Martes, 04 de Noviembre 2025
Suplementos | Los israelitas esperaban un Mesías vencedor al estilo humano, con potente espada en la diestra

Cristo descubre el sentido del dolor

Todavía allá lejos, en Cesarea de Filipo, y rodeado solamente de los doce discípulos, el Señor Jesús da a éstos y a todos los hombres, el valor y el sentido del sufrimiento

Por: EL INFORMADOR

    Todavía allá lejos, en Cesarea de Filipo, y rodeado solamente de los doce discípulos, el Señor Jesús da a éstos y a todos los hombres, el valor y el sentido del sufrimiento.
     Allí en ese lugar apartado, primero manifestó que Él era el Mesías esperado, el Hijo de Dios hecho hombre. Luego declaró “piedra fundamental” de su Reino a  Simón, a quien le dio su nuevo nombre: en adelante se llamaría Pedro, y a él le dio los poderes de abrir y cerrar las puertas del Reino, con las llaves en la mano.
     Todo esto de suma importancia. Mas luego les puso en claro cuál habría de ser el rumbo por donde habría de ir el Mesías allí recién revelado.
     Los israelitas esperaban un Mesías vencedor al estilo humano, con potente espada en la diestra y sus enemigos, los adversarios del pueblo de Israel, derrotados a sus pies.
     Mas el verdadero Mesías, el que ellos no aceptaron, se presentó --y ahí está el misterio de cuanto a Dios se refiere-- a ser antítesis y paradoja del pensamiento común de los mortales:

Vino a padecer y a morir en la cruz

     Así, con entera claridad, Cristo les anuncia que va a subir a Jerusalén y allí va a ser llevado a los tribunales, va a ser calumniado y condenado a muerte de cruz. Allí sufrirá y morirá para poder triunfar con su resurrección.
     Éste que ven los doce, cuya divinidad acaba de confesar Pedro, va a tomar la forma de esclavo para así cumplir la voluntad de su Padre, de redimir a todos los hombres, para llevarlos de la esclavitud a la libertad, de la muerte eterna a la vida eterna.
     Es éste el infinito precio de la redención: que muera el Hijo para que todos los hombres vivan.

“Dios te libre, Señor, no te sucederá tal cosa”

     Asombro, sorpresa fueron, para las mentes de los doce discípulos, las palabras con que el Señor anunciaba su obra redentora.
     En su interior tal vez alentaban, como el pueblo judío, la esperanza de un reino fácil, glorioso, humano, mundano.
     Pedro quiere disuadir a Cristo; quiere apartarlo de ese mal camino según el mero criterio humano. No pueden admitir que su Señor padezca muerte violenta a manos de sus enemigos.
     Les causa sorpresa, aunque ya en otras ocasiones había anunciado su pasión: “El Hijo del hombre será entregado en poder de los hombres y le darán muerte, y muerto resucitará a los tres días. Pero ellos no entendían esas cosas” (Marcos 9, 31, 32). “Ellos no sabían lo que significaban estas palabras, pues estaban para ellos veladas, de suerte que no las entendieran” (Lucas 9, 45), “Y temían preguntarle sobre ellas” (Mateo 17, 23).
     Ante la insistencia de Pedro, a quien Cristo alabó ante sus compañeros y lo elevó a cabeza de ellos, ahora le reprocha su ceguedad y le dice: “Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino...

...porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”

     Porque los hombres, todos, se rebelan ante el sufrimiento y buscan y emplean cuanto recurso alcanzan para evitarlo, o al menos hacerlo más llevadero.
     Pero el dolor es, ha sido y será siempre, fiel compañero de viaje de todo hombre en la Tierra. No hay niño que no haya, llorando, llamado a su madre; no hay hijo que no le haya costado lágrimas a su madre.
     El dolor, aunque se rechace, aparece y se presenta en muchas formas y en numerosos tiempos. Lo importante es alcanzar la sabiduría de llevar consigo el sufrimiento.

Dolor redentor, dolor redimido

     Una mente penetrante y sensible se valió de una imagen triple tomada de la cumbre del Calvario. Allí, de tres cruces penden tres condenados a muerte: en el centro está el amor-dolor que redime, que lava, que purifica y da vida a todos los hombres. A la derecha, el ladrón arrepentido que con su breve súplica “se roba” el paraíso en los últimos minutos de su vida: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”; tiene fe, cree que junto a él está el Rey inmortal. Ese ladrón es el modelo de dolor redimido. En la otra cruz está el dolor desesperado, el dolor sin sentido, sin solución.
     Cuando se tiene fe y se lucha por vivir conforme a la fe, nada de cuanto acontece carece de sentido.
     Cuando la fe es la luz en el camino de la vida, el mismo sufrimiento, aunque sea el pan de cada día, tiene sentido, y los buenos cristianos saben que el aguijón del dolor hace al hombre verdaderamente hombre.
     Los días difíciles de lucha, de prueba, la desilusión y el sufrimiento, fortalecen la voluntad y afirman y elevan el espíritu.
     Sólo serán grandes quienes hayan pasado por la prueba del sufrimiento. Séneca, pensador romano, escribió: “Nadie me parece más desgraciado que el que no conoció la desventura”.
     Y los mismos romanos tenían un adagio dedicado a la juventud: “Ad astra per aspera”, que significa: Hacia las estrellas por los caminos ásperos.      

“Tome su cruz y sígame”

     La más alta escuela para entender y vivir el sufrimiento, es la de Cristo, con su vida, su ejemplo.
     El Papa San Luis Magno dijo en breves palabras, mera síntesis, la doctrina de la cruz:

“Baja, si quieres subir;
pierde, si quieres ganar;
sufre, si quieres gozar;
muere, si quieres vivir”
 
     En el Sermón de la Montaña el Señor llama bienaventurados a los que lloran, porque ellos serán consolados. La sabiduría está en aceptar cada quien su propia cruz, echársela valientemente al hombro y asociarse estrechamente a la cruz redentora de Cristo, un día, y otro y todos los días, y con más amor cuando se siente el zarpazo de esos inesperados dolores.
     Hay que cargar, pues, la cruz por amor a Cristo. Ese amor hace ligero el peso de nuestra cruz.
     Es la historia oculta, sólo manifiesta a los ojos de Dios, de muchos, incontables cristianos que llevan su cruz fielmente y sin descanso, en estos tiempos cuando muchos sólo buscan el confort o se dejan llevar por el hedonismo, que no es otra cosa sino satisfacer a su potro salvaje.
     Ser cristiano es ser seguidor --no sólo admirador-- de Cristo. Y ha de seguir cargando la cruz, como Cristo ha cargado la cruz de todos. No es fácil, pero es la salvación. Es la sabiduría de hacer meritorio el dolor, para la salvación propia y del género humano.

Pbro. José R. Ramírez

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