Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | Moisés y luego Elías llegaron al encuentro con Dios, después de una purificación de cuarenta días

Cuaresma, tiempo de abrirse a Dios

Jesús asumió la condición humana y voluntariamente tomó 40 días de oración, de penitencia, y sobrellevó las tentaciones para dejar su ejemplo para todos los hombres

Por: EL INFORMADOR

     Jesús, el Hijo de Dios, “empujado por el Espíritu Santo”, se retiró al desierto durante cuarenta días y fue tentado por el Maligno.
     Tiempo simbólico para el cristiano. Moisés y luego Elías llegaron al encuentro con Dios, después de una purificación de cuarenta días. El pueblo de Israel peregrinó cuarenta años por el desierto.
     Jesús asumió la condición humana y voluntariamente tomó ese tiempo de oración, de penitencia, y sobrellevó las tentaciones para dejar su ejemplo para todos los hombres.
     Desde la antigüedad, la Iglesia ha celebrado este “tiempo fuerte” --desde el Miércoles de Ceniza hasta la Noche Santa, la solemnidad de la Resurrección del Señor--, para instruir, evangelizar, catequizar, motivar a los fieles cristianos, para alejarlos del pecado y volverlos hacia Dios.
     Ya San Agustín, en el siglo IV, al hablar de la Cuaresma decía que era una “práctica antiquísima”,
      Así también San Ambrosio, Obispo de Milán en el siglo IV, hablaba de los treinta y cuatro días de ayuno.
     Ayuno, oración, penitencia, son elementos de la Cuaresma, pero ante todo y sobre todo, rectificar el camino, la dirección, con una enmienda de vida.

Conversíón, la exigencia del Reino

     La conversión es volver la mirada a Dios, cuando los ojos sólo querían ver, y veían, las cosas de la Tierra. Conversión es encontrar a Dios, de quien se había olvidado el hombre, atraído por las seducciones del mundo, del demonio y de la carne.
     Conversión es la respuesta al amor de Dios que llama. Dios siempre ofrece su amistad, su perdón, su ayuda, y espera la respuesta libre, porque libre es el hombre. Espera como el padre de la parábola espera la vuelta del hijo pródigo.
     Conversión es cambiar el desorden, el desequilibrio interior, por la más bella liberación, la interior, a la vida de Dios.
     “Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que, hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a las que les tiene sujetos el pecado.
      “La originalidad del mensaje cristiano no contiene tanto en la afirmación de un cambio de estructuras, cuanto en la insistencia en la conversión del hombre”. (Medellín I, 2.1).

Pero la verdadera conversión
requiere proyección social

      La conversión no es sólo un acto salvífico. Todo pecado va contra Dios y contra el hombre. “El que dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso”.
     La verdadera conversión es una apertura hacia los demás. En el mal, el pecado de uno repercute en todos.
     Podría servir un ejemplo: Un vehículo descompuesto o volcado en la carretera, ocasiona problemas a todos los que no pueden circular debido a ese percance.
     El pecado es cerrarse a la obra salvífica de Dios, con daño para las otras personas cercanas.
     Otro ejemplo pueden ser todos los males que ocasiona el padre de familia, cuando ha caído en el vicio, en el mal.
     La conversión auténtica se manifiesta en benevolencia, en consideración, en paciencia, en servicio.
     Convertirse es interesante sanamente de los demás, tener un corazón sensible para todos. Combatir la injusticia, hacer algo por los marginados, por los oprimidos.
     Conversión es tener responsabilidad para con el hombre, para su pueblo, para el mundo.

En la historia del bien
y del mal está el hombre

     El Señor Jesús, en su retiro al desierto, fue tentado por el Maligno. Así, al vencer las tentaciones venció al mal, y salió vencedor para enseñar a los hombres a ser vencedores.
     Ser cristiano no está amparado contra el mal, no es como tener un seguro de vida. El cristiano está a la intemperie, sin resguardo en el desierto de la vida, siempre expuesto a todas las tentaciones y todos los días del año.
      Es la contradicción en que se mueve la vida del hombre. Por eso Job llamó lucha a la vida del ser humano. Por eso al cristiano, el día de su bautismo, se le unge con el Santo Óleo para que el Señor le dé fortaleza, porque le esperan, ciertamente, combates en el peregrinar por la vida.
      En su última noche de vida pública, Cristo recomienda en el Huerto de los Olivos a sus adormilados discípulos, “vigilad y orad para que no caigáis en la tentación”. No oraron, no vigilaron y cayeron en el pecado de cobardía.

El hombre siempre está entre tentación y pecado

     La tentación es una proposición, una invitación, una oferta. El demonio, el mundo y la carne son los tres incansables agentes del mal.
     San Pedro exhorta en su primera carta: “Sed sobrios, estad despiertos; el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien derovar; resistidle, firmes en la fe” (la. de Pedro 5, 8).
     El mundo maneja una compleja y múltiple maquinaria de engaños y hace que los hombres sean idólatras de muchos idolillos pasajeros, como son las modas y los “astros” del cine, de la canción, de ciertos deportes.
     Mas tiene otros invariables ídolos: tener, valer, poder. Nadie ignora en estos turbulentos últimos años, todas las maldades, los crímenes con que la codicia ha impulsado a muchos. Injusticias, guerra, hambre, asesinatos, desvergüenzas, robos, atropellos, engaños, las perversidades de la carne.    Muchas familias divididas, odios, rencores por herencias.
     Sobre la vida, la fama, los intereses de otros más han surgido como la quimera del poder. Suben, y mientras más alta es su cumbre, más profunda y estrepitosa es su caída.   
     Muchos dolores se causan los hombres unos a otros, por las ansias de valer, de gozar, de tener poder, y por la concupiscencia de la carne.

Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios

     El Evangelio es la Buena Nueva, la nueva noticia, la noticia del Hijo de Dios viviente entre los hombres.
     Cristo empieza a predicar y dice: “El Reino de Dios ya está cerca”. En la antigüedad los profetas anunciaban que habría de venir, que vendría el Mesías, que se dispusieran, se prepararan para ese deseado, anhelado advenimiento. Eran anuncio y exhortación.
     Con Cristo llegó la plenitud de los tiempos, el cumplimiento de las profecías, el gozo de las promesas cumplidas.
     La predicación de Cristo fue el viento de primavera para que reverdecieran las almas, y al soplo divino brotaran flores, maduraran los frutos de santidad.  
     La presencia y la palabra de Cristo que empezaron hace veinte siglos en los pueblos de Galilea, siguen frescas y nuevas como entonces.
     El mensaje de Cristo siempre es buena nueva; buena porque es verdad y vida, nueva porque no ha envejecido con los siglos, ya que tiene la virtud de preservar la vida interior, la vida de las almas.
     Las multitudes de entonces y las de ahora son las mismas: vagan como ovejas sin pastor, seducidas y engañadas. Sólo en la Buena Nueva pueden encontrar la verdadera respuesta a sus inquietudes, a sus dudas, a sus angustias.
     El Evangelio siempre nuevo es el tesoro escondido, es la perla preciosa. Quien encuentra la Buena Nueva encuentra a Cristo, cree en Cristo. Creer no es creer en algo, sino creer en Alguien. El Evangelio es Cristo.

Pbro. José R. Ramírez   

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