Suplementos | Los signos de la santidad son el amor a Dios y al prójimo; ser limpios de corazón, siempre humildes, sin el afán de riqueza terrena Alégrense, viene el Señor Es este domingo tercero de Adviento, el Domingo de la Alegría. La primera lectura de la misa es una página del profeta Isaías y exclama: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo con mi Dios” Por: EL INFORMADOR 13 de diciembre de 2008 - 10:38 hs Es este domingo tercero de Adviento, el Domingo de la Alegría. La primera lectura de la misa es una página del profeta Isaías y exclama: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo con mi Dios”. En la segunda lectura, San Pablo les dice a los habitantes de Tesalónica: “Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión... Quédense con lo bueno”. Ahora que muchos arrugan la cara, preocupados, tristes, por los graves problemas de finanzas, de dinero, el mensaje de Adviento no es pesimismo, sino alegría. En latín hay una frase breve, optimista, imperiosa: sursum corda, que significa “arriba los corazones”. Dios, Padre bueno, hace salir el sol para todos, envía su lluvia para justos y pecadores y multiplica los panes para que a cada uno llegue el “pan nuestro de cada día”. Ánimo, confianza en Dios. La Navidad ha de tener un noble motivo espiritual, y no las preocupaciones y angustias de la bolsa y la distribución y el empleo de los billetes de banco. “Estén siempre alegres en el Señor” No han entendido la verdadera santidad, los artistas, pintores y escultores que han plasmado en sus obras caras tristes, santos adustos hasta con un sello de fracaso. No ha sido así. Los santos son mensajeros de la alegría interna del fuego del amor. María, la Madre del Señor, va con alegría a visitar a su prima Isabel, que ya espera un hijo a pesar de sus muchos años. María responde al saludo de Isabel con una alegre alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”. Los signos de la santidad son el amor a Dios y al prójimo; ser limpios de corazón, siempre humildes, sin el afán de riqueza terrena ni de recibir honores; y, como resultado de todo, ser siempre alegres, porque nada puede empañar su gozo interior. “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” Si amar y ser amado es fuente inagotable de alegría, entonces para los santos y los verdaderos cristianos --también en este siglo XXI-- el amor a Cristo y saberse amados por Cristo ha de ser causa de alegría. San Pablo sufrió cinco veces los treinta y nueve azotes, por el odio de sus compatriotas; tres veces fue apaleado; tres veces naufragó y pasó una noche y un día abrazado a un madero para no ahogarse; cárceles, hambres, sed, desnudez, falsos amigos y un largo peregrinar de treinta años hasta la cumbre del martirio. Y exclamaba: “¡Todo lo vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado!”. La verdadera alegría no está en adquirir un automóvil lujoso, ni en tener una casa como palacio. Ricardo Wagner, el gran músico, dijo: “La alegría no está en las cosas, sino en nosotros”. En la tristeza el hombre se busca a sí mismo En el lenguaje popular hay una expresión muy gráfica para señalar al egoísta, al triste: “Éste se pasa la vida mirándose el ombligo”. Y cuántos así, encerrados en sí mismos, caen no sólo en tristeza, sino más abajo: en depresión, en pérdida de su autoestima; y cuántos caen al fondo que es quitarse la vida. Este Adviento es también un grito de alarma: “Guárdate de la tristeza, cuídate de ella como de un peligro. No caigas en un agoísmo tenaz para atrincherarte, endurecerte, festidiarte y con unas antiparras oscuras verlo todo gris o negro”. Contra la tristeza el mejor antídoto es el amor. Abrirse a los demás, compartir con los demás; compartir la alegría de otros; reír con el que ríe y llorar con el que llora, pero siempre compartir. Gozarse con la dicha de los demás. El envidioso nunca es alegre. Desinterés, delicadeza de corazón, despegue de sí mismo. La alegría ha de ser nota característica y parte integrante del vivir del cristiano. “Vamos, pastores, vamos...” En este tiempo, la sabiduría del pueblo se manifiesta en representaciones teatrales llamadas “pastorelas” o “coloquios”. Fueron éstas el sapientísimo instrumento de los misioneros en su labor evangelizadora. Eran en la lengua propia de los naturales: los actores eran los indios, y el público asistente en los atrios era también de naturales. “Se evangeliza mejor con una pastorela que con cien sermones”, dijo un misionero. Es la fuerza negativa de las telenovelas de ahora. La pastorela es la historia de la salvación, escenificada y en un lenguaje claro y sencillo, inteligible para chicos y grandes. Además tiene las caminatas después de cada acto. Entonces, pastores y pastoras caminan alegres, cantando al son de las campanillas y los cascabeles prendidos en sus báculos. Sus cantos son de aliento: “Vamos, pastores, vamos... vamos a Belén, a ver en ese Niño la gloria del Edén”. A la luz del misterio de Cristo “Vamos”, dicen los pastores, y encontrarán al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Mas, ¿quién es ese Niño? Allí está el misterio. Todos los días nacen millones de niños en el mundo, en variadas circunstancias económicas y de diversas razas. El misterio está en este Niño porque es hombre nacido entre los hombres e igual en todo a los hombres, menos en el pecado; y es Dios, igual al Padre y al Espíritu Santo. Es el anunciado por los profetas; es el esperado por el pueblo de Israel; es el deseado por todos; es el Mesías; es el renuevo del tronco de Jesé; es el descendiente del rey David; es el rey que tiene a vundar un reino espiritual. La revelación ha abierto los ojos de los hombres, para que los que caminaban en tinieblas vean la luz. “Para dar testimonio de la luz” Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este mensajero fue elegido para cerrar el pasado perpetuo e inaugurar los nuevos tiempos. El no era la luz, pero fue llamado desde el seno materno para ser testigo de la luz. Erguido y áspero, milagro de austeridad y la limpieza de vida, llamaba a los pecadores a arrepentirse, a cambiar. Tan impresionante era su figura y tan elocuente su mensaje, que despertó inquietud. Los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas, a preguntarle: ¿Quién eres tú? La respuesta fue verdad y humildad: “Yo soy la voz que clama en el desierto. Enderecen el camino del Señor”. No se predicaba a sí mismo, sino a la luz que es Cristo. “Enmedio de ustedes está uno a quien no conocen” Estas palabras del apóstol Juan son un mensaje para el joven, el adulto, para todos en este siglo XXI. Saben mucho, poco de todo, por la eficacia de los recursos de la técnica; pero saben muy poco, y muchos nada, de quién es el nacido en Belén hace dos mil ocho años. Cristo es un personaje histórico, mas no sólo eso: es la persona viva y actual en este año, este mes, este día, este instante. “El Maestro está ahí y te llama” (Juan 11. 28). Habla en los acontecimientos de la vida. Fallece alguien muy cercano y, ante el misterio del más allá, Cristo habla: “Aquí estoy, yo soy la resurrección y la vida. El que ha muerto y creyó en mí, resucitará”. Habla en los demás: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber... Lo que hiciste con uno de esos pequeños, conmigo lo hiciste”. Habla con la boca de la Iglesia, su reino, hechura de sus manos. Está presente, y habla, en las Escrituras, en la Liturgia, en especial en la Eucaristía. Quiere ser conocido para dar la vida eterna a todos los que lo conozcan y lo amen. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Veinticinco años Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones