más de reclamar no sólo identidad, sino voz: el derecho a participar de asuntos colectivos sin tener que declarar antes: “Soy un nini”, “pertenezco a una tribu urbana”, “soy de izquierda socialdemócrata aunque mi colegiatura universitaria es más cara que un sueldo promedio”. El derecho a decir: coincido con algunos en mis exigencias, difiero de otros, ‘también tengo una opinión’.

#YoSoy132 es una etiqueta, pero Los Jóvenes no pueden ser una etiqueta. Las personas que han asumido este nombre sencillo y cortito —ideal para armar titulares de prensa, pues— no pueden ser identificadas con un mismo rostro, un mismo vestuario o una misma corriente política. Pero tampoco pueden ser Todos Los Jóvenes Mexicanos. Al admitir que un hasthag los represente, los jóvenes de #132 admiten que coinciden en algunos intereses, pero no necesariamente se adhieren a una identidad única: ni tienen los mismos rasgos ni van a los mismos antros. Es cierto: en este fenómeno caben, principalmente, muchachos en edad de ir a la prepa o a la universidad, pero sería ingenuo decidir que éste es el “despertar” de las juventudes mexicanas. Jóvenes hay siempre, y eligen, en el camino de convertirse adultos, hacerse responsables o no de sus intereses y contribuciones a la vida social.

#YoSoy132 ha elegido movilizarse para convocar al resto de la gente no al consenso, sino a la discusión: saben que el sistema mexicano de medios de comunicación se corrompió hace tiempo, por lo que la única arma de audiencias y consumidores es convertirse en audiencias y consumidores críticos. Saben que el sistema mexicano de partidos políticos se corrompió igualmente y quieren decirle al resto del país que es hora de pensar en una solución constructiva y viable. Ellos no tienen las soluciones ni pretenden convencer a los demás de lo contrario: no las han obtenido en sus universidades privadas ni en sus universidades públicas, como tampoco las han hallado en sus familias, en sus colonias, en sus iglesias ni en sus aulas. Están igual de perdidos e inquietos que todos los demás en el país, pero parecen convencidos de que en la movilización ciudadana hay una especie de curiosa esperanza. Hay que subirse al escenario ahora que es posible, dicen, aun a costa de que los demás se pongan a buscarle los hilos al títere en lugar de preocuparse por lo que dice el actor. Y hay que actuar: hacer, hablar e intervenir en los asuntos de los demás.

La gran pregunta acerca de #YoSoy132 no es sobre su autenticidad o su “pureza”: en la democracia no puede haber homogeneidad. La gran pregunta es si perdurará, si habrá un legado. Los mismos jóvenes de #YoSoy132 no lo saben. Hasta ahora, simplemente van inventando formas de participar en la coyuntura electoral, porque es lo que corresponde. Su organización es huidiza, sus asambleas son confusas. Pero se identifican como estudiantes y eso les basta en principio para armar poco a poco una agenda de acción.

¿Es ésta la Primavera mexicana? La Primavera Árabe de 2011 comenzó con un acontecimiento terrible: un vendedor ambulante desesperado porque los policías seguían pidiéndole “mordida” fue a quemarse a una plaza pública. Aquel suceso movilizó a muchos otros indignados en África, contribuyó a la caída final de varios gobiernos y luego sirvió para bautizar las movilizaciones europeas y americanas que “ocuparon” otras plazas públicas. Lo que ocurrió en Túnez no se parece en nada a lo que ocurrió en Wall Street, ni mucho menos a lo de México, salvo por un único rasgo: la necesidad de recuperar el espacio público, de afirmar el derecho a una voz en el escenario social.

Si antes hay que hallar un símbolo, es posible y es fácil: en Europa sirvieron las máscaras de Guy Fawkes que recuerdan a la película V for Vendetta, pero en México hasta una etiqueta de Twitter sirve. #YoSoy132 es un símbolo nada más. Ya pasará de moda. Lo importante es que han coincidido y que hacen que otros, aunque sospechen, concuerden por lo menos en una idea: no somos iguales, pero ‘nuestra’ opinión importa.

En una sociedad donde políticos y medios de comunicación fueron por decenios enteros las únicas voces autorizadas, cualquier otra persona que levante la voz inmediatamente merece sospecha.

EL DATO
Un viernes para recordar


El origen del movimiento #YoSoy132 puede buscarse desde muchos ángulos en la historia del país, pero el día en que todo confluyó e hizo sentido fue el viernes 11 de marzo, en la Universidad Iberoamericana. Ahí Enrique Peña Nieto fue increpado por muchos estudiantes. El PRI los llamó acarreados, porros. 131 estudiantes grabaron un video dando sus nombres y negando los calificativos. Lo pusieron en Youtube. Luego alguien tuiteó #YoSoy132. Lo que siguió está siendo historia.

Tapatío

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