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Lunes, 11 de Noviembre 2019
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Cristianismo, ¿anacrónico?

Jesús, en cierta ocasión al referirse a él, dijo: “Entre aquellos nacidos de una mujer no ha habido uno más grande que Juan Bautista”

Por: EL INFORMADOR

     Podría parecer, de entrada, que lo que hoy, segundo domingo de Adviento, nos presenta la Palabra de Dios, es anacrónico. Es decir, el autor del evangelio que hoy se proclama y se medita, San Marcos, nos presenta a un personaje verdaderamente contrastante para lo que nuestro mundo de hoy está viviendo.
     Jesús, en cierta ocasión al referirse a él, dijo: “Entre aquellos nacidos de una mujer no ha habido uno más grande que Juan Bautista”. Por lo tanto, podemos entender que, implícitamente, a ese personaje, Juan Bautista, Jesús lo estaba alabando con un propósito: ponerlo como modelo de hombre fiel, de profeta auténtico, de discípulo incondicional; sin duda lo era y lo fue hasta el último momento en el que dio su vida por el Mesías.
     Pero, ¿se puede considerar modelo para este mundo, para la cultura que estamos viviendo? ¿No parece algo superado, un estilo de vida anacrónico para la realidad de este mundo?
     Si pensamos con los criterios que están imperando en este mundo, ¡desde luego que sí suena no sólo anacrónico, sino hasta ridículo! Prevalece la ley de las cuatro “ps”, es decir, el poseer: acumular bienes, no importa cómo y para un uso egoísta;  el placer: eludiendo el sufrimiento al cual no se le halla sentido, buscar afanosamente todo lo placentero --y mientras más, mejor--, tanto en el comer, como en el beber, como en el sexualismo, como en el comodinismo; el parecer: buscando ansiosamente la fama, la trascendencia, el aparecer lo que no se es, aun a costa de tantas cosas, como el pisotear a otros;  y  el poder: ¿Qué decir de éste, que a tantos encandila, envuelve, esclaviza, al grado de no respetar ni siquiera la vida de otros?
     Por ello, a los ojos del mundo, siendo Juan un hombre propuesto por Jesús como modelo y que llevó un estilo de vida totalmente contrario a los criterios que hemos señalado, está fuera de toda lógica (del mundo). ¿Por qué? Como lo señala el pasaje evangélico, Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias”.
     Juan así respondía a una vocación, a un llamado hecho por Dios para realizar una misión: ser “la voz que clama en el desierto”, anunciando la llegada del Mesías.
     Por lo tanto, su pensamiento, su vida, sus intenciones, sus acciones, su forma de realizar su misión, tenían que estar acordes a quien precedía y anunciaba, es decir a Jesús, quien se anonadaría renunciando a sus prerrogativas divinas; nacería pobre, viviría pobre, pues no tendría ni siquiera “dónde recargar su cabeza”; exaltaría a los pobres de espíritu, a los humildes, a los pequeños de Yavé, y finalmente moriría humillado, de la manera más baja e ignominiosa  que podría haber en ese tiempo: una muerte destinada a los peores criminales, desprovisto de todo, hasta de sus pobres vestiduras.    
     Todo ello para que nosotros, los seres humanos, lo descubriéramos a Él como el único y verdadero tesoro, como la personificación del Reino al que todos, hombre y mujer, por naturaleza aspiran.
     He ahí el reto que enfrentamos todos los que hemos sido bautizados y deseamos seguir a Jesucristo: para poder hacerlo, es necesario --a ejemplo de Juan Bautista-- desprendernos de todos nuestros apegos, nuestros ídolos, nuestras ambiciones y, sobre todo, reconocer a Jesús como nuestro único Señor y nuestro único Tesoro.
     Ello no quiere decir que tendremos que irnos al desierto, o vestir tal vez pieles de borrego y comer no sé qué… no. Nuestro desprendimiento tiene que nacer del corazón, de nuestro interior; dejar el lugar libre para que Cristo reine en nosotros, y una vez que esto sea una realidad, el mismo Señor Jesús se encargará de manifestarnos su voluntad y su plan para nuestra vida, plan que está fundamentado en el amor, y el amor jamás será anacrónico.
     A este desprendimiento nos invita el Señor en este tiempo de Adviento. Vivámoslo y nuestra Navidad será muy diferente en este año.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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