Viernes, 10 de Octubre 2025
Jalisco | Tras mi vocación científica, soy un hombre católico: Mario Rivas Souza

“Nunca creí que me quedaría en Medicina Forense”

Testigo privilegiado de hechos de trascendencia nacional, como las explosiones del Sector Reforma de 1992 y el crimen del cardenal Juan Jesús Posadas en 1993

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Durante la expropiación agraria, producto de la Revolución Mexicana abanderada en ese entonces por el Presidente Lázaro Cárdenas del Río, el pequeño Mario, hijo de Jesús Rivas Cuervo y María del Carmen Souza Sarabia, vio “con tristeza” cómo sus padres fueron despojados de “todos sus bienes y su hogar”, la hacienda “San Antonio de los Rivas”, ubicada en La Barca, Jalisco.

El exilio los trajo a Guadalajara, ciudad en donde el padre del pequeño Mario no tenía una actividad remunerada, mientras que su madre, profesora durante la persecución religiosa, fundó una escuela “oculta” de la inquisidora mirada revolucionaria.

Años más tarde, en otro plantel clandestino, el pequeño Mario aprendió a leer, escribir, y realizar operaciones matemáticas. Paradójicamente, en su juventud, Mario Rivas Souza ingresó a estudiar medicina en una institución que encarnó los ideales que guiaron la Revolución del siglo XX en México, la Universidad de Guadalajara (UdeG), a la que dice amar y con la cual está profundamente agradecido.

Ahora, Mario Rivas Souza es sin lugar a dudas, una de las figuras más emblemáticas de la vida académica y pública en Jalisco. Fue testigo directo de la creación de la primera Cruz Roja de la Entidad, en la que trabajó. También como director del Servicio Médico Forense, y fue testigo de sucesos como las explosiones del 22 de abril de 1992, la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, baleado el 24 de mayo de 1993, y a principios de este año, la autopsia realizada al niño que cayó al agua contaminada del Río Santiago, Miguel Ángel López Rocha.

-¿Cómo fue su niñez?

-Yo nací en Guadalajara, el 10 de mayo de 1926, aunque mi niñez la viví en la hacienda de mis padres en La Barca, y fue muy tranquila. Jugaba a lo que todos los niños de ese tiempo jugábamos, al balero, trompo, íbamos al campo o a nadar… allá en la hacienda eran las cosas que hacíamos.

- Se refiere a ese momento con nostalgia…

-Lo que ocurre es que ví con mucha tristeza cómo le quitaron la casa a mis papás, y cómo llegamos a Guadalajara ahora sí que con una mano por atrás y otra por delante, porque mi papá tenía todo invertido en ella y nos quedamos sin nada. Afortunadamente mi madre antes de casarse tenía una carrera.

-¿Su vida académica cómo inicia?

-Yo entré al colegio del señor don Atilano Zavala, que estaba a una cuadra de la casa de nosotros. Y aunque era un plantel como el de mi mamá, católico, él era una persona que nos inculcó valores morales muy interesantes. Ahí, con él, cursé la primaria.

Después cursé el Instituto de Ciencias, que estaba por la calle de Tolsá, a una cuadra y media del templo Expiatorio. Hice ahí la secundaria y preparatoria, con muy buenos profesores, muy buena conducta y moralidad. Después entré a la Universidad de Guadalajara, a la que le debo todo lo que tengo. La quiero impresionantemente, porque ella me ha dado todo. Yo soy maestro emérito y formo parte del Consejo Social.



-¿Qué lo inclinó a la medicina?



-Mi papá se casó tres veces, pero no por sinvergüenza, sino porque la primera esposa se murió, era Remus, después se casó con otra señora que era Salmón. Y nosotros somos los Rivas Souza. Me preguntas que por qué me hice médico… El menor de mis medios hermanos era Rivas Salmón, y era doctor. Iban muchos de sus amigos a estudiar a la casa y me interesaban los libros que traían y así también la carrera de medicina. Me hice médico gracias a mi hermano. Él atendía a la gente del Banco Refaccionario que existía hace mucho tiempo. Entonces me empezó a pasar pacientes.



¿Cómo llega al servicio público?



