Suplementos | Lo que les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la luz del día; y lo que les digo en secreto, grítenlo desde las azoteas de las casa Año nuevo, vida nueva Si lo que buscamos es paz, tranquilidad y felicidad, lo primero que habría que preguntarnos es: ¿por qué buscarlo fuera de nosotros? Por: EL INFORMADOR 4 de enero de 2010 - 08:17 hs “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la luz del día; y lo que les digo en secreto, grítenlo desde las azoteas de las casas” (Mt 10, 27), es uno de los mandatos del Señor, relacionado con otros más: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones… y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (Mt 28, 19-20), que en el Evangelio según san Marcos es (16, 15): “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos este mensaje de salvación”. De los dos últimos el contexto es tremendo, pues lo prescribe, resucitado, después de su muerte; es el mandato de Jesús a sus discípulos para que propaguen a todas las naciones la palabra de Dios, la Verdad de la vida y de la vida después de la muerte; es la Gran Encomienda. No es vana la denominación de Apóstol para los primeros seguidores de Jesús, pues tal título proviene de la palabra griega que significa, literalmente, “enviado”. La cuestión es que el apóstol, histórico seguidor de Cristo, ha dejado todo por seguirlo para convertirse en pescador de hombres. Pero no nos asustemos; en esta época, dejar todo es simplemente comprender y poner en práctica aquello de que si alguno quiere ser apóstol y discípulo de N. S. Jesucristo, debe recordar las palabras: “olvídese de sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame” (Lc 9, 23). Es decir, dejemos de lado nuestros egoísmos –olvidémonos de nosotros mismos– y aprendamos a llevar a cuestas nuestros vicios, defectos, miedos, recelos y sospechas para, día con día, superarlos y ser mejores. Ese es el único camino seguro a la paz interior y la felicidad verdadera. Cada año muchas personas se hacen propósitos para cambiar un mal hábito, para mejorar uno bueno, o para cambiar radicalmente algo que saben que las perjudica. En cualquier caso, lo que se desea es “volver la hoja” y comenzar de nuevo sobre una base firme y con un propósito determinado. En términos doctrinales, en eso consiste la conversión. S.S. Benedicto XVI nos dice que convertirnos a Cristo, hacerse cristiano, reside en acoger un corazón de carne (Ez 11, 19), un corazón sensible a los sufrimientos y a las alegrías –sin envidias– de los demás. Por su parte, san Agustín decía que la conversión debe ser en este mismo día, pues “si ya lo has pensado, si ya lo tienes decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Igualmente, afirmaba que “al demonio le encanta ilusionar a la gente y engañarla con la conversión de mañana; pero a Dios le gustan las cosas hoy y ahora”. Si lo que buscamos es paz, tranquilidad y felicidad, lo primero que habría que preguntarnos es: ¿por qué buscarlo fuera de nosotros? El problema no está en los demás, ni son los otros quienes tienen la culpa de nuestras acciones. Es por eso que en el libro del profeta Ezequiel (11, 19-21) leemos que hemos de aceptar el corazón de carne en lugar del de piedra que tenemos, porque “del interior del hombre salen los malos pensamientos, los asesinatos, el adulterio, la inmoralidad sexual, los robos las mentiras y los insultos” (Mt 15, 19). Negarnos a nosotros mismos consiste en aceptar nuestra precaria condición, para cambiarla, para convertirla y dejar de pensar en los otros, pues como dice Jesús: “¿por qué te pones a mirar la paja que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tienes en el tuyo?... ¡Hipócrita! Saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la paja que tiene tu hermano en el suyo” (Lc 6, 41-42). El problema de la infelicidad, la frustración y la intranquilidad es de cada quién y de nadie más; la felicidad no existe fuera de nosotros, ni la tristeza nos la producen los demás. Ser feliz implica trabajo y responsabilidad por nuestros propios actos; el apóstol, discípulo de Jesús, trabaja con responsabilidad por su santificación y la de los demás, puesto que la santidad, como sinónimo de felicidad consiste en reconocer las faltas y debilidades, arrepentirse y reconciliarse. Que en este año que comienza nos hagamos el propósito de ser apóstoles de N. S. Jesucristo y difundir Su palabra con nuestro testimonio de vida. Que el Señor nos bendiga y nos guarde. Antonio Lara Barragán Gómez OFS Escuela de Ingeniería Industrial Universidad Panamericana Campus Guadalajara alara(arroba)up.edu.mx Temas Religión Fe. Lee También En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Veinticinco años Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones