Martes, 28 de Octubre 2025
Suplementos | Por: laura zohn

Capicúa

El genio de la alcantarilla

Por: EL INFORMADOR

Mi coche es un veterano del asfalto y mis reflejos son más bien tardíos. Todos van más rápido que yo. Es difícil acostumbrarse a esta época en que la ciudad funciona únicamente con circuitos viales y en las calles está prohibido andar a pie. ¡Rebásenme…! Que al cabo todos nos vamos a atorar en el mismo semáforo. Un paso a desnivel es la manera más rápida de llegar al próximo embotellamiento. A cerrar las ventanas, encender las luces y subir el volumen del estéreo: estoy entrando al túnel más nuevo y largo de la ciudad. Tardaron casi un mes en construirlo, para estos tiempos es demasiado, normalmente de lunes a domingo ya está listo. Lo anunciaron como el viaducto de la fantasía, pero yo lo percibo igual de sombrío, parece boca de lobo. Nunca he visto una, pero de seguro es similar a esta negrura envuelta en aires húmedos de fétidos olores. El trayecto se prolonga demasiado... Soy el único vehículo aquí, supongo que los demás ya salieron. Siempre me rebasan, me pitan y me gritan los mismos improperios. ¡Ah! Distingo una luz al final del camino. Siento un aire helado que anuncia la salida, pero no llego a la calle donde trabajo. El motor zumba como una libélula. Me siento más ligero. Por las ventanillas, descubro un par de alas metálicas a cada lado del coche. La luz del semáforo está en azul. ¿Sigo o me detengo? Abajo, la banqueta brilla como miel sobre pan tostado, hasta se me antoja darle una mordida. El ruido del motor se intensifica. El vuelo da un giro brusco y algo truena en los engranes. El ala derecha se ha roto. Pierdo el equilibrio. La caída es vertiginosa y el choque, inminente. 

 Escucho mis resoplidos. Estoy vivo. Mis pies están pegajosos pero no es sangre: estoy hundido en un líquido viscoso color zarzamora. El vehículo emite los sonidos inconfundibles de un submarino, las alas se transforman en aletas. Aunque suene absurdo, sólo pienso en llamar al trabajo para avisar que llegaré un poco tarde debido a pequeños e inexplicables contratiempos. Me gustaría saber a dónde voy. El parabrisas se nubla de finas escamas. Claro, después de las aletas tenían que aparecer las escamas. De repente, la música vuelve a sonar y me percato del silencio. El piano me ahoga, como si me tragara las notas a puños. No puedo respirar. Mi coche -mi batiscafo- se detiene: he tocado fondo. Quisiera ser un gato y saltar al tejado más cercano. Cruzo los dedos y pido un deseo. No se me ocurre otra cosa. Algún genio municipal brota de la alcantarilla para cumplir mi petición y emerjo disparado hacia los cielos más verdes y despejados que he visto. La perspectiva vuelve a ser aérea. Mi nave felina se engancha a la punta de un sabino. Un pájaro rosa planea frente a mí, le imploro ayuda y me ignora, supongo que no hablamos el mismo idioma. Creo que mi percepción está atrofiada: allá abajo, un desfile de sardinas y delfines entonan la asfixiante melodía del piano. Se dirigen muy contentos hacia una puerta triangular… ¡Pero si es mi casa! Las ramas crujen, el vehículo se ladea y, de tanta emoción, salto por la ventana. Esta vez caigo en blandito, caigo en mi cama. ¿Y el techo de mi habitación? Mejor ya no hago preguntas, no tiene caso. Qué maravilla es estar de regreso. Un poco mareado, quizá, pero entero...  

No cabe duda que estas vitaminas tienen fecha de caducidad.

 laurazohn@gmail.com

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