Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | San Buenaventura afirma también que la raíz de todo pecado es la soberbia

Bienaventurados los mansos

Esta bienaventuranza se entiende mejor de acuerdo con otra versión bíblica: Bienaventurados los de corazón humilde, pues recibirán la tierra que Dios les ha prometido (Mt 5, 5)

Por: EL INFORMADOR

      Esta bienaventuranza se entiende mejor de acuerdo con otra versión bíblica: Bienaventurados los de corazón humilde, pues recibirán la tierra que Dios les ha prometido (Mt 5, 5). Y todavía encontramos otras formas de referirse a ellos, los de corazón humilde: dulces, pacientes, los que saben superar con dulzura las pruebas de las adversidades. Pero de todas ellas, nos referiremos a la excelsa virtud de la humildad.
     San Buenaventura se refiere a la humildad como “la virtud que incita al hombre a menospreciarse ante la clara luz de su propio conocimiento”. Esto se relaciona con la afirmación de que “todo pecador es un pozo de orgullo del cual brotan las malas acciones” (Eclo 10, 13),  por lo que san Buenaventura afirma también que la raíz de todo pecado es la soberbia, así como que el fundamento de todas las virtudes es la humildad. Cuando se tiene el corazón humilde se ven las cosas como son, lo bueno como bueno y lo malo como malo; en la medida en que un hombre es humilde, crece una percepción más correcta de la realidad.
     Como virtud, la humildad debe practicarse; recordemos que las virtudes son buenos hábitos que llevan a la perfección evangélica. Por medio de ella puede llegarse a la verdadera comprensión de la sentencia “¿por qué te pones a mirar la paja que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo?” (Mt 7, 4), por la que Jesús nos quiere hacer ver que la soberbia hace que las faltas más pequeñas del otro se vean aumentadas, mientras que las propias, grandes y notables, las disminuyamos y justifiquemos. La soberbia es la que nos lleva a las actitudes farisaicas e hipócritas en grado superlativo. Por el contrario, la humildad conduce a reconocer primero los propios errores y las propias miserias.
     Una forma de reconocer la falta de humildad, es por la susceptibilidad, por el querer ser el centro de las conversaciones, por el enojo que provoca que a otra persona la aprecien más, por el sentirse desplazado si no se le otorga atención. La falta de humildad hace hablar mucho por el simple gusto de oírse y que los demás lo oigan; siempre se tiene algo que decir, algo que corregir. Es sentirse el centro del universo y creer que todo se merece. Y cuando algo de esto falta, llega la tristeza y el enfado. La falta de humildad es causa segura de infelicidad.
     Por su parte, la mansedumbre es la virtud que modera la ira y sus efectos desordenados; esto es, aplaca o refrena los arrebatos de cólera que surgen sin control en el individuo. Es una forma de templanza, por la que podemos moderar el resentimiento por el comportamiento de otras personas, por lo que, en esencia, la mansedumbre es el dominio de sí mismo.
     Esta virtud, junto con la humildad, es poco apreciada culturalmente. Es mejor vista una persona que se deja llevar por sus arrebatos de enojo, ya que de esa manera puede conseguir lo que quiere, aunque para ello tenga que pisotear o denigrar a otros. Pero después, ¿no se siente un vacío y una falsa alegría incapaz de proporcionar verdadera felicidad? Es de notar que los mansos son los verdaderos fuertes, puesto que son capaces de dominarse a sí mismos, templando y rectificando la pasión, de manera que sólo se exaltan cuando es necesario, y lo hacen en la justa medida.
     En nuestra vida diaria estamos expuestos a una gran cantidad de dificultades, molestias y rechazos. La mansedumbre ayuda a minimizar los efectos de tales contrariedades, elevándonos por encima de ellas de manera que dejen de oprimir nuestro ánimo.
      Así como humildad y mansedumbre son rasgos cristianos que determinan el carácter de las personas, la madurez emocional puede medirse por estas virtudes, pues se requiere una voluntad firme, ya que por su práctica se abandona sin problemas las pretensiones del amor propio, se sabe escuchar, ser atento y tratar bien las cosas que se usan. Una persona mansa y humilde no critica a los demás y, cuando debe juzgar, lo hace con misericordia; observa, razona, habla claro y sostiene diálogos ordenados, basados en la verdad y en una clara conciencia moral. La mansedumbre y la humildad se viven con las personas y con las cosas. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
     
Antonio Lara-Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alaraarroba)up.edu.mx

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