Jueves, 13 de Noviembre 2025
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100 de Alfa Romeo. 800 de tradiciones

Parecerá extraño usar como imagen de sobre la casa automotriz italiana a un Tiziano y no un Alfa Romeo

Por: EL INFORMADOR

Milán fue, por siglos,  la reconocida sede donde se confeccionaban las más exclusivas armaduras.  /

Milán fue, por siglos, la reconocida sede donde se confeccionaban las más exclusivas armaduras. /

GUADALAJARA, JALISCO (07/AGO/2010).- Parecerá  extraño usar como imagen de sobre la casa automotriz italiana a un Tiziano y no un Alfa Romeo. Pero la magnífica armadura del Emperador ante el campo de batalla, de Muhlberg,  contiene lo que es, quizá, la parte más determinante  de la genética de la célebre Anónima Lombarda.

Ciertamente, al igual que las armaduras, los Alfa Romeo en su cenit en los años 30, eran piezas de metal laborado a mano, a la medida de grandes señores. Sin embargo, esa analogía es superficial.

Al admirar una armadura en un museo, seguramente la valoraremos  como obra de arte.  Las combinaciones de pavonados, metales bruñidos y damasquinados de oro son deslumbrantes, pero hay otro aspecto importantísimo que vale la pena mencionar: el reproducir en una armadura la movilidad de  las naturales pero complejas  articulaciones  del cuerpo humano, es una gran proeza de precisión mecánica, una perfecta conjunción de técnica y arte.

Milán fue, por siglos,  la reconocida sede donde se confeccionaban las más exclusivas armaduras.  Al arribo de la edad moderna, cuando  la guerra dejó de ser un deporte para convertirse en una industria, la reposición de los ejércitos suplantó a la conservación de los mismos como principal preocupación de los señores de la guerra. Y  la armadura perdió su importancia bélica.  El mercado masivo de las armaduras se esfumó, pero  sobrevivió el nicho de los más demandantes clientes. Duques, príncipes, reyes y emperadores, ordenaban lujosas armaduras.  Ya no se usaban para el campo de batalla, sino para el salón del retratista. Fueron artesanos milaneses  quienes, durante más de 250 años, mantuvieron viva una artesanía con connotaciones cada vez más ociosas.

Mucho más importante que la conservación  de una agonizante artesanía medieval, fue la preservación de la  mentalidad que permitía integrar  una expresión artística con la más refinada precisión mecánica. Fue ésta mentalidad lo que le dio al auto italiano, en general, y a Alfa Romeo, en particular, su sitio de preeminencia en el firmamento automotor.

Es razonable preguntarse cómo fue  posible que Italia fuera un actor tan importante en el desarrollo del automóvil deportivo desde principios del Siglo XX, cuando aún carecía de una clase media que sostuviera un mercado. La respuesta se encuentra en la existencia de angostas carreteras de montaña —con sus gradientes y horquillas— y de unos cuantos “nobili” de carácter latino a ultranza, más notorios por lo caliente que por lo azul de su sangre. Esto los hacían altamente susceptibles al tóxico de la velocidad. La precisión en los mecanismos de dirección;  la solvencia de las suspensiones; la eficiencia de los frenos y la vivacidad de los motores, no podían ser  características accesorias que compitieran contra otros detalles de opulencia.  Eran imperativos de diseño ante un universo de clientes cuyos temperamentos  los hacían  más dispuestos a “desbarrancarse” que a sobrevivir la humillación de un rebase.

Esta es la realidad del entorno que dio origen a Alfa Romeo. Es una evolución de una operación de manufactura que, en 1906, fundó el Cavaliere Ugo Stella, en sociedad con el pionero automovilista francés Alexandre Darracq.  Así nació la marca que, al principio, sólo se identificaba como ALFA (Anonima Lombarda Fabricazione Automobili).

Poco tardaron en manifestarse las particularidades de las necesidades italianas y, en 1910, se produjo el primer ALFA  libre de influencias de Darracq.  En 1918, el empresario  napolitano Nicola Romeo adquirió el control de la compañía y así se concretó el famoso binomio Alfa Romeo.

J.Manuel Hermosillo

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