Martes, 25 de Junio 2024

Breve guía de los árboles de Guadalajara

Llega la primavera a Guadalajara y los camellones, las avenidas y paseos de la ciudad reverdecen con sus árboles floridos. Aquí una pequeña guía para que los reconozcas 

Fausto Salcedo

Jacarandas y la Catedral de Guadalajara. EL INFORMADOR/ARCHIVO

Sus sombras nos cubren cuando recorremos la ciudad. Se yerguen sobre las avenidas, y sus ramas se entrelazan sin llegar a tocarse nunca, en un contacto que les imposibilita la naturaleza. Pero algunos, muchos metros por debajo de la tierra, se comunican a través de sus raíces, en un complejo sistema que los humanos, más rudimentarios, no llegaremos a comprender nunca. Dejan sobre el asfalto tapices de flores pisoteadas, cuyos pétalos y hojas se desbordan por las calles y las alcantarillas cuando llegan las lluvias. 

A veces ni siquiera los vemos; los damos por hecho, aseguramos su presencia, y de pronto los añoramos con sus hálitos de verano cuando un sol repentino nos sofoca desde las banquetas desiertas. Sus copas son nuestro refugio cuando nos recostamos sobre los pastos. Hablan en un idioma desconocido, y solo perceptible cuando entre sus hojas murmura el viento. Al secarse, arañan la melancolía con sus ramajes sin flores, como centinelas aletargados, testigos invisibles de todos los veranos en los que reímos. 

La ciudad y sus árboles. EL INFORMADOR/ ARCHIVO 

Los árboles. Guadalajara está llena de árboles. En los camellones de Chapultepec, en Hidalgo, en el paseo Alcalde. Los árboles robustos y viejos del Agua Azul; los gigantescos árboles de hule que botan las baquetas en la colonia Americana; los coloridos árboles que encandilan el cielo con sus flores de amarillo intenso. Los árboles tristes del Periférico, ahogados en muérdago. Los pinos solemnes y melancólicos de los Colomos, los árboles cada vez más escasos de la Primavera y el Nixticuil. 

La urbanización nos ha llevado a creer que los árboles estorban, que están de más, y bajo esa lógica Guadalajara ha perdido cientos de sus árboles, para sustituirlos por edificios enormes que cada vez se esparcen más y más como una plaga virulenta. Son edificios que dan sombra, pero que no refrescan; no brindan oxígeno sino que nos lo quitan, y de ningún modo suscitan la curiosidad de los pájaros. 

Guadalajara, "la ciudad árbol"

Lluvia de oro, y la Minerva al fondo. EL INFORMADOR/ ARCHIVO

Guadalajara es una ciudad de árboles, pero cada vez con menos árboles. Tiene el reconocimiento extraño de ser una ciudad-árbol -aunque esto en la práctica es más bien una distinción ornamental-, porque cada año Guadalajara quema a sus árboles sin mucha consideración, como en los bosques de la Primavera y el Nixticuil, en cuyos pastos, donde alguna vez hubo árboles centenarios, las inmobiliarias voraces edifican condominios, fraccionamientos y departamentos con el beneplácito mismo de la ciudad-árbol.

Los árboles, entonces, también son estratégicos, pues el gobierno los cuida donde deben de cuidarse: en sitios turísticos, camellones populares, y andadores que fascinan a los extranjeros. 

Los árboles nuestros 

Árbol de Magnolia en López Mateos. EL INFORMADOR/ ARCHIVO

Los árboles. Basta con que florezcan una sola vez en 365 días para desordenar los corazones de los tapatíos. Y año con año tomamos las mismas fotografías, leemos las mismas notas periodísticas, los observamos en un instante de tregua en medio de lo cotidiano, porque los árboles no dejarán de fascinarnos nunca. 

Muchos de los árboles que consideramos tapatíos no son oriundos de estas tierras. Más aún: algunos ni siquiera son mexicanos, pero por derecho se han ganado un lugar indiscutible en la lógica de Guadalajara.

