Sábado, 01 de Noviembre 2025
Suplementos | El lector se pone en piel del 'Gaucho' con la novela 'La distancia que nos separa'

Autoficción en la figura del padre

El lector se pone en piel del 'Gaucho' dentro de la novela 'La distancia que nos separa'

Por: EL INFORMADOR

Renato Cisneros aborda la vida de su padre, mejor conocido como 'el Gaucho'. EL INFORMADOR / E. Arias

Renato Cisneros aborda la vida de su padre, mejor conocido como 'el Gaucho'. EL INFORMADOR / E. Arias

GUADALAJARA, JALISCO (01/MAY/2016).- El escritor peruano Renato Cisneros publicó en 2015 la novela “La distancia que nos separa”, libro que llega a México este 2016. En ella, el autor expone la vida de su padre, Luis Federico Cisneros, apodado “el Gaucho”, quien ejerció en dos periodos como titular de los ministerios de guerra y del interior, en el Perú.

Considerada por su propio autor como “autoficción”, charlamos con Cisneros sobre esta nueva novela que llega a los lectores mexicanos.

-“La distancia que nos separa”, pero es también el tiempo, ¿cómo fue la gestación de esta novela desde la muerte de tu padre, en 1995?


-Todo empieza simbólicamente con la muerte del ‘Gaucho’, mi padre. Era un hombre tan dado a normar la vida de sus hijos, que cuando muere su desaparición nos dejó en blanco. No sabíamos cómo reaccionar ni qué hacer. Yo sabía, o sentía, que aquello se iba a convertir en un tema literario. Pero no sabía cuándo lo iba a escribir. Ni siquiera sabía qué quería contar, pero sabía que su muerte había penetrado en mí de una manera escandalosa y que algún día eso me obligaría a escribir un libro.

-¿Cómo empezaste a escribirlo?


-Siempre tuve preguntas sobre mi padre pero nunca me permití hacer muchas indagaciones, hasta que en una sesión psicoanalítica terminé dándome cuenta de que no sabía nada de un episodio que para mí era central, y que yo asumía como cierto: el matrimonio de mis padres. Que en realidad no se realizó, pero sí se fraguó, se teatralizó. No se concretó legalmente porque la primera esposa no le dio el divorcio. Eso lo supe recién con las investigaciones posteriores. Ahí sí me puse a escribir eso que yo sentía desde hace años, era una inquietud: gatilló la investigación y la escritura. Para poder materializar toda esa historia lo que hice fue reconstruir a mi padre con testimonios de gente que lo conoció, que lo quiso, gente que fue crítica de su actuación pública. Hice una reconstrucción de un archivo periodístico. Tenía en mi casa un baúl con doce archivadores de notas que un tío mío había recopilado. Para mí siempre habían sido archivos que estaban en el sótano, que sólo hacían bulto. Pero de pronto se convirtieron en un material imprescindible. También hice algunos viajes para tratar de ponerme en el lugar de mi padre en algunos años. Él nació en la Argentina, para mí fue importante trasladarme a Buenos Aires y tratar de respirar el ambiente que mi padre vivió durante 21 años de su vida. Todo esto que suena muy íntimo tiene una dimensión muy universal también: independientemente de que mi padre haya sido un personaje público y que sea una historia que sucedió en el Perú, creo que a los lectores lo que más los puede interpelar es el hecho de que todos tenemos un padre y todos tenemos preguntas sobre ellos. Son sujetos cuyas versiones nunca ponemos a discusión, siempre creemos lo que nos cuentan de ellos. La novela pretende cuestionar esa teoría: no todo lo que los padres dicen es verdad, siempre hay vacíos, agujeros negros por llenar.

-Dentro de la tradición de literatura sobre el padre, tu novela resalta por dos cosas: tu padre y el papel que tuvo en el momento político del país, funciona como un testimonio:


-Sí, una de las primeras cosas que me sorprendieron cuando el libro empezó a leerse en el Perú es que hubo distintos tipos de lectores: el lector encariñado con la figura del hijo que busca al padre, pero también el lector político, que subrayaba las partes del libro que son una crónica política de los años setenta, ochenta y noventa, años muy convulsos en los que la presencia del terrorismo puso contra las cuerdas al Estado. También hay un lector que lo que aprecia del libro es el hombre desmitificado: la parte de la enfermedad y la muerte, de ahí surgen reflexiones sobre la vida y la muerte, cuán didáctica es la muerte y el dolor, a diferencia de la felicidad.