-Buscando incorporarme a la Cruz Roja… Esa Cruz Roja que está ahorita (junto al Parque Morelos), yo la inauguré. El primer médico residente que hubo allí en ese edificio fue Mario Rivas, en 1949 más o menos. Y luego fui residente de la Cruz Verde, de la que he sido director en tres ocasiones.



-Sin embargo, la medicina forense parece ser un tema escabroso..



-¡La medicina forense es muy importante no sólo en el ámbito legal sino jurídico! Si no… ¿qué le da las pruebas a un juez para hacer un dictamen?

Aunque nunca creí que me quedaría en eso. Me recibí el 20 de diciembre de 1952, y el primero de marzo del 53, dos meses después, ya estaba trabajando en medicina legal. Inicié como secretario. Durante seis años fui el secretario de Medicina Legal, y después me dieron el nombramiento de Titular del Servicio Médico Forense.



-¿De qué acontecimiento se acuerda más en ese cargo?



Hay muchos eventos… las explosiones del 22 de abril me tocó vivirlas. Tengo un disquete en donde vienen cuántos muertos eran, quiénes eran. No lo tiene nadie, le regalé uno a (Guillermo) Cosío Vidaurri (ex gobernador de Jalisco), que es íntimamente amigo mío para que se diera cuenta de lo que ocasionaron las explosiones. Fueron 208 las personas que fallecieron ese día, pero después murieron más, de los heridos que había.



-¿Y el tema más polémico que ha vivido?



- Es la exploración que le hice al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Yo traté todo el asunto y a mí se me echó mucha gente encima, pero pregunte a quién quieren, a quién respetan aquí en Guadalajara, y es a Mario Rivas, porque es el que dijo la verdad. El procurador general de la República, Jorge Carpizo, dijo que los balazos se los habían dado por la espalda, pero él ni siquiera vio al muerto, cómo dice que fue por la espalda. Yo sí lo vi, yo lo desvestí. Un día me dijeron que me callara, pero como soy muy hablador, no lo hice.



-¿Más recientemente, qué ocurre con el caso del niño Miguel Ángel?



-El caso del niño Miguel Ángel… para mí fue accidental, el muchacho se cayó, yo no sé si los amiguitos lo aventaron o no, pero al caerse se golpeó y quedó medio inconsciente, lo que se encontró eran lesiones en pulmones y hepáticas, por el agua que penetró a las vías respiratorias.



- Usted también imparte clases en la UdeG. ¿qué le gusta más?



- El cargo que tengo como médico forense en el Gobierno del Estado es muy importante, pero a la que más quiero, es a la Universidad de Guadalajara.

Yo doy clases en la Facultad de Medicina, y en la de Derecho, sobre medicina legal, y quisiera que viera cómo se portan conmigo mis alumnos… perfectamente bien. Cuando en mis clases se portan mal, yo paro la clase y no les vuelvo a dar.



¿Además de su trabajo, qué le gusta hacer?



-Me gusta estar con mi familia. Soy, a pesar de mi vocación científica, un hombre de familia y católico. Me gusta también tomar fotografías. También tomo mucha fotografía de medicina legal, pero son demasiado impresionantes para que las vea la gente.



- ¿No le perturban esas imágenes?



-No.



-¿No le teme a la muerte?



-No.



-¿Nunca se ha conmovido en el trabajo?



- A un sobrino lo mataron un día y le tuve qué hacer la autopsia… Es un trabajo delicado, importante, porque es la solución para los problemas legales. Un juez no puede fallar un caso hasta que no le llevo el resultado de la autopsia.



-¿Qué lo conmueve y hace reír?



- Mi esposa. Tengo 53 años de casado, la quiero mucho y es muy buena. Ella es de Mascota, pero la conocí aquí, empezó a trabajar en el Hospital Civil de secretaria. Mis hijos, a los que veo todos los domingos. Además de la hacienda en la que viví cuando era niño, nunca he regresado a ella, porque me dio sentimiento cuando nos la quitaron.



-¿Cómo se imagina los últimos días de su vida?



- Yo me quisiera morir un día en el Hospital Civil o la Escuela de Medicina haciendo algún trabajo médico forense, pero solamente Dios sabe qué es lo que le destina a uno. Por lo pronto, este diez de mayo es mi cumpleaños número 82.

Texto: Javier Espinosa.

Don Mario dice querer mucho a la Universidad de Guadalajara, a la que le debe todo lo que tiene.




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