Jueves, 23 de Octubre 2025
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Con estas agüitas de principios de año

El clima que recientemente se vivió en la ciudad, embelleció las zonas cercanas al Río Verde

Por: EL INFORMADOR

Trayecto. La caminata a la cascada es toda una experiencia paisajística.  /

Trayecto. La caminata a la cascada es toda una experiencia paisajística. /

GUADALAJARA, JALISCO (06/ENE/2013).- Viene muy al caso aquel dicho con el que le albureaban a un viejazo de ya una cierta edad; a lo que de inmediato respondía… “Viejos los cerros… ¡Y… hasta reverdecen…!”

Y ahorita, con unos cuantos días de agüita, los cerros y barrancas, tristones por las secas del estío, ahora reverdecen con “aires de juventú”.

Admirable el poder de recuperación que tiene la naturaleza; unas gotas de agua… y el verdor vuelve como si fuera magia entre los montes y barrancas de los alrededores. (Y también el lodazal)

La camioneta -dizque 4x4- se resbalaba sin control en la bajada -supuestamente terregosa en estos tiempos- que baja hasta el cauce del Río Verde, un poco menguado en el estíaje.

Los que íbamos en la cajuela, entre el aguadal veíamos acercarse y alejarse el precipicio de la barranca como si se tratara de un tapete vertical que alguien, como de jugarreta, lo jalara para distintos lados, burlándose de nuestras arrogantes personalidades de exploradores consumados.

La bruma acurrucada entre las cañadas, hacía todavía más “asustosa” la situación.

El chofer, aunque fingía valor y temeridad, sus ojos parecían salirse de órbita cuando volteaban hacia el precipicio.

Con el terregal de antes y la lluvia de este principio de año, una buena capa de chicle lodoso era por donde, no bajábamos, sino que literalmente nos deslizábamos por aquella vereda labrada sobre el cantil casi vertical de la barranca del Río Verde al oriente de Guadalajara.

Sabia decisión fue continuar nuestro camino “a pata”, y dejar la famosa 4x4, en un recodo de la brecha. En el mismo lugar, unos ilusos trataban de ayudar a subir ¡a empujones por el lodazal! un vetusto Chevrolet que exhausto echaba bufidos a cada intento del infructuoso ascenso, haciendo coro con los resoplidos de sus enlodados ayudantes.

Todo iba más o menos bien mientras caminábamos por la brecha, a pié y tambaleándonos con una gruesa capa de lodo en cada bota, hasta que nuestro guía sugirió cortar camino por una veredita que bajaba casi vertical entre la maleza reverdecida.

El atajo aquel, se convirtió en tobogán, y las pompas en deslizador, cuando tratábamos inútilmente alcanzar a las mochilas que rodaban dando brincos cuesta abajo delante de nosotros.

El camino entre túneles estrechos, arbustos frondosos colmados de bromelias, hojas de “tabaquillo”, y “mala mujer” urticantes, vaquerillos espinosos y aceitillas pegajosas. Piedras y flores secas, plantas con olores extraños combinados con la tierra olorosa de las aguas del nuevo año hacían las delicias para disfrutar a cada paso.  

Dicen que los iones del agua rebotada… Dicen que los olores de las hierbas… Dicen que los fantasmas de la barranca… Dicen que los gnomos del zacatal… Dicen que aquel silencio ensordecedor… Dicen que el olor a hierba seca y a tierra recién mojada… Dicen que voltear al cielo y ver un enorme halcón en el azul del infinito…Dicen que todo esto nos hace recapacitar de ciertas cosas, que quizás por el correr en la vida se nos van escapando.

Pero volviendo al tema… si la bajada fue tormentosa, la subida, aunque sudorosa es deliciosa. La plática, los comentarios, el detalle de la planta, de la flor, del pájaro, del chiste pelado dicho a tiempo; averiguar a quien le queda un poco de agua en su cantimplora; adivinar si ya se secó el lodo; la chela helada; la foto del recuerdo, son placeres que los dioses conceden a quien va atento y… muy despacio.

Me late que estas agüitas nos auguran un buen año…!  ¡Es mi deseo para todos…!

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