Jueves, 30 de Octubre 2025
Suplementos | Me gusta mucho correr por algunas calles de la ciudad, es mi deporte favorito

Capicúa

¡Buenas lluvias!

Por: EL INFORMADOR

Por: laura zohn

Me gusta mucho correr por algunas calles de la ciudad, es mi deporte favorito. Uno de los tramos que suelo circular es la avenida Inglaterra y así, cuando pasa el tren, tratar de acelerar lo más posible para alcanzarlo.

Obviamente, nunca lo logro pero es divertido intentarlo. Cuando corro, siempre con música en los audífonos, trato de no mirar hacia abajo, para la calle o la banqueta, por una sencilla razón: me molesta y me indigna la impresionante cantidad de basura que voy mirando y saltando para no tropezar. Cascos de refresco y cerveza, cajas de cartón, envolturas, todo tipo de envases, bolsas de plástico embarradas de no sé qué, llantas, pañales usados y otras cosas que prefiero no mencionar. Siempre ha habido basura tirada o concentrada en ciertas esquinas, pero me preocupa que cada día es mayor. No sé si la gente se ha vuelto más descuidada, más sucia, o si los camiones recolectores no acuden con la frecuencia requerida. Y no sólo en este rumbo, en todas partes, en colonias elegantes, en barrios, en las plazas del centro de la ciudad, en parques, en centros comerciales...

Es muy común ver los botes copeteados de basura a punto de explotar o volteados de cabeza por algún gracioso con el consecuente desparrame. Los camellones y las jardineras en las banquetas también se han vuelto el depósito ideal de peatones y automovilistas que arrojan lo que les va estorbando en el camino, que al cabo ellos no viven por ahí. No pienso dejar de correr por la ciudad pero tampoco me gusta quedarme con los brazos cruzados. Cuando encuentro un bote cercano, porque no siempre hay, recojo uno que otro casco o envase y lo coloco donde va; a veces me da coraje ver tanta basura y quisiera patear los desperdicios como queriéndolos desaparecer, pero sé que no es la solución. Y así, sorteando bazofias y cochinero, me encontré el otro día a un señor de barbas largas que vive gracias a todo eso que los demás tiran. Se dedica a vagar por la ciudad, recolectando envases de plástico, de metal y periódicos viejos, para luego, supongo, llevarlos a alguna fábrica o almacén donde se los compran por unos cuantos pesos para ser reutilizados. Anda descalzo, el pelo hirsuto, envuelto en los únicos harapos que posee, con una carretilla de juguete y una campanita que hace sonar por donde va pasando. Mucha gente de la colonia ya lo conoce y le entrega los envases limpios en bolsas. De vez en cuando hurga en los botes y rescata un refresco medio lleno o un par de galletas en su envoltura, y con eso se alimenta. A veces los vecinos le regalan algo de su comida o monedas. No tendrá dinero ni casa pero al menos tiene conciencia ecológica, por necesidad, claro. Por cierto, leí que una noticia que me entusiasmó: a partir de agosto la separación de basura será obligatoria para todos los ciudadanos. ¡Por fin! Cuánto se ha tardado esta ciudad en disponer esta reglamentación, tan fácil que es separar los desechos en casa, y tan bien que ha funcionado en otras ciudades y países. Y es que los residuos no se convierten en basura hasta que los revolvemos; mientras se separen correctamente, no huelen mal ni se echan a perder y sobre todo, pueden ser reciclados. Ojalá y esta medida se mantenga rigurosa, y no sea sólo una llamarada de petate, que en verdad sea obligatorio y vaya acompañado de una campaña de concientización para hacer de esta ciudad un lugar menos dañado ambientalmente. Porque finalmente, como dice la noticia, no se trata de una imposición arbitaria, sino que es por el bien de todos. Claro. Después de ayudar al señor gordo con algunos botes, corrí en dirección a una gran plaza comercial, donde los adolescentes visten al último grito de la moda, toman frapuchinos, se dicen güey cada tres palabras, se quedan cotorreando en la ociosidad de las vacaciones o entran a ver la película de estreno. Entré al banco a depositar un cheque y me quedé mirando el trabajo que realiza la cajera tras el vidrio. Mientras avanzaba la fila, me puse a pensar en aquellos trabajos que por nada del mundo quisiera realizar. Y se me ocurrieron muchísimos, los más aburridos, enfadosos, repetitivos y poco motivantes. Primero, el de esa cajera, contando billetes y billetes que jamás serán suyos, intentando mantener la cara amable frente al desfile incesante de clientes. Ya que estoy con el tema de la basura, el peor trabajo que pasó por mi mente fue justamente el de barrendero o el que va colgado en la parte posterior del camión recolector, sonando su cencerro y recogiendo bolsas apestosas y pegostiosas sin guantes ni tapabocas. Luego pensé en la persona que se encarga de limpiar sanitarios en establecimientos, sobre todo los baños públicos. Me aburrí nomás de imaginarme a la persona que vive enclaustrada en una caseta cobrando boletos de estacionamiento. Otra chamba poco amable es la de garrotero, el que recoge vasos vacíos, ceniceros llenos y los platos, a veces a medio terminar, sin oportunidad de probar esos deliciosos platillos. En otros países, ser chofer de un tren del metro, siempre bajo tierra, sin ver el sol y manejando en línea recta, ha de ser un tanto depresivo para el ánimo. No sé si a ustedes ya se les habrá ocurrido algún otro trabajo indeseable, pero el de cajero de supermercado, haciendo sonar la maquinita que lee el código de barras de cada producto y ver cómo salen de ahí los clientes con el carrito a tope, debe generar un poco de envidia por no poder llenar ni medio carrito para su casa. Lo mismo debe de pensar el que lava coches de lujo que jamás serán suyos. Monótono y sin emoción debe ser el trabajo del policía que cuida los edificios públicos, fumando su soledad y su aburrimiento mientras pasa la noche. Por hoy me despido, pero ya habrá oportunidad de darle la vuelta a esta situación y ver las cosas desde el otro extremo, como buen capicúa, y hablar de los trabajos placenteros y gratificantes que uno puede realizar en esta ciudad, que son muchísimos. Por lo pronto, no se olviden comenzar a separar sus residuos, para que no se conviertan en basura sino en material reciclable. ¡Buenas lluvias!


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Por cierto, leí que una noticia que me entusiasmó: a partir de agosto la separación de basura será obligatoria para todos los ciudadanos. ¡Por fin! Cuánto se ha tardado esta ciudad en disponer esta reglamentación, tan fácil que es separar los desechos en casa, y tan bien que ha funcionado en otras ciudades y países.

Tapatío

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