Aquí una breve guía de los árboles que a diario vemos, sonreímos y suspiramos cuando caminamos la ciudad. 

Nota: muchos -si no todos- los árboles aquí descritos ya no florecen en las épocas correspondientes que les adjudicó el hombre; algunos ya muestran sus racimos floridos incluso desde diciembre, en las primaveras anticipadas que ha ocasionado el cambio climático. Si es el caso, se le señalará *

Con información de Gobierno de México, Universidad de Guadalajara, e ITESO. 

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Árbol Primavera

Árbol Primavera en avenida La Paz. EL INFORMADOR/ ARCHIVO 
EL INFORMADOR/ ARCHIVO

Su color de dorado intenso es toda la explicación que necesita para su nombre. Cuando la temporada es propicia, sus copas se convierten en un algodón deslumbrante del color de los canarios. Florece de abril y junio*, y requiere de abundante sol para desarrollarse en todo su esplendor.

Es un árbol que no tolera las heladas. Si bien pueden encontrarse en toda la ciudad, están congregados en demasía en avenida La Paz, cuyo paseo es un deleite de amarillo que contrasta con el azul del cielo desde la Calzada Independencia hasta Chapultepec . 

El árbol primavera tiene como nombre científico Tabebuia donnell-smithii. Se extiende desde el estado de Nayarit hasta el área central de Honduras, por lo que es nativo de América.

 

La Paz y sus árboles Primavera. EL INFORMADOR/ A. Navarro
EL INFORMADOR/ ARCHIVO 
EL INFORMADOR/ ARCHIVO 
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La jacaranda

Jacaranda con la Catedral de fondo. EL INFORMADOR/ ARCHIVO 

La jacaranda es uno de los árboles más representativos no solo de Guadalajara sino de todo México, y, que no obstante, no es originario de nuestro país. 

Tatsugoro Matsumoto era un inmigrante japonés que por circunstancias del destino vivía en nuestras tierras, y conocía como nadie los secretos de las plantas. En 1912, el Gobierno de México quiso plantar en sus calles árboles de cerezo, como señal de amistad hacia Japón. Matsumoto dictaminó que la tentativa era inviable, considerando que el cerezo no daría sus flores en los climas veleidosos del Distrito Federal: es un árbol que responde al frío. 

EL INFORMADOR/ ARCHIVO 

En su lugar trajo a la jacaranda. Fue un éxito inmediato, pues el árbol se adaptó sin complicaciones a las condiciones climatológicas de nuestro país. Hay jacarandas en todo México, y son tan cotidianas que nadie puede dudar que sean de aquí, y de ningún otro lado. 

Las jacarandas pertenecen a la familia Bignoniaceae y llegan a medir hasta 15 metros de altura, con una probabilidad de vida de 80 años. No obstante, a pesar de su belleza, no tienen mucha utilidad en el proceso de la polinización. De acuerdo con la académica Ivonne Olalde Omaña, en la jacaranda "jamás observarás a especies como colibríes, escarabajos o abejas".

Tatsugoro Matsumoto, el responsable de la jacaranda en México. ESPECIAL/ Museo Matsumoto

Más allá de su color característico, y de su identidad cultural, la jacaranda, "en las redes de vida (...), no nos aporta nada", aseguró la experta. Su propósito, entonces, no tiene otro sentido más que la melancolía, y los suspiros. Como escribió Alberto Ruiz Sánchez:

"Así despierta mi calle, con jacarandas al fondo, el horizonte amarillo y el tráfico detenido. Su semáforo es el cielo repleto de jacarandas".

La jacaranda es uno de los árboles más comunes de Guadalajara. Son un refugio común en los jardines del Parque Rojo, en sus sábados soleados y domingos sin fin. 

