Suplementos | La Iglesia celebra hoy la solemnidad de Todos los Santos Creyeron, lucharon, alcanzaron la vida eterna Cada santo --y llamémosle santo a quien, conocido o no, ya goza de Dios-- es un vencedor, ha logrado la única victoria por la que vale la pena vivir, luchar, sufrir Por: EL INFORMADOR 31 de octubre de 2009 - 12:57 hs La Iglesia celebra hoy la solemnidad de Todos los Santos. Es para celebrar, para felicitar a todos los afortunados que después de penosa navegación han llegado al ansiado puerto; también es la posada a donde el cansado peregrino ha llegado y encuentra paz, descanso y gozo. Esta fiesta reúne a todos los santos. No solamente a los justos canonizados con solemne ceremonia y ante una multitud en torno al Papa, reconocidos y proclamados urbi et orbi --en la ciudad y en el mundo-- como héroes en el seguimiento de Cristo, además de poner en manifiesto sus virtudes, singularmente su fe, su caridad, su humildad y hasta el testimonio de hechos admirables, de milagros. También se celebra a todo justo o arrepentido que haya logrado, por la misericordia divina, entrar en el gozo de su Señor. Muchos, desconocidos para los hombres, pero reconocidos y bien recibidos por el Buen Pastor, llegaron y han merecido ser del número de los elegidos, algunos ya no sólo de siglos pretéritos, sino aún aquellos con los que ha tocado vivir y convivir. Alguien comentaba: Ya tengo mis santos: son mi padre y mi madre, que ya gozan de Dios; son santos aunque de ellos no haya esculturas ni retratos en un templo, ni en un altar se les enciendan veladoras. Y otro decía: Yo tengo confianza en que mi amigo con quien compartía horas en el dominó, ya está en el gozo de Dios, ya es santo. Es, pues, la fiesta de todos los santos, lejanos en el tiempo o cercanos, conocidos como los apóstoles o enteramente desconocidos. Esta fiesta es una apoteosis y una apología Es apoteosis porque es el reconocimiento de la congregación de los fieles, que es la Iglesia, a sus triunfadores. Así como en el estadio deportivo el público que llena las graderías aclama y aplaude a los triunfadores, se congratula con ellos y se hace partícipe de su triunfo, unidos en la misma victoria, en la Iglesia peregrina los aún militantes, con fe, con esperanza, participan del gozo de los vencedores. Cada santo --y llamémosle santo a quien, conocido o no, ya goza de Dios-- es un vencedor, ha logrado la única victoria por la que vale la pena vivir, luchar, sufrir. Para nadie ha sido fácil, porque el ser humano lleva en su propia carne la inclinación al pecado, pues ha nacido con esa herencia de origen; y luego el mundo, siempre con sus halagos y mentiras, y el demonio, astuto y tentador. Dijo el Papa Juan XXIII que la primera y más sutil tentación del demonio es hacer creer al hombre que Satanás no existe; pero no obstante, existe y actúa. Justa, digna es la alegría, y motivante el reconocimiento. Es la apoteosis, son los vencedores aclamados y admirados. Y es también una apología En el libro de la Sabiduría está la luz: “Las almas de los justos están en las manos de Dios y no los alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto; tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción, pero ellos están en la paz” (Sabiduría 3, 1, 3). He aquí una escena de la vida real y una ocasión para establecer una reflexión sobre lo acontecido: El 25 de mayo de 1927, en el corral de la Casa Municipal de Colotlán, Jalisco, allá en el norte, de espaldas a una ruinosa pared de adobe y de frente a un pelotón de soldados, están el ameritado cura de Totatiche, Don Cristóbal Magallanes --hombre maduro de 58 años de edad y 28 de sacerdote--, y un joven sacerdote de 29 años de vida y apenas cuatro en su ministerio. Sin juicio, el general callista da la orden: “preparen, apunten, ¡fuego!”, y caen los dos cuerpos bañados en sangre. Un militar rubrica la maldad al gritar: “¡Allí están! ¡tráguenselos!”