Un lector se queda con esos años recapitulados, que no están tan lejos en términos de perspectiva histórica. Pero todavía el Perú tiene una sociedad fragmentada, y que a raíz de la violencia política aún no se ha puesto de acuerdo en muchas cosas: hay gente que le denomina guerra interna a aquello que ocurrió, para otros fue violencia terrorista. El recuerdo está muy fresco. El libro tiene ese flanco histórico que terminó siendo necesario mencionar porque mi padre fue protagonista de esos años. Esos son los tres libros que los lectores han descubierto: el joven más inseguro retratado en las cartas de su padre, que no sabe bien cuál es su verdadera patria por crecer en Argentina, con la misión familiar de regresar al Perú, que se enamora destempladamente, que tiene una frustración sentimental que marca para siembre su relación con las mujeres, el militar polémico que hace suya la voz de las fuerzas armadas, que da declaraciones tremendistas, opina a viva voz que hay que matar a los terroristas, que los derechos humanos no importan en la guerra. Deja ver que aprendió de los militares argentinos con los que estudió. Pero también ese otro hombre menos arropado de ese tono militar, el hombre de las dos esposas, de las amantes, que tiene conflictos con sus hijos y que sólo en los años de enfermedad parece más cercano.

-Pasaron veinte años desde la muerte hasta la publicación de la novela. Recuerdo el comienzo de un poema de Sabines, “Déjame reposar”, ¿cuál fue la parte más complicada para escribir? ¿Cuánto duraste haciéndolo?


-Desde que murió supe que debía escribir el libro. Fueron ocho o nueve años de investigación, incluyendo la escritura. Recuerdo haber leído el poema de Sabines, porque durante esos años me obsesioné con el tema, con la idea de aprender a escribir sobre el padre, que no resultó fácil. Quería que se sintiera la voz de un escritor, no la voz melodramática, mitad homenaje, mitad confrontación. No quería que el hijo escribiera el libro, quería que lo escribiera el escritor. Fue importante leer a Rulfo, leer y subrayar una y otra vez ‘Patrimonio’ (Philip Roth), ‘La invención de la soledad’ (Paul Auster), ‘Experiencia’ (Martin Amis), tantos otros libros en los que el padre es examinado. Por eso me fue menos doloroso escribir. Sí hubo momentos que me generaron mucho fastidio. Junto con los recuerdos vienen los sentimientos, no fue sencillo. No fue un proceso traumático, fue un proceso de aprendizaje, de humanizar a mi padre a través de los hallazgos. Todo el proceso fue difícil, pero siempre enriquecedor.

-En la lectura se nota que no es un homenaje, se lee una voz muy sobria, no centrada en evaluar, sino en presentar al “Gaucho”:


-Una de las cosas que persistí fue en convencerme en que no escribía sobre mi padre, sobre el hombre con el que viví y el que enterramos, sino una construcción literaria, hecha por supuesto por ese hombre real, pero también de las otras versiones del ‘Gaucho’ que me iban llegando: por sus hermanos, amigos, por la familia de su primera novia, por las impresiones que fueron apareciendo mientras escribía. Me gusta decir siempre que hay cosas que sólo aparecen mediante la escritura, cosas que uno no sabía que sabía, pero que están dentro. Eso también ocurrió, de eso también está arropado el ‘Gaucho’ Cisneros: es mi padre, pero no sólo es mi padre el que está retratado.

-¿Influyó tu otra vocación, más periodística?


-No quería, aunque claro, son muchas las páginas con el registro de la crónica periodística. Sobre todo en esa parte de cómo llego a la investigación y el cierre de cómo su muerte altera mi mundo son meramente literarias, no contaminadas de información sino de reflexiones e ideas, ideas no sentimentales, sino racionales.

Tapatío

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