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Jueves, 14 de Diciembre 2017

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Suplementos | La reconciliación urbana; los nuevos afectos*

Arquitectura

Si partimos del principio, siempre cuestionable, de que en el alma de nuestras ciudades es necesaria una reconciliación

Si partimos del principio, siempre cuestionable, de que en el alma de nuestras ciudades es necesaria una reconciliación, implícitamente admitimos otro principio subyacente, el de que existe una ruptura urbana, el de que las relaciones entre las partes que configuran el sistema de las ciudades están fracturadas. Lo que sigue por tanto, es entender dónde están las principales fracturas, los más dolosos conflictos.

A simple vista uno puede observar que existe una suerte de dicotomía intrínseca entre los faroles y los charcos, entre los balcones y los árboles, entre los cables y los sentimientos, entre los coches y los zapatos, los globos y la publicidad. Y es fácil también darse cuenta de la manifiesta rivalidad existente entre las puertas y el viento, entre los tejados y el cielo, entre los sombreros y los autobuses, entre las calles y las llantas, entre las flores y los periódicos, entre el ciudadano y la ciudad, pero también entre los ciudadanos mismos y, entre las partes que configuran la ciudad.

Una reconciliación exige mucho de todas las partes, primero el reconocimiento y el respeto, el saber que lo otro es igual de importante que yo, o por lo menos casi tan importante como yo. Las ciudades hoy día son excluyentes, la democracia son papeles tachados, lo privado prevalece sobre lo público, las ciudades se encierran, los ciudadanos dejan de pertenecer al igual que los árboles o las bicicletas. La reconciliación también implica una fuerte dosis de amor, de saber ceder, de confianza. Todo esto en términos urbanos no puede más que significar que la estructura actual de las ciudades tiene que perder los límites, que borrar barreras, que trascender fronteras. Sólo es posible amar lo que se conoce de verdad y se admira. Para refundar ciudades en base a la concordia no nos basta con la tolerancia, nadie necesita ser tolerado, todos requerimos ser reconocidos, queridos, admirados. Barcelona Posa’t guapa (Barcelona ponte guapa) decía el lema que acompañó la exitosa renovación urbana que se dio paralela a las olimpiadas del 92 y, la frase por simple, no deja de ser contundente, eso es finalmente el objetivo que se debe buscar en esta reconciliación urbana: poner guapa a nuestras ciudades, sentirnos partícipes y orgullosos de ese rostro urbano que finalmente es también el rostro de nosotros sus ciudadanos.

Esta reconciliación habrá de darse entre el ciudadano y la ciudad, entre este ser urbano y su urbe y, solo será posible a partir del aumento de la complejidad urbana y de la recuperación de lo público en la ciudad.

La complejidad urbana consiste en el reconocimiento de la diversidad tanto cultural como de funciones y actividades, de redes técnicas y redes sociales, en la convivencia de eficiencia y pasión, de historias y anécdotas que deben compartir espacio con árboles, autobuses y policías, de vivencias, recuerdos y amores que se enmarcan en calles, esquinas y plazas. Porque la complejidad, lejos de dificultar, de complicar la vida urbana, nos ayuda a verla de una manera más sencilla y resulta, además de imprescindible, un elemento favorable, ya que de todas las creaciones humanas, sin duda es la ciudad la más compleja de todas ellas, quizá porque es la suma de todas las complejidades del ser humano, del ser social. En el texto de la Ciutat Sostenible editado por la Diputació de Barcelona se establece que “El aumento de la complejidad en diversas áreas de la ciudad supone concentrar en un mismo espacio elementos de características distintas” y, pensando la ciudad desde la complejidad propone que “la ciudad diversa es la coexistencia de la diferencia en el mismo lugar”. Es decir, complejizar es incluir y pertenecer, es abrir, indefinir, es democratizar las ciudades, el espacio; complejizar es reanudar las relaciones entre el ciudadano y su ciudad.

Richard Rogers en su libro Cities for a small planet (1997) plantea varios atributos que debe tener la ciudad sustentable y que de igual manera parecen los más adecuados para facilitar esta reconciliación:
Una ciudad justa, donde la justicia, los alimentos, el cobijo, la educación, la sanidad y las posibilidades se distribuyan debidamente y donde todos sus habitantes se sientan partícipes de su gobierno.
Una ciudad bella, donde el arte, la arquitectura y el paisaje fomenten la imaginación y remuevan el espíritu.
Una ciudad ecológica, que minimice su impacto ecológico, donde la relación entre espacio construido y paisaje sea equilibrada y donde las infraestructuras utilicen los recursos de manera segura y eficiente.
Una ciudad que favorezca el contacto, donde el espacio público induzca a la vida comunitaria y a la movilidad de sus habitantes y donde la información se intercambie tanto de manera personal como informáticamente.
Una ciudad diversa, en la cual el grado de diversidad de actividades solapadas anime, inspire y promueva una comunidad humana vital y dinámica.

Desaparecer los límites

Esta complejidad, esta reconciliación debe tener como principal escenario al espacio público, ya que una manera de disminuir la sensación de exclusión será el devolver al ciudadano el espacio público. Se trata de desaparecer los límites internos de las ciudades que vinculan al interior, pero excluyen al exterior y, en este proceso colectivo construirse ciudad y ciudadanos. Que sea restablecido el sentido original del espacio público, que sea la casa de todos, que vuelva a ser real aquella tan acudida metáfora de “la ciudad como un teatro”, como el sitio para la representación de nuestro papel de ciudadanos, del lugar colectivo del juego, del espacio para la reunión de vecinos. Eduardo Rinesi, en su libro Ciudades teatros y balcones, plantea que la ciudad es un conjunto de escenarios unidos por una trama difusa. La ciudad vista como el escenario de las múltiples representaciones que el ser social hace de sí mismo; la ciudad como el teatro abierto donde el individuo se da a los demás y el donde “los otros” se manifiestan igualmente, al perder este espacio para la representación, a los ciudadanos les resulta muy difícil identificarse y amar su ciudad.
Es por tanto indispensable en cualquier intento de reconciliación urbana retomar las calles, instalar el gobierno de los árboles, pedirle a las estrellas que no se olviden de salir en nuestras noches, reconciliar los pasos con las aceras, los buenos días con los autobuses, la lluvia con las alcantarillas, las ventanas con el sol, las plazas con la sombra o, en palabras de Fernando González Gortázar, “propiciar que entre la ciudad y el ciudadano se establezca una relación erotizada, es decir, basada en el sentido de pertenencia mutua, en el placer y en el amor”.

* El presente texto ha sido elaborado para la Feria MAG, Montreux Art Gallery, en Montreux, Suiza, que se llevará a cabo del 12 a 16 de noviembre 2008 y en donde participan cuatro artistas mexicanos: Marcela Rosado, Gustavo Villegas, Vanesa Farfán y Francisco Morales, que será el único que estará presente de ellos en la feria. El evento es organizado por la Galería Espacio de Morges, Suiza, y como co-patrocinador la Secretaría de Relaciones Exteriores a través de la Dirección General de Asuntos Culturales (DGAC).

Destacado: La complejidad urbana consiste en el reconocimiento de la diversidad tanto cultural como de funciones y actividades, de redes técnicas y redes sociales, en la convivencia de eficiencia y pasión, de historias y anécdotas que deben compartir espacio con árboles, autobuses y policías, de vivencias, recuerdos y amores que se enmarcan en calles, esquinas y plazas.

por: álvaro morales
foto: alfredo garcía

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