. ¿Quiénes son los vencidos y quiénes los vencedores? Apología es poner en manifiesto la verdad ante la mentira, la belleza ante la fealdad, el bien ante el mal. Han pasado casi cien años desde aquel día en que el general y quienes por miedo lo obedecían o por bajeza lo adulaban, tuvieron por quebranto la salida de este mundo, al mirar dos cuerpos tirados entre el polvo. La mentira fue que los liquidaban “por malvados”; la verdad, que fueron dos valientes capaces de vivir y de morir por un muy alto ideal. Ocho maneras de salir victoriosos Apenas empezaba el Maestro la predicación del Reino, apenas había dejado el desierto donde oró, ayunó y fue tentado por el maligno, cuando deseoso de sentar las bases de la Nueva Alianza, y “viendo a la muchedumbre, subió a un monte”. En el Sinaí, entre relámpagos, truenos y tempestades, fue proclamada la ley, y escritos sus mandamientos en dos “tablas” de piedra. También en un monte Jesús dio a conocer una nueva ley de amor. Cuando se hubo sentado, les dijo a los creyentes: “Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos por la justicia...”. Así señaló no una senda segura, sino ocho, para escalar hacia la cumbre de la santidad. “Sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. Es un llamado universal a la perfección, a la salvación, a la santidad. “Y era su número miríadas y miríadas y millones de millones. Y aquel coro inmenso de voces decía: ‘Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría y el honor, la gloria y la alabanza’” (Apocalipsis 5, 1). Es la multitud de los santos, los valientes, los intrépidos, los que han llegado. Cristo espera, Cristo perdona El Hijo de Dios vino a la tierra para quedarse, y siempre es fácil encontrarlo, porque está entre los hombres, siempre espera y siempre perdona. Por esa disposición amorosa, cualquier día de la vida es bueno para encontrar la conversión, la salvación. En la parábola de los trabajadores que van a laborar a la viña, el Maestro señala distintas maneras de vivir según sus enseñanzas: unos desde la mañana de la vida, desde la infancia --Santa Teresa del Niño Jesús desde su niñez vivió encendida de amor a Cristo, y con ese fuego terminó sus días a los 24 años--; otros han empezado al medio día, como San Agustín, quien dio la mitad de su vida al mundo: y habrá muchos --largo será contarlos-- que al atardecer, o casi cuando ya tramonta el sol, han vuelto sus ojos a Cristo y con Él han llegado a puerto seguro: a su salvación. Qué mejor testimonio que el del buen ladrón, que le habló a Cristo de cruz a cruz: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”, y la consoladora respuesta: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Siempre hay un momento de gracia para cada hombre, y siempre la certeza de que es universal el deseo del Hijo del hombre, sin excepción de personas: que todos los hombres se salven, que todos sean santos. Los santos son intercesores, son abogados, modelo de vencedores La fe cristiana confía en que hay comunión --común unión-- entre la Iglesia militante, ésta que ahora pastorea Benedicto XVI, y la Iglesia purgante, por quienes orará mañana porque necesitan ayuda para llegar purificados a la gloria del Señor y la Iglesia triunfante. Como ya están transformados y gloriosos, a ellos acude el pueblo cristiano en sus apuros, en sus necesidades. Aquella señora que perdió su bolsa con todas sus llaves, sus tarjetas, su libreta de domicilios y hasta la cartera con algunos billetes, va y le pide a San Antonio de Padua “que se la encuentre y le dará una limosna para sus pobres”. Si se quiere, habrá ingenuidad, pero encontró la bolsa y le agradeció a su intercesor; aunque bien sabía que todo don viene de Dios, se valió de uno de los amigos de Dios. Por eso hay devoción a los santos. Un muchacho se lanza a la aventura de cruzar la frontera norte de nuestro país, y le ruega a Santo Toribio Romo que le dé pies de venado para echar a correr y no ser alcanzado y detenido por la Migra. Mas también los santos son modelos de virtudes. Cristo es el modelo perfecto e inalcanzable; en cambio, a los santos se les ve más cercanos y más fáciles de poder ser imitados. En este año ha sido puesto de modelo para los sacerdotes San Juan Moná Vianey, un humilde cura de Ars, pequeña aldea de Francia. De él se podría decir que todo lo que hizo, lo hizo de una manera extraordinaria. Fue nombre de oración, celebraba la misa, predicaba y pastoreaba con amor a sus ovejas. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Veinticinco años Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones