Suplementos | Hemos iniciado un tiempo verdaderamente importante para los cristianos Cuaresma: ayunar y celebrar Hemos iniciado un tiempo verdaderamente importante para los que profesamos la fe cristiana Por: EL INFORMADOR 13 de marzo de 2011 - 11:14 hs Hemos iniciado un tiempo verdaderamente importante para los que profesamos la fe cristiana: un tiempo de gracia en el cual el Señor, por medio de su Iglesia, nos llama a una preparación de una vivencia del Misaterio Pascual, auténtica e intensa. Es por ello que hemos querido, a través de este artículo, compartir unos pensamientos que podrían ayudarnos a dicha preparación. En primer término, y resaltando la importancia de este tiempo, transcribimos los conceptos con los que el Papa Benedicto XVI comienza su mensaje de Pascua de este año: “La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso...”. Ese “vivir con el debido compromiso” que señala el Papa, implica que redimensionemos el valor de nuestro Bautismo --como lo sigue diciendo en dicho mensaje, el cual invitamos a leerlo y conocerlo en su totalidad. Ello nos llevó a reflexionar y cuestionarnos el cómo vivir este tiempo, o cómo saber qué debemos tomar en cuenta para lograrlo, para luego compartir con nuestros lectores algunas ideas al respecto. Pues bien, a través de la historia de nuestra Iglesia, a la Cuaresma se le han puesto diferentes énfasis en cuanto a las prácticas religiosas durante la misma; y todavía hasta antes del Concilio Vaticano II se resaltaba demasiado el aspecto sacrifical, es decir, la pasión y muerte de Jesús, las torturas recibidas por Él y los dolores y sufrimientos por Él experimentados, desde su agonía en el Huerto de los Olivos, en el que vivió su “hora” en la soledad y el abandono humanos, hasta su muerte ignominiosa en la cruz. Y para que el pueblo se uniera a todo, surgieron costumbres y prácticas que llevaban a la tristeza, a la condolencia, al luto, suscitándose --obviamente sin intención-- una minusvaloración del misterio primordial y de sus consecuencias, como es la triunfante, gloriosa y festiva Resurrección de Jesucristo, fuente del más grande gozo y la más grande y gozosa celebración. De ahí que la celebración de la Pascua con la solemnidad y el esplendor con que hoy se realiza, vino a ser uno de los grandes cambios litúrgicos y a darle su realce a este vital acontecimiento. Es por ello que concluí que, si bien hemos de solidarizarnos con Jesús en su pasión y muerte, en sus sufrimientos y tormentos, igualmente --aunque con una mayor efusividad-- hemos de participar de su Resurrección, y por lo tanto el tiempo de preparación, como tiempo de encuentro con Dios, debemos vivirlo en una armonía, en un balance, entre el “ayunar” alegremente de ciertas cosas y el “celebrar”, “hacer fiesta”, de otras. Veamos algunas de ambas: -- Ayunar de juzgar y criticar a los demás, y festejar que Dios habita en ellos. -- Ayunar de fijarnos siempre en las diferencias, y hacer fiesta por lo que nos une en la vida. -- Ayunar de vivir en las tinieblas de la tristeza, y celebrar a Jesús como nuestra luz. -- Ayunar de pensamientos y palabras vanas, hipócritas y enfermizas, y alegrarnos con palabras cariñosas y sanadoras. -- Ayunar de las frustraciones y las desilusiones, y celebrar la gratitud. -- Ayunar de la ira y la furia, y celebrar la paciencia santificadora. -- Ayunar de egoísmos e indiferencia con los demás, y hacer una fiesta al amor y la caridad. -- Ayunar del resentimiento, el rencor y el odio, y celebrar que podemos perdonar de corazón y sin condiciones. -- Ayunar de pesimismos y desesperanza, y celebrar la vida viviéndola con optimismo y esperanza, como una fiesta continua. -- Ayunar de preocupaciones, quejas y lamentaciones, y celebrar el amor de Dios, nuestra fe en Él y su Divina Providencia. -- Ayunar de prisas, agobios y múltiples ocupaciones, para hacer una fiesta de oración continua a Dios, nuestro Padre. Jesús, como nos lo recuerda el Evangelio de hoy, soportó libre, voluntaria y alegremente la prueba del desierto, que implicó un prolongado ayuno; al regresar de él celebraba en su corazón el gozo, la esperanza, la fuerza, la valentía y todos los dones que el Espíritu había derramado en Él durante esos días, para prepararlo a su vida pública, a la realización de su más grande obra: nuestra salvación. Francisco Javier Cruz Luna cruzlfcoj@yahoo.com.mx Temas Religión Fe. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones