Suplementos | Rodó la piedra del sepulcro y resucitado, glorioso, se manifestó el Señor... ¡Aleluya, aleluya! ¡Cristo resucitó! Rodó la piedra del sepulcro y resucitado, glorioso, se manifestó el Señor... Por: EL INFORMADOR 12 de abril de 2012 - 06:58 hs . / La noche del viernes, envueltas en un pesado silencio, bajaron todos a la ciudad. Sólo se quedaron en el Calvario tres cruces vacías. Era la víspera de la pascua, y de prisa limpiaron ese lugar de tortura y de muerte. Muy tranquilos, los ancianos, los sumos sacerdotes, los escribas, todos los del Sanedrín, dejaron bajo tierra y con una enorme piedra cerrando el sepulcro, a quien durante tres años arrastró multitudes con su palabra vibrante y con hechos --milagros, decía la gente-- nunca antes vistos. Los amos y señores del pueblo judío tenían mucho miedo. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces al Consejo y dijeron: “¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchos milagros. Si lo dejaron seguir así, todos creerám en él; entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y a la nación”. Caifás afirmó: “Es mejor que muera uno solo por el pueblo, y no que muera toda nuestra nación”. Resolvieron así, pues, el para ellos tan molesto problema. Muerto y sepultado quien se decía rey de los judíos, podían dormir tranquilos. Pero entre su satisfacción, sus aires de victoria traían una inquietud. Jesús había anunciado que resucitaría al tercer día. Buscando su mera tranquilidad, pidieron al gobernador Poncio Pilato dos favores: el sello sobre la tumba y un pelotón de soldados para vigilar la sepultura. Tristes bajaron los amigos de Jesús Lloraron, derramaron muchas lágrimas en esas tres eternas horas. Escucharon transidos de pena las últimas expresiones de Jesucristo --siempre dispuesto a la misericordia, al perdón--, dirigidas al Padre: “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”. Y haciendo un último regalo, a Juan, su discípulo predilecto, le dejó una madre, su madre María, quien desde ese momento se convirtió en Madre de todos los seguidores del Señor. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, dijo Cristo, inclinó la cabeza y expiró. Bajaron muy tristes del Calvario, pero en su dolor intenso brillaba una lucecita de esperanza. Seis veces les había dicho que sería levantado en alto, pero que al tercer día resucitaría. Pasó larga, pesada, silenciosa, la noche del viernes. Silencio y más silencio en un sábado de horas largas. Vino la noche y apuntó con sus luces la aurora del domingo... Rodó la piedra del sepulcro y resucitado, glorioso, se manifestó el Señor... Cristo no murió para morir, murió para resucitar. Cristo resucitó y vive. Este domingo es el gran día, la gran fiesta, porque es la victoria de Cristo sobre la muerte. “¿En dónde está, oh muerte, tu victoria? ¡En dónde está, oh muerte, tu aguijón?”. Este hecho histórico, temporal, es el centro de la vida del cristiano. Tuvo como testigos a María, los apóstoles y más de quinientos discípulos. Incluso el terco de Tomás, que creyó en la resurrección, pero hasta que con sus dedos tocó las heridas que los clavos dejaron en las manos del Maestro, e introdujo su mano en la herida que le causó en el costado la lanza de un soldado. Hasta el fariseo Saulo de Tarso, que de ser cruel perseguidor de cristianos, cayó en el camino de Damasco y se convirtió en el apóstol Pablo. La resurrección es un acontecimiento histórico y le corresponde una certeza histórica. De los testigos, uno por uno, se puede afirmar: “Vio y creyó” (Juan 20, 8), “He visto al Señor” (Juan 20, 18). “Vieron al Señor”(Juan 20, 20). “Sabían que era el Señor” (Juan 21, 12). Son frases breves que expresan la misma experiencia repetida por esos testigos. Por lo mismo ellos, los apóstoles, se proclamaron testigos del hecho. Testificar supone previamente haber visto lo que se testifica (Hechos 4, 20). Y ellos dieron testimonio predicando, proclamando, anunciando a Cristo resucitado, y rubricaron su testimonio con la valiente entrega de su sangre, con el martirio. Mártir significa testigo. Ser cristiano es la alegría de creer en Cristo resucitado Todo cristiano --aunque no lo haya visto como lo vieron aquellos testigos oculares-- por su fe ha de ser testigo de Cristo resucitado. El primer momento es encontrar a Cristo en el propio, el personal camino. El hombre de este siglo XXI necesita la persona de Cristo en su propia vida. Es un siglo difícil, no sólo por la abundancia, sino la superabundancia de ofertas, de ideas, de atracciones. Parece que algunos andan buscando a tientas a ver dónde está la felicidad, y sufren muchos desengaños. San Agustín pasó por largos años de búsquedas, de desilusiones, de nuevos intentos, de nuevas búsquedas. Quería encontrar la verdad y el verdadero amor, y por fin los encontró cuando encontró a Cristo. El hombre de hoy se encuentra probando ante muchas puertas, pero sólo por una se llega a la verdad, el amor, la vida. En adelante, para él, todo es luz. Pascua quiere decir paso Como pasó el pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto a la tierra prometida, “la tierra que mana leche y miel”; como pasó de la esclavitud a la libertad, después de cuarenta años de caminar por el desierto, así el cristiano ha de quitar “la piedra que cubre su sepulcro”, para levantarse y, vivo, nuevo, ir al encuentro de la vida. La firme fe en Cristo resucitado desemboca en la vida El principio de la vida del cristiano es Cristo. San Pablo dice, en su Carta a los Romanos: “Con Él hemos sido sepultados por el bautismo, para participar de su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 4) Una vida nueva, orientada hacia Dios. Todo cristiano es un testigo de Cristo resucitado. Todo testigo debe haber tenido una experiencia de Jesús; debe creer a fondo y vivir su fe en Cristo, y vivir en la posibilidad histórica ofrecida a todo hombre y conquistada con la muerte y renovación de Cristo, para entrar en el Reino al encuentro de Dios. La muerte y la resurrección de Cristo son el más sólido fundamento de la resurrección de Cristo, de todos los que en Él han puesto su esperanza. El creyente no muere para morir, muere para vivir. El grano de trigo cayó en la tierra y nació, y de esa muerte han nacido a la vida todos los que en Él esperaron. “El que crea en mí no morirá para siempre”, “Yo soy la resurrección y la vida”, “Yo soy la vida”. No afirmó “yo traigo la vida”, sino que identificó así: Yo --primera persona --; soy, verbo solamente conectivo, y complemento vida -- Yo soy la vida. La vida es Dios y Cristo es el único capaz de hacer eso. Esta es la primavera cristiana. Todo es alegría, todo es vida. José R. Ramírez Mercado Temas Religión Fe. Lee También En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Veinticinco años Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones