Suplementos | Por: Eduardo castañeda Casa de citas El orden natural de las cosas Por: EL INFORMADOR 30 de enero de 2009 - 18:04 hs El orden natural de las cosas “Pero yendo a lo que usted le importa, creo que un chequecito de veinte mil escudos me aviva la memoria, porque aquello que pasó hace tantos años es difícil de recordar, y aún más si tengo al casero encima amenazándome todas las noches con que si no pago la semana que viene me pone en la calle y ¿el amigo escritor me imagina, con sesenta y ocho años de edad y el invierno cerca, en un banco de plaza, en un hueco del Castelo o en los escalones de un edificio, con la espalda molida por el incordio de la madera? Ni siquiera son honorarios, señor, faltaba más, es un préstamo, me deja su dirección y si yo consigo colocación le devuelvo la pasta enseguida, ando con ganas de montar un curso de hipnotismo por correspondencia, sólo me falta el capital para las lecciones impresas porque la impresión es cara, las personas mandan el dinero y yo les mando las clases y después que se entretengan por la noche con turbante y un rubí en la frente, aplicando pases magnéticos y dando órdenes a la familia. Despierta, con un poco de suerte salen por el balcón, imagine decenas y más decenas de criaturas revoloteando por ahí, y los maridos gritándoles, desesperados, Ven aquí Alice, a medida que las esposas se alejan en dirección a España como los patos en el otoño, y yo, cada vez con más aprendices, (…) Y hablando de hipnotismo, amigo escritor, lo que ahora vendría bien encima del sándwich sería un zumito de zanahoria y un filete, que me ha entrado una debilidad de mil demonios. Pero, volviendo al grano, la cara de ese retrato no me resulta extraña, quién diría cómo veinte mil escudos y una comida estimulan la memoria, si usted pone quinientos escudos en la mesa le aseguro que lo localizo. es cuestión de revisar el pasado, déjeme ver, esto para mí es como un álbum, la solución es ir andando hacia atrás y se encuentra la página justa en un instante, muéstreme al individuo ese otra vez que debe haber sido hace muchos años, vaya, páseme el dato, amigo escritor, que en mi infancia no fue, lo que encuentro allí es Odemira, extensiones de playa, agosto, mi madre que va cojeando hacia el tendedero, entre las pitas, con una cesta de ropa bajo el brazo, y las olas, amigo, las olas, la reverberación de las olas en el cobalto del cielo, la madre reflejada al revés en las nubes colgando calzoncillos, mi hermana en el cochecito, mi padre enmarcado en el aparador, con corbata y ralla al medio y un gran silencio por todo el campo hasta la sierra a lo lejos.” António Lobo Antunes. El orden natural de las cosas. Siruela. 2002. España. 329 págs.El autor es el más reciente ganador del Premio FIL de Literatura. Nació en 1942. Es psiquiatra y fue a la guerra de Angola. Cada año es mencionado entre los posibles ganadores del Nobel de Literatura. Un lugar llamado Oreja de Perro “Durante todas las horas que pasaron desde que Mónica descubrió que Paulo no se levantaba; o mientras la ambulancia llegaba abriéndose paso con su sirena y abríamos la puerta a dos tipos que entraban de prisa; o cuando el doctor confirmó que no había nada que él pudiera hacer; o mientras llegaban mis padres, a los que pude avisar por teléfono en medio del estrépito de tantas carreras; o mientras buscaba con la mirada un lugar en la superficie del techo donde atar mi correa; durante todo, absolutamente todo ese tiempo, con insistencia, con crueldad, recordaba aquel episodio de una novela de Kenzaburo Oé en el que él relacionaba a su hijo recién nacido, a quien le presentaron con una venda ensangrentada en la cabeza y un tumor en el cráneo, con un poema de Apollinaire. El personaje de Oé se decía: Así como Apollinaire viene de una batalla vendado, así también mi hijo llega vendado de una batalla que se libró en algún sitio, una lucha en la que estuvo solo y de la que ha resultado herido. Y en la que yo no pude ayudarlo. Me imaginé a Paulo asustado, diciendo mi nombre como en el pasadizo de casa de mis padres, quizá también con una venda ensangrentada en la cabeza. Lo imaginé durante esa noche en medio de un ataque epiléptico, asfixiándose, mordiéndose la lengua, revolcándose en la cama con los ojos abiertos, sin posibilidad de pedirnos ayuda, mientras Mónica no llegaba y yo me había quedado dormido en el sofá. Yo no había estado ahí y ahora mi hijo estaba solo. No hay más. Es sólo esto. Paulo no está. Ni siquiera duele. No hay más. Me puse a llorar.” Iván Thays. Un lugar llamado Oreja de Perro. Anagrama. 2008. España. 212 págs.Esta novela fue finalista del prestigiado Premio Herralde de Novela 2008. El autor es peruano y se ha revelado como uno de los más sólidos narradores de la nueva generación de las letras latinoamericanas. Temas Tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones