GUADALAJARA, JALISCO (05/FEB/2017).- Aristóteles Sandoval es un político que cocina a fuego lento. Su estilo de gobernar es alérgico al riesgo. Prefiere el camino seguro que la senda sinuosa. Difícilmente toma una decisión originada en el impulso; por el contrario, el tiempo no es una presión. El joven político que responde al alma vieja del priismo: consenso y prudencia. No da paso sin tener certidumbre del resultado. El estilo político es así: una camisa de fuerza. Positivo para algunas coyunturas, pero un freno en otros momentos que demandan riesgo y extroversión. Es natural, el estilo de gobernar tiene dos filos. La calma y la templanza pueden ser virtudes, pero también profundos vicios. Pueden ser aliados cuando el contexto político las reclama, sin embargo, se vuelven pasivos cuando la agenda exige posturas y pronunciamientos. El gasolinazo fue una prueba para el gobernador. Los días pasaban y el jefe del Ejecutivo se encontraba acorazado. Todos hablaban, menos él. Reaccionó cuando el golpe estaba dado y las protestas se hacían presente a diario en las calles. Su respuesta nos entregó a un gobernador irreconocible: asumió riesgos por primera vez en su sexenio. No fue el Aristóteles timorato que hemos visto en el transporte público o en los cambios en el gabinete. Por el contrario, parecía más un jugador de póker dispuesto a llevar las apuestas hasta el final. Y la pregunta que se viene inmediatamente a la cabeza: ¿Qué Aristóteles veremos en su quinto año? ¿Aquél que prefiere postergar las decisiones que tiene que tomar un gobernador, esperando que el futuro acomode aquello que está suelto, o quien se sube a disputar la agenda pública y toma los riesgos que tiene que tomar un gobernador? Tal vez, la respuesta a esta cuestión marque el resto de su sexenio.Aristóteles Sandoval es, hoy, más intenciones que resultados. El gobernador está lejos de cumplir satisfactoriamente los objetivos que él mismo se trazó. Movilidad, seguridad, combate a la corrupción, son pendientes que resuenan en el horizonte como consecuencia de un gobernador que no ha utilizado todas las herramientas que tiene a la mano. Desafíos que constituyeron ejes vertebradores de su campaña a la gubernatura y que, sin embargo, hoy se encuentran en un laberinto sin salidas. Entiendo que, en la cabeza del gobernador, hoy en día estará rondando lo relevante de su legado. Nunca volverá a ser gobernador. Y, tal vez, alcanzó, a una corta edad, su mayor puesto político. Por ello, si quiere rescatar su sexenio, considero que debe tomar cinco decisiones fundamentales. Y las cinco, tienen que ser en los próximos nueve meses, porque después de ello, la lupa estará puesta en la sucesión y, a partir de junio del próximo año, será lo que los americanos llaman: un pato cojo. Le quedan nueve o 10 meses de gobierno efectivo y pendientes que se apilan sobre el sofá de la sala. La primera decisión: firmeza en el transporte público. Admitámoslo, modernizar el transporte requiere voluntad política, domar al pulpo es una decisión política. Congelar la tarifa en seis pesos, y luego la escalada a siete pesos, no ha servido para tener un mejor sistema de autobuses en la metrópoli. La Ley de Movilidad de 2013 le otorga al gobernador facultades que puede utilizar para obligar a los transportistas a responder a las demandas de la sociedad. Retirar concesiones es impostergable. Empujar por la configuración del modelo de ruta empresa, con la transparencia necesaria, es también un reto de 2017. Y, por último, el prepago no puede seguir siendo la obligación con la que los transportistas se burlan del Estado cada que se les viene en gana. Hay que decirlo con todas sus letras: si el gobernador no exprime las atribuciones que le da la ley, el sexenio habrá sido un fracaso en la materia. La coyuntura exige riesgos, esos que no ha querido acometer en más de dos años.Segunda decisión: un Gobierno que se comprometa con la agenda de combate a la corrupción. Es lamentable que estemos en 2017, y que no sepamos nada sobre la corrupción del sexenio pasado. Nada es nada. Y, si hablamos del actual sexenio, tampoco. En el pasado quedaron los “moches”, el gasto discrecional, el caso Vega Pámanes y las trapacerías del auditor. Es cierto, el auditor ya no está y el ex presidente del Supremo Tribunal de Justicia tuvo que dejar su cargo. Pero, ¿Ahí termina todo? ¿No hay nada que amerite responsabilidades penales? ¿Tampoco López Castro? El gobernador tiene que comprometerse con un Sistema Estatal Anticorrupción fortalecido y vigoroso, pero también decirnos qué pasó con el sexenio anterior y con tramas de corrupción como los “moches” que sólo sirvieron para relevar al secretario de Infraestructura y Obra Pública, pero que al día de hoy, no tenemos ni el más mínimo conocimiento sobre quién montó la trama, qué empresarios participaron y quiénes en la SIOP colaboraron o permitieron que se reprodujeran estas prácticas de corrupción.Tercera decisión: un gran pacto en materia de combate a la violencia y a la inseguridad. Dentro de los desencuentros -y encuentros, también- entre Aristóteles y Alfaro, el más grave es el de la inseguridad. Hay agendas en las que la responsabilidad debe estar por encima de los cálculos políticos. Ninguno de los dos ha estado a la altura de un reto tan significativo. Se han confrontado por todo: desde el modelo, hasta los comerciantes, pasando por la operación del sistema de justicia penal y qué decir de los perfiles que ocupan las carteras de seguridad en Guadalajara y Jalisco. En unos días comienza a operar el modelo de Agencia Metropolitana de Seguridad y Fuerza Única 2.0, la mejor oportunidad para un armisticio más que necesario. Si politizan la agenda de seguridad de cara a 2018, Jalisco puede incluso verse en una peor coyuntura que aquella del primero de mayo de 2015. La voluntad política está en el centro del funcionamiento del nuevo modelo. Cuarta decisión: separarse claramente de Peña Nieto. Los priistas dirán una cosa en público y otra en privado, pero lo cierto es que el Presidente es un pasivo para su partido. Un mandatario con 12% de aceptación es una pesada roca que cargar. Si Aristóteles asume las decisiones costosas del mandatario, el 56% de aceptación, que publica un diario local, podría convertirse en treintas al final de este año. No paso por alto que el gobernador se ha distanciado de Peña Nieto en algunas decisiones, pero debe ser más tajante en temas como el gasolinazo o la gestión de la política económica. Ir a cuestas con el Presidente podría significarle a Aristóteles enterrar su futuro justo al costado del ataúd del mexiquense. Quinta decisión: soltar 2018. Aristóteles Sandoval no será ni diputado federal ni senador. Los tiempos no le dan. Sin embargo, una cierta potestad y un consolidado liderazgo en su partido, podrían llevarlo a que crea que es capaz de tripular la sucesión desde Casa Jalisco. Lo quiso hacer Emilio González, y hoy vemos su más rotundo fracaso. Incluso, lo propició Aristóteles en 2015 y se llevó la peor derrota del PRI en una década. Si está pensando en configurar a su gabinete como un incipiente cuarto de guerra de cara al enfrentamiento con Enrique Alfaro en 2018, todo lo anterior estará perdido. El PRI tiene pocas opciones de luchar el próximo año, pero aún menos si el gobernador pasa más tiempo pensando en la coyuntura electoral que en dar resultados de Gobierno. Seamos sinceros, ninguno en su gabinete, actualmente, tiene los números como para enfrentarse al candidato de MC. Necesita un gabinete de resultados, no de aspirantes. Para Pizano, Castro o Almaguer, puede haber otros espacios desde donde la grilla no sea tan costosa. El capital político está para utilizarse. No es un bonito dato en una encuesta que empuja a atesorarse. Es un espejo del margen de maniobra que tiene un gobernante para tomar decisiones; decisiones que tienen ganadores y perdedores. Aristóteles está en posición de tener un 2017 en donde enfrente riesgos y apueste por cultivar algún legado de valor a Jalisco. Aristóteles ha sido más un administrador, eficiente en algunas cosas e ineficiente en otras, pero no un gobernante decidido a echar el resto para transformar lo que no funciona. Su capital político lo ha atesorado y no lo ha usado. Tiene nueve o 10 meses para empujar esos cambios, antes de que el inevitable ciclo político lo arroje a la debilidad política. Así, 2017 es el año decisivo, luego la inevitable grilla se apoderará de todo.