EL INFORMADOR/ ARCHIVO 

 

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Tabachín (Framboyán)

Los tabachines adornan el Paseo Alcalde. EL INFORMADOR/ ARCHIVO 

Al aproximarse la primavera, los tabachines estallan con sus racimos de naranja en llamas. Son árboles originarios de la lejana Madagascar, por lo que se adaptan bien a los calores intensos. Florece de mayo junio*, en plena canícula tapatía, y para lograr una eclosión óptima necesita de espacios grandes y soles intensos. 

No tiene defensas ante las bajas temperaturas, y un riego excesivo puede provocar la aparición de hongos en su corteza. Su flor es una pequeña lumbre de cuatro pétalos, y el quinto, que se llama estandarte, es de un rojo más intenso que el resto. 

En Guadalajara, hay un buen número de tabachines aprisionados en las jardineras minúsculas del Paseo Alcalde. 

EL INFORMADOR/ ARCHIVO
La flor del tabachín. ESPECIAL
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Lluvia de Oro

El lluvia de Oro. ESPECIAL 

Por el mismo color de amarillo intenso, el Lluvia de Oro es fácilmente confundible con el Primavera. No obstante, la característica indiscutible del Lluvia de oro son sus flores, racimos de péndulos que caen como rosarios de oro, y su fruto se asemeja a una larga crisálida castaña.

El Lluvia de Oro también es de menor tamaño, y desde sus edades más tempranas ya florece con sus colgantes amarillos. Su nombre científico es Cassia fistula L, y llegó a Yucatán en el siglo XIX, proveniente del sur de Asia y sus veranos lejanos. Es un árbol de sol. Es posible encontrarlo en toda Guadalajara. 

Las flores del Lluvia Dorada; sus racimos caen como péndulos. ESPECIAL
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Rosa Morada

Un Rosa Morada en el Centro de Guadalajara. ESPECIAL

La Rosa Morada es un árbol de tonalidades dulces, melancólicas. Se asemejan más bien a los cerezos fallidos que el Gobierno de México quiso plantar sin éxito en el país. Sus flores son una llama pálida, como un aleteo de mariposas breves, y si bien no son abundantes en Guadalajara, aquel que se encuentre un Rosa Morada en su camino tiene un suspiro asegurado. 

La Rosa Morada es un árbol americano, nativo de "el centro y sur de México, en las Antillas y costas de Ecuador, hasta el norte de Venezuela y el oeste de los Andes". Hay un número especial en López Mateos, que contrastan de inmediato con sus hordas de vehículos en la vida insoportable de las siete de la tarde. 

El Rosa Morada florece de febrero a junio*, y no tiene dificultades en adaptarse a cualquier suelo, aunque prefiere los húmedos. Es un árbol que resiste las sequías, pero no tolera heladas. Tiene pocas defensas contra el muérdago, y sus flores son un manjar para las hormigas, contra las que el árbol no tiene defensas. Así, el rosa pálido de su primavera efímera se desdibuja tan pronto como llegó. 

Rosa Morada en López Mateos. EL INFORMADOR/ A. Navarro
EL INFORMADOR/ A. Navarro
Rosa Morada en Lázaro Cárdenas. ESPECIAL 

 

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Árbol de Hule

El tronco y las ramas del árbol de Hule. ESPECIAL 

Son árboles gigantescos que no tienen consideración con las ciudades, pues botan las banquetas, resquebrajan el concreto, y sus ramas colosales se saltan la lógica del alumbrado público. Son originarios China, Bután, India, Indonesia, Malasia y Nepal, de donde proviene su aura mística e inexplicable de coloso dormido.

Sus enemigos naturales son los seres humanos, que los talan y cercenan sin discriminación alguna en nombre del progreso. El tronco y las ramas del árbol de hule son más grandes y gruesas que las patas de un elefante. Es un árbol titánico, que florece todo el año, aunque en invierno disminuye sus actividades naturales.

Necesita espacios amplios, de lo contrario utiliza sus raíces para botar desde abajo las banquetas donde lo aprisionan. Puede soportar las sequías por periodos prolongados, pero no sobrevive a las heladas ni al humano. 

ESPECIAL
Las hojas enormes del Hule. ESPECIAL 

 

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