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Jueves, 13 de Diciembre 2018

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Aunque todos seamos peatones

Por: EL INFORMADOR

Hace casi 40 años ya, que a las 19:56 horas tiempo de México del 21 de julio del año 1969, el astronauta estadounidense Neil Armstrong bajaba de su nave espacial (recién descendida en el Mar de la Tranquilidad sobre la Luna), pronunciando sus primeras palabras al público terrícola: "Esto es un paso pequeño para un hombre, un gran salto para la Humanidad". Si bien su vehículo espacial ha representado quizás el mayor avance en la tecnología del transporte humano, el comandante Armstrong allí nos mostró que a final de cuentas no importa el medio de transporte: siempre estamos de una manera u otra, entrando o saliendo a pie; sea la que sea la manera de movernos, todos somos básicamente peatones.

Las imágenes que se conservan de las caminatas lunares dan cuenta que, debido a las condiciones ambientales tan distintas sobre la superficie lunar, al caminar pesando la décima parte que sobre la Tierra, los astronautas parecían haberse transformado en algo así como unas ranas humanas saltadoras.

Pues en nuestra mundana metrópoli local hoy día ocurre algo equivalente: aquí la mayoría de las personas también se transforman cuando justo al separarse su suela del zapato del piso, toman su volante redondo, montándose en su automóvil, olvidándose de su condición peatonal original y creyéndose seres extraterrestres que ya no pisan sobre la Tierra, sino que la dominan desde el centro del universo que se vuelve cada coche.

Los que no tienen su auto propio y toman el transporte público se convierten a su vez en seres infelices que durante el trayecto se la pasan sufriendo un estado física y emocionalmente desgastador, en una tensa vigilia alerta propia de condiciones de alto riesgo.

Quienes estudian el tema del bienestar y descontento en la vida cotidiana de las ciudades modernas, han encontrado que el mayor malestar se vive al sufrir la experiencia de trasladarnos de algún lugar a otro de la ciudad haciendo uso del sistema de transporte colectivo primero; luego está pasando por los embotellamientos de tráfico.

La vida pública no es eso, sino la vida que todos compartimos en los espacios comunes. La vida pública se nos empieza al abrir la puerta de nuestra casa; al pisar la banqueta; al tomar la calle. La calidad de la vida pública está dada también por la calidad del ambiente de los espacios en que ésta ocurre y la naturaleza de los vínculos que allí se tienen entre las personas. Así resulta que, al salir de casa, las banquetas son nuestra primera incorporación al ámbito público; de allí, la calle; y luego los demás espacios. Aquello que lo hace público es que allí nos encontramos con los demás, compartiendo las vías donde todos nos movemos; a veces a pie, a veces sobre ruedas.

Lamentablemente, saliendo apenas por la puerta casera encontramos banquetas agrietadas, ondulantes e impropias para poder caminar sin ejercer destrezas de atleta; no se diga para carriolas, bicis, patines, etc. La calle también resulta insuficiente para los autos que la demandan (tanto para moverse como para estacionarse); insuficiente para los árboles que la pueblan más como enfermería botánica que como el tan presumido "bosque urbano" que no lo es; hasta resulta insuficiente para los cables que la enredan como telaraña metálica. Los parques y jardines públicos sobresalen por su escasez y descuido; los muros y las fachadas sufren de la basura críptica del graffiti vándalo.

Con razón ya poco gusta caminar la ciudad. Aunque todos seamos peatones de una manera u otra, ya nadie quiere sentirse tal.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.

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