Viernes, 10 de Octubre 2025
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Aquí estoy

Dios nunca ha dejado de llamar, a hombres y mujeres a su servicio en sus hermanos; este llamado para algunos es más claro que para otros, pero lo que distingue el llamado que Dios jamás ha dejado de hacer, es la respuesta que libre y consciente da cada uno

Por: EL INFORMADOR

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LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:


Éxodo 3, 1-8. 13-15

“Viendo el Señor que Moisés se había desviado para mirar, lo llamó desde la zarza: “¡Moisés, Moisés!” Él respondió: “Aquí estoy”.

SEGUNDA LECTURA:

Primera de san Pablo a los corintios 10, 1-6. 10-12


“El que crea estar firme, tenga cuidado de no caer”.

EVANGELIO:

San Lucas 13, 1-9

“El viñador le dijo: deja la higuera, todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré”

REFLEXIONANDO LA FE...

Seminario, el lugar de los llamados


El corazón de cualquier diócesis es su seminario, institución que tiene como objetivo la formación de los futuros pastores del Pueblo Santo de Dios, es la prioridad de todo obispo, que ha de procurar se garantice en todos aquellos que se han sabido llamados, el encuentro con Aquel que les llama, como un encuentro formativo a través de la oración, el estudio, la fraternidad y el testimonio, que propicien la conformación de las virtudes y capacidades que se requieren para todo sacerdote que ha de ejercer su ministerio en nombre del Señor para con sus hermanos.

El seminario diocesano de Guadalajara con sus 317 años, festeja este domingo su día, no es solo un festejo social y publicitario, es el momento propicio para reconocer la importancia de impulsar y pedir por las vocaciones sacerdotales, ya que los llamados son muchos y pocos los elegidos, como lo dice la escritura: “Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

La formación de los seminaristas, futuros sacerdotes, es una tarea de toda la Iglesia, con todos sus ministerios. Los formadores que conviven y viven con ellos de una manera directa, el resto de los bautizados de diversas y variadas maneras formamos de una manera indirecta, especialmente con nuestra oración, los seminaristas mismos como principales formadores de su propia vocación participan con su generosa donación a través del sí que se da junto con sus vidas, se preparan así, para yo no pertenecerse, siendo propiedad de Dios en sus hermanos.

Si te sientes llamado por Dios, ten el valor de decir: “Aquí estoy, Señor”. Si Dios no te ha llamado a este ministerio, vive con corresponsabilidad tu fe, en lo que a ti compete y puedas hacer en favor de la formación de los sacerdotes. El seminario es el lugar de los llamados, pero es responsabilidad de todos los bautizados.
La vocación

La vocación como llamado de Dios es una aventura en el seguimiento del cumplimiento de la voluntad de Dios, que abre nuevos senderos al futuro de quien llama. Dios cuando llama, sorprende, rompiendo lo ordinario para presentar un panorama totalmente extraordinario. Moisés al ser llamado por Dios, es cautivado por una zarza que arde, pero no se consume lo que atrae su atención y provoca el encuentro en donde se descubre el llamado.

La atracción a través de lo extraordinario, la claridad del mensaje y los nuevos caminos que se le presentan a Moisés, y en él representados todos los llamados, lo hacen decir: “Aquí estoy”, fruto de la plena disponibilidad a la escucha de quien llama y la obediencia a lo que pide.

Dios cuando llama presenta siempre grandes proyectos, que tienen como finalidad la plenitud del proceso redentor que Dios nos ofrece, en razón de la salvación de todos los hombres, por eso Dios sigue llamando, porque quiere servirse de aquellos que han sido capaces de decir: “Aquí estoy”.

De Moisés se sirve para llevar a cabo la salvación, que es una liberación de la esclavitud opresora para pasar al servicio del culto a Dios en la propia vida.

Yo soy el que soy

Hoy a la distancia de miles de años, debemos estar agradecidos de las dudas y valentía de Moisés, quien dialogando con Dios le hace una pregunta interesantísima. “Yo me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de sus padres me envía a ustedes. Pero si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé?”

De este diálogo es que se nos ha revelado el nombre de Dios: “Yo Soy”. La pregunta de Moisés adquiere mucha importancia, porque para los semitas el nombre indica la totalidad de la persona, conocer su nombre, equivale a poder disponer de él cada vez que se le invoque, si yo conozco el nombre de alguien puedo hablarle, llamarlo y estar cercano a él.

En el nombre de Dios, se encierra a la vez la majestuosidad del llamado que Él mismo hace al hombre cuando le presenta una vocación, no es un reclutamiento de trabajadores o esclavos, es un diálogo cercano y familiar. Dios que llama, pero que se pone a nuestra disposición para poderlo llamar también nosotros.

La vocación que Dios extiende a sus elegidos es el inicio de un encuentro siempre cercano.

Me envía a ustedes

Dios no llama para sí, llama para que estén con Él y después de permitir el encuentro y conocimiento de Él, ser envidos. Llamado y misión son inseparables, nadie que se sepa llamado por Dios se puede reservar este encuentro, sólo para sí.

El llamado y la disposición de Dios, nos hace comprender que siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros, el momento de la vocación. Dicho momento —vocación— exige de nosotros constancia, una decisión siempre renovada de proseguir el camino a pesar de todo. Hoy en nuestro tiempo y nuestro espacio, Dios sigue llamado a la espera de muchos que sepan decir como Moisés: “Aquí estoy”.

DESDE LAS LETRAS

Si tú me dices "¡ven!"


Si tú me dices “¡Ven!”, lo dejo todo...

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada...

Pero dímelo fuerte, de tal modo

que tu voz, como toque de llamada,

vibre hasta el más íntimo recodo

del ser, levante el alma de su lodo

y hiera el corazón como una espada.

Si tú me dices “¡Ven!”, todo lo dejo.

Llegaré a tu santuario casi viejo,

y al fulgor de la luz crepuscular…

Mas he de compensarte mi retardo,

difundiéndome ¡Oh Cristo!

como un nardo

de perfume sutil, ante tu altar.

Amado Nervo

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