Suplementos | Espejismo filantrópico Aprender de ellos Por: José Luis Cuellar de Dios Por: EL INFORMADOR 16 de octubre de 2009 - 04:07 hs Viví un par de semanas con el ánimo a tope en cuanto a la atención que se prestó a la discapacidad aquí en nuestra ciudad con motivo de tres eventos con un alto nivel de participación y con ponentes que han abordado el tema con sapiencia y convencida disposición. Bastó una llamada telefónica para volver a la realidad, una realidad que da testimonio de que el colectivo de la discapacidad ocupa, en la realidad, estrechos y reducidos espacios. Se trata de una familia formada por padre, madre y tres hermanos. El mayor con 37 años, casado, un hijo y viviendo desde hace 10 años en los Estados Unidos donde se ha forjado un futuro. Acude a visitar a sus padres ocasionalmente. Una hermana con 35 años, casada, con dos hijos, maestra normalista que vive y trabaja en Puebla, de donde es originario su esposo, ingeniero mecánico con trabajo de planta en una empresa automotriz de la localidad. Poco visitan a sus padres. Finalmente el menor, Juan Pablo de 32 años que nació con una discapacidad intelectual severa que lo ha hecho vivir dependiendo totalmente de la asistencia de sus padres, en primer lugar, y en su momento, eventualmente del apoyo de sus hermanos. Juan Pablo no tiene lenguaje, no tiene movilidad y no tiene capacidad de autosuficiencia en sus necesidades más elementales. Ha sido atendido con cariño extremo y cuidado amoroso por sus padres a lo largo de su vida, solamente que ahora, por esas misteriosas decisiones de Dios, su papá ha enfermado y su madre con 64 años a cuestas, se ve imposibilitada de atender a marido enfermo, hijo con discapacidad y todas las labores concernientes al hogar. Dolorosa, contradictoria y perturbadora condición en la que vive actualmente esta familia, caso que por otra parte, priva en cientos de hogares mexicanos. La pregunta inmediata y urgente es obvia: ¿Dónde están los centros de atención especial que a manera de residencia, puedan atender estos desesperantes y angustiosos casos? Se trata de una condición de desamparo verdadera y cruelmente injusta. Los gobiernos en sus tres niveles y la sociedad toda en su conjunto, debemos trabajar para terminar con esta oprobiosa situación de olvido y abandono. Hay que desinfectar toda la estructura burocrática-filantrópica para dar paso a una eficiente y sesuda participación de personas con verdadero sentido altruista. En pleno siglo XXI no debemos aceptar que estos mensajeros de paz y caridad como son las personas con discapacidad los sigamos poniendo en los fríos y oscuros espacios de los réprobos. En cuanto a nosotros miembros de la sociedad, el caso nos invita a una reflexión: dejemos de asignar a la filantropía un carácter esnobista, movamos nuestro corazón hacia la anonimia altruista y comprobemos que la caridad, la auténtica caridad paga y paga bien. El caso de esta familia que ahora vive una encrucijada nos permite, para su reflexión, recordar lo que sabiamente afirma Víctor Hugo: La cantidad de fatalidad que depende del hombre se llama miseria y puede ser abolida; la cantidad de fatalidad que depende de lo desconocido se llama dolor y debe ser contemplado y explorado con temblor. Mejoremos lo que se puede mejorar y aceptemos el resto. Amen de los amenes. Temas Calor de hogar Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones