Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | “Si te has decidido a servir al Señor, prepárate para la prueba”

Confianza

Y aunque reconocemos que fuimos bautizados, decir ser cristianos y creer en Dios, en ese momento no tenemos muy claro en qué Dios creemos

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (30/ENE/2012).- Es normal que cuando nos decidimos a seguir a Dios y servirlo, aparezcan en nuestra vida una serie de reacciones u obstáculos, muchas veces provocados por nuestra propia naturaleza y otras por el Maligno, que hace lo imposible por evitar nuestra decisión. Y algunas de las intervenciones de Satanás llegan a ser lo suficientemente serias, tanto que se convierten en verdaderas pruebas de fe y confianza en el Señor.

La misma Palabra de Dios nos lo hace notar, en el libro del Eclesiástico capítulo 2, verso 1: “Si te has decidido a servir al Señor, prepárate para la prueba”.

Una de estas reacciones suele ser el miedo, el cual generalmente viene del engaño, el cual consiste en pensar (autoengaño), o en que hagan pensar (engañar a otros), que las flores que hay a nuestro alrededor son serpientes venenosas; ello puede llevarnos al extremo de renunciar y desoír el llamado divino.

Por ello es indispensable abrir bien los ojos, para convencernos de que lo que hay alrededor nuestro efectivamente son flores y no serpientes, y no dar cabida al ardid.

¿Por qué si los seres humanos fuimos creados para la felicidad y la libertad, en algún momento de nuestra vida nos hemos dejado atrapar por la tristeza, la depresión, la angustia, el temor y especialmente por el miedo?

Sin duda, entre tantas cosas, es porque hemos vivido engañados; porque nosotros mismos así lo hemos creído, u otros nos han hecho creer conceptos totalmente falsos de lo que es Dios, de quién es Jesús, de lo que es la vida, del para qué vivimos, de cuáles son nuestra misión y nuestro fin.

Y aunque reconocemos que fuimos bautizados, decir ser cristianos y creer en Dios, en ese momento no tenemos muy claro en qué Dios creemos para vivir en esa situación; ciertamente no es el Dios de Jesucristo.

Y así como como cualquiera puede estar viendo, en lugar de flores, serpientes a su alrededor, así nosotros podemos estar creyendo no en un Dios que es Padre, que es Amor, que es infinitamente misericordioso, bondadoso,  comprensivo, respetuoso de nuestra libertad, que perdona y olvida nuestras ofesas y que siempre procura lo mejor para sus hijos, sino en un “dios” tirano, vengativo, inflexible, castigador, rencoroso, y lógicamente en ese “dios” no se puede confiar. Y como no confiamos en Él --y aunque nos sintamos autosuficientes, muy capaces de todo--, terminaremos por reconocer, en el fondo de nuestro corazón, nuestra debilidad e impotencia; los temores, el miedo y los demás sentimientos mencionados llegarán a invadir nuestra existencia, impidiendo nuestra realización como personas humanas y, por ende, nuestra felicidad.

Es preciso, pues, abrir los ojos y conocer el verdadero rostro de Dios, el que Jesucristo vino a revelarnos. Y para lograrlo, hemos de conocer precisamente a Jesucristo, su Enviado, quien afirmó: “El que me conoce a mí, conoce al Padre”; y para conocerlo no basta con llenarnos de conceptos intelectuales, sino que es indispensable tener un encuentro personal con Él.

Una vez conociéndolo, podremos confiar en Él; y una vez confiando, el miedo y todo lo demás se alejará de nosotros.      

Ahora bien, hemos de confiar en forma absoluta: “Esta confianza del hombre en Dios ha de ser plena de certeza, porque Él todo lo sabe, es todopoderoso y quiere nuestra salvación”, afirmó el gran teólogo y doctor de la Iglesia Santo Tomás de Aquino.

Así se manifiesta en Jesús, nuestro Salvador y Señor, como lo podemos contemplar en el pasaje evangélico de este domingo, donde lo apreciamos con toda la sabiduría, el poder y la autoridad, para arrojar fuera al espíritu inmundo que se había apoderado de un hombre y lo mantenía esclavizado.

Así pues, no debe haber vacilaciones, pues “el hombre que vacila se parece a las olas del mar, que se levantan y se agitan según el viento. Un hombre así, no espere nada del Señor” (Stgo 1, 6)

Sin embargo, cuando lleguemos a confiar a Dios con certeza y firmeza, estaremos preparados para ser auténticos discípulos: seguidores de Cristo, y también apóstoles a carta cabal; es decir enviados a predicar, a extender el Reino de Dios.

He ahí el reto que hay que enfrentar: un cambio radical de esquemas mentales, de formas de ver la vida; una transformación de la tristeza, la angustia, la depresión, los temores, el miedo y sus consecuencias, a una confianza total en Dios y en su providencia, particularmente en estos tiempos en los que ese sentimiento se ha apoderado de tantos mexicanos, ante la situación que nuestro país atraviesa.

Así pues, confiando plenamente en Él, ¡abramos los ojos y veamos las flores que hay a nuestro alrededor y dejemos de ver sólo serpientes! ¡Entonces veremos el verdadero rostro de Dios!

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx   

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