Domingo, 02 de Noviembre 2025
Suplementos | “Dichosos los que sufren persecución por hacer lo que Dios exige, pues el reino de Dios les pertenece

Bienaventurados los que sufren persecución

Es de notarse que en esta última bienaventuranza, tanto como en la primera, ya no hay promesas ni verbos en futuro; la sentencia es definitiva

Por: EL INFORMADOR

     Esta es la última bienaventuranza: “Dichosos los que sufren persecución por hacer lo que Dios exige, pues el reino de Dios les pertenece” (Mt 5, 10). En ocasiones se entiende que hasta aquí finaliza y comienza otra, por lo que a veces se cuentan nueve de ellas. En este escrito consideraré ocho, ya que lo siguiente en el evangelio de Mateo (11-12) es: “Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras. Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes.” Estos dos versículos están íntimamente ligados con el anterior.
     Es de notarse que en esta última bienaventuranza, tanto como en la primera, ya no hay promesas ni verbos en futuro; la sentencia es definitiva: el reino de Dios les pertenece. Así comienzan y así terminan las bienaventuranzas. Leyéndolas cuidadosamente, reflexionándolas, podemos darnos cuenta de que encierran un itinerario de vida, pues Jesús invita no a resignarse, sino a luchar. Por ejemplo, los pobres no han de conformarse con su situación, porque de hacerlo nunca serán felices. La felicidad es el fruto de un esfuerzo continuo que se inicia con el programa de las bienaventuranzas; no es un estado, sino un proceso. Así, los pobres serán felices si enfrentan su pobreza poniendo en práctica lo ordenado por el evangelio, y éste clama por una actitud de vida que reclama la vivencia del amor.
     La última bienaventuranza es la culminación del recorrido hacia la perfección, pues se llega al punto de “hacer lo que Dios exige” aun a costa de la propia vida. Tal es el caso de los mártires. Y nos recuerda que así se persiguió a otros cristianos verdaderos antes que a nosotros. Basta recordar los primeros años del cristianismo, cuando se les arrojaba a los leones en el circo romano, y siglos más adelante, en la Edad Media por ejemplo, muchos religiosos –entre ellos san Francisco de Asís– buscaban voluntariamente la corona del martirio, pues estaban completamente seguros de que alcanzarían automáticamente la gloria del Reino de Dios. Pero las persecuciones y las ejecuciones no fueron exclusivas de tiempos antiguos, puesto que sabemos que en pleno siglo XX tuvimos nuestra guerra por causa de la religión.
     La Iglesia nació en medio de las persecuciones, con los discípulos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos (Jn 20, 19), y desde entonces siempre la han acompañado. Jesús las anuncia y asegura que formarán parte de la vida del cristiano auténtico, además de que también se darán por su causa o, equivalentemente, por fe en Él. Sin embargo, N. S. Jesucristo, en su infinita misericordia, entiende a los perseguidores, pues dice que “si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán… Todo esto van a hacerles por mi causa, porque no conocen al que me envió” (Jn 15 20-21).
     La actualidad de estas palabras es indiscutible, pues resulta evidente que las persecuciones que percibimos hoy se deben, generalmente, al desconocimiento de Aquél que ha enviado a Jesús.
     Se dice que la Iglesia es y ha sido enemiga de los avances científicos, pues se desconocen todos los esfuerzos realizados desde siempre por los hombres y mujeres de fe que han impulsado la ciencia, como Newton, Pascal, María Curie, Lemaître y el mismísimo Einstein. Ignoran que existe un Observatorio Vaticano donde se hace astronomía de primer nivel, y que existe la Academia Pontificia de Ciencias, a la que pertenecen muchos premios Nobel en todos los campos. Los consejeros del Papa en cuestiones científicas son los verdaderos genios de nuestro tiempo.
     Hacer lo que Dios exige sin temor a las persecuciones, es el culmen de la vida cristiana auténtica, sean estas simples burlas sin consecuencias, discriminaciones sociales y laborales, o difamaciones que puedan llegar a dañar seriamente la imagen de una persona. En su momento, la vida misma otorgará la recompensa merecida, pues llegar al punto de darlo todo por el evangelio equivale a ser llamado hijo de Dios y a entrar en posesión de Su reino, donde todo se nos dará por añadidura.
     La primera corona recibida consiste en la felicidad y la paz plenas, con las cuales enfrentaremos serenamente las vicisitudes que el vivir nos presente. La vida eterna será el premio final. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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