Sábado, 01 de Noviembre 2025
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Arculfo y la Ruta Sagrada

Segunda y última parte

Por: EL INFORMADOR

Habíamos dicho que el obispo francés, Arculfo, no descansaría hasta recorrer todos los lugares en Tierra Santa donde por el “maestro” vertió su conocimiento. Una de las partes del monte de los Olivos es el campo de Bethania, el cual recorrió y visitó ahí el sepulcro de Lázaro, a quien según la tradición Jesús revivió frente a los a ojos de varios curiosos (futuros cristianos). Al costado derecho del campo Bethania, Arculfo entró en la iglesia que ahí se construyó y que era uno de los lugares que Jesús frecuentaba para reunirse con sus discípulos. El monje parecía verlo hablando a sus seguidores con la serenidad y paz de una flor en medio del solitario bosque.

Se dirigió luego a Belén, como yendo del presente al pasado, de lo más reciente a lo más antiguo, de la muerte de Jesús a su nacimiento. Al sur del valle de Zefrahim encontró el poblado y la cueva donde el “mesías” había nacido; la describió como una “semi-gruta natural abierta al extremo del ángulo oriental del pueblo”, precisamente donde santa Elena ordenó construir un templo. Describe con detalle el sepulcro de Raquel, madre de José (no el nazareno sino “el patriarca”) y el de los cuatro patriarcas: Abraham, Isaac, Jacob y Adán. Se dirigió luego, sobre la orilla del río Jordán, a los restos de la bíblica ciudad de Jericó, de la que Josué, según las sagradas escrituras, con sus trompetas derribó sus murallas.

Arculfo no sólo visitó los lugares donde Jesús estuvo sino también los de sus ancestros. Visitó los caminos que “los hijos de Israel” recorrieron en su largo trayecto desde Egipto, especialmente en la tierra de Cannán y la iglesia de Gálgala; siguió la ribera del Jordán y, a una hora de distancia del Mar Muerto, identificó junto a una abundante arboleda el lugar donde Juan bautizó a Jesús. Ahí había una cruz que en las crecidas del río era cubierta por completo; a un costado estaba la iglesia que se edificó en el lugar donde el “hijo del carpintero” había dejado sus sandalias mientras era bautizado, recinto que también, por supuesto, fue dedicado a Juan el Bautista.

Lleno de inspiración y de una inexplicable paz, llegó hasta el Mar Muerto y caminó por sus orillas, y seguramente no descubrió las cuevas donde, según se cuenta, se reunía Jesús con los esenios para hablar de teología y filosofía. Con observar y sentir aquellos bíblicos lugares, Arculfo quiso recrear en su mente todo lo acontecido al fundador del cristianismo: Buscó en Fenicia las fuentes del Jordán, recorrió el lago Tiberíades (Mar de Galilea) y visitó el pozo de samaria, donde la mujer samaritana dio de beber a Jesús. Recorrió también la “llanura de Gazán, ya nunca más cultivada”, donde según cuenta la tradición que el nazareno multiplicó cinco panes y dos peces. Antes de viajar a Nazaret visitó Cafarnaúm, “cuyos restos [en el siglo XIX] ya no existen”; después fue a Galilea y terminó en Thabor. Fue sin duda el viaje más importante de su vida; hacia este punto se considera la parte más importante de los lugares sagrados, con los sentía que ya lo había conocido todo.

Continuó luego su periplo a Damasco y Tiro, ciudad fenicia que en la antigüedad estuvo separada del continente y que Nabucodonosor ordenó construir muelles para unirla a tierra firme. Visitó también Jaffa, Alejandría y Constantinopla, donde visitó con frecuencia la iglesia donde se conserva el “madero sagrado donde el Salvador murió crucificado”, como lo dijimos en nuestra entrega anterior.

Regresó al reino franco y al parecer viajó hasta el monasterio de Iona, en Escocia, donde contó su historia al abad, Adomnán, quien con la información del obispo viajero escribió poco después “De Locis Sanctis” (“Sobre los lugares sagrados”), y terminó el texto de manera abrupta implorando que rueguen por la vida del “santo prelado Arculfo” y también “por el pobre pecador que sirvió de amanuense”, es decir, el propio Adomnán. Hasta ese momento el alma del obispo parecía haber descansado; su largo viaje había concluido y su historia estaba contada. Y aunque muchos lo hicieron, Arculfo fue uno de los primeros que con su viaje por Tierra Santa cubrió más lugares, más poblados y regiones, y tal vez sin darse cuenta y sin proponérselo, participaba de una práctica que se volvería tradición por largos años y centurias: viajar por la ruta sagrada.

Cristóbal Durán
ollin5@hotmail.com

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