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Miércoles, 13 de Noviembre 2019
Suplementos | Dios mismo, que es Amor, nos muestra hasta dónde llegó su Amor: el Hijo de Dios se encarnó y murió por nosotros

Amar no tiene límites

En nuestra vida siempre estamos acompañados de nuestros sentimientos, los cuales hemos de saber encauzar para obrar prudentemente

Por: EL INFORMADOR

El juego de los sentimientos
Pbro. José Martínez Colín

1) Para saber

     En nuestra vida siempre estamos acompañados de nuestros sentimientos, los cuales hemos de saber encauzar para obrar prudentemente. Hay un relato simpático sobre esto.
     Sucede que la Locura invitó a sus amigos para tomar un café en su casa. Todos aceptaron gustosos menos el Resentimiento, que se quedó con el Odio y la Antipatía, que no podían ver a los demás.
     Una vez en su casa, después de tomar el café, la Locura les propuso: “¿Quieren que juguemos a las escondidas?”. Inmediatamente el Entusiasmo aceptó, aunque no sabía de qué se trataba.
     - “¿Qué es eso?”, preguntó la Curiosidad. “También se llaman escondidiñas, y es un juego en el que yo cuento hasta cien y luego los voy a buscar. El primero en ser encontrado será el próximo a contar”.
      Todos aceptaron contentos, menos el Miedo y el Prejuicio, que no se atrevieron a jugar. La Locura comenzó a contar: “1,2,3...”. La Prisa fue la primera en esconderse en cualquier lugar. La Timidez, tímida como siempre, se escondió apenas tras un árbol. La Indecisión no se decidía por ningún lugar.
       La Alegría corrió contenta al medio del jardín, y el Desconsuelo comenzó a llorar, pues no hallaba un lugar apropiado para esconderse. La Envidia siguió al Triunfo y se escondió cerca de él, debajo de una piedra. La Locura seguía contando: “74, 74, 76…” y sus amigos se iban escondiendo. La Indecisión seguía sin decidirse.
      La Desesperanza quedó desesperada al ver a la Locura que ya estaba por terminar; “...noventa y nueve, ¡cien!”, gritó al fin la Locura: “Voy a comenzar a buscarlos”.
     La primera en aparecer fue la Curiosidad, ya que no aguantaba más, queriendo saber quien sería el próximo en contar.
     Al mirar para un lado, la Locura vio a la Duda encima del muro, sin saber en cual de los lados se escondería mejor. Y así fueron apareciendo, la Alegría, la Envidia, la Timidez...
     Cuando estaban todos reunidos, la Curiosidad preguntó:-¿Dónde está el Amor?
     Nadie sabía. La Locura comenzó a buscar. Buscó en la cima de la montaña, en los ríos... y nada. El amor no estaba. Buscando por todos lados, la Locura vio un rosal y comenzó a buscar entre los tallos, y de repente oyó un grito. Era el Amor, gritando por haberse aguijoneado los ojos con las espinas del rosal.
La Locura no sabía qué hacer y gritaba, se puso como loca. Pidió disculpas, imploró por el perdón del Amor y hasta prometió servirlo para siempre.
     El Amor aceptó amorosamente las disculpas y perdonó de todo corazón. El juego acabó y todos se fueron, pero el Amor no podía ver y se quedó con la Locura, que decidió acompañarla siempre. Por eso desde entonces y hasta hoy... “el amor es ciego, y la locura siempre lo acompaña”.
     Si bien es cierto que para amar algo es necesario conocerlo, también podemos experimentar que el amor va más allá de lo que podemos llamar “razonable”. Por eso se le califica de locura: rebasa todos límites y es capaz de “locuras”.
     Dios mismo, que es Amor, nos muestra hasta dónde llegó su Amor: el Hijo de Dios se encarnó y murió por nosotros para que fuéramos  perdonados.
Por ello San Josemaría solía utilizar el término de “locura” para invitarnos a amar así al Señor y a la Virgen: “Te daré un consejo, que no me cansaré de repetir a las almas: que ames con locura a la Madre de Dios, que es Madre nuestra” (Forja 77).

Pbro. José Martínez Colín
padrejosearticulos@gmail.com
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