Domingo, 26 de Enero 2020
Internacional | Mauricio Funes bajo la lupa

Gobierno de El Salvador, más allá de los modelos

A una semana de la asunción, un periodista invitado analiza desde el país centroamericano la coyuntura que vive la nueva Administración

Por: EL INFORMADOR

SAN SALVADOR.- Además de acabar con 20 años de gobiernos de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), el resultado electoral del 15 de marzo en El Salvador acabó también con una maldición para la izquierda de este país: lograr que unos resultados electorales no fueran viciados por el fraude o la corrupción, como había sucedido desde las primeras décadas del siglo pasado, con brevísimos y contados interludios democráticos.

Por eso, la ceremonia de traspaso del mando del ex presidente Antonio Saca al nuevo presidente, Mauricio Funes, tuvo un inconfundible aroma a hecho histórico, a inicio de algo nuevo.

De algún modo, el discurso conciliador de Mauricio Funes del 15 de marzo, llamando a la unidad nacional, había sido interpretado por ARENA como una oportunidad para intentar neutralizar la influencia del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), principal valedor del candidato vencedor, y hacer bueno el viejo principio de Maquiavello: cambiar todo para que nada cambie.

Inicio dubitativo
Indudablemente, la fórmula presidencial de la izquierda salvadoreña mostraba desde sus inicios ciertas debilidades. La inclusión como candidato a presidente de alguien sin afiliación directa al partido (como es el caso del periodista Mauricio Funes), aunque con uno de sus máximos líderes históricos en la vice-presidencia (Salvador Sánchez Ceren), auguraba una constante de negociaciones en la conformación del nuevo Gobierno y en la implementación de las políticas estratégicas.

El rotundo discurso de asunción del Presidente Funes el primero de junio tuvo dos efectos inmediatos: evaporó las esperanzas de ARENA de neutralizar al nuevo presidente, y señaló claramente las prioridades de la nueva Administración en cuanto a la realización de las impostergables medidas sociales, económicas, de lucha contra el crimen y la corrupción, que este país reclama y que expresó claramente en las urnas.

Quedaba, sin embargo, la cuestión del modelo a seguir.
Funes no dejó dudas de quiénes son sus referentes. El modelo distributivo del Brasil de Lula, y el capitalismo humanizado que plantea Obama.

La pregunta pues, resultaba evidente: ¿Cómo tomaría el FMLN este posicionamiento, dada su inclinación hacia propuestas más enérgicas en el terreno del socialismo en América Latina, tales como las de Hugo Chávez, en Venezuela; el presidente Rafael Correa, de Ecuador; o la Bolivia de Evo Morales, sin olvidar por supuesto, a Cuba?
La tarde del primero de junio se conocieron las respuestas iniciales.

En el acto de festejos del FMLN, ante 60 mil personas, el presidente anunció que se había realizado la firma de la normalización de relaciones con Cuba y ratificó sus compromisos electorales, ya como programa de Gobierno.
Pero, además, desde el FMLN sus máximos dirigentes calificaron el discurso de investidura como “valiente”. Uno de ellos, José Luis Merino, no dudo en afirmar: “Estamos impresionados con el discurso del presidente, por su valentía y su llamado a la reconstrucción moral del país”.

La derecha vela armas
Las aguas parecen quedar claras. ARENA calificó el mismo discurso como revanchista y confrontativo.
La derecha pues, parece destinada a un cierto ostracismo, y dispuesta a una oposición sin concesiones. Es posible que la galante tradición de los 100 días de gracia al nuevo Gobierno, queden en este caso en el olvido.

Tampoco parece que la Administración de Funes pueda darse el lujo de tomar esos 100 días como margen para poner en marcha la gestión del aparato del Estado.

El “Gobierno del Cambio” generó máximas expectativas.
Hoy, más allá de los intereses de partidos, hay otro sector que, aunque consciente de que no todo se puede hacer de golpe, espera resultados más o menos rápidos y tangibles en temas clave como la corrupción, la inclusión social, o el cumplimiento de acuerdos de paz.

Es el sector de los eternamente marginados de los beneficios del sistema, que con urgencias históricas, ven en el presidente Funes y en el FMLN sus esperanzas de que por fin un gobierno, una vez pasada la fiesta y el alborozo del triunfo, gobierne también para ellos.
A esa enorme mayoría poco le importa si el modelo es de Lula o de Chávez. Lo que le importará serán los cambios a su favor que puedan percibir.

Por el momento, parece ser que ese mensaje es el que ha sido leído del mismo modo por el FMLN y por el entorno presidencial ajeno al partido.

La realidad es terca y los problemas a enfrentar demasiados para perderse en debates que pueden resolverse mejor a la luz de una buena gestión. (Raúl Llarull)

Hacia dónde va la nueva gestión

1.- Uno de las claves para el funcionamiento del nuevo Gobierno dependerá de cuán fluida sea la relación entre el presidente Mauricio Funes, un periodista alejado de la estructura tradicional del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y el vicepresidente, Salvador Sánchez Ceren, uno de sus máximos líderes históricos. De la rapidez con que se pongan de acuerdo estos dos personajes dependerá la puesta en marcha de nuevas políticas estratégicas.

2.- Lejos de las banderas tradicionales del FMLN, Funes propone un modelo de gestión distributivo, como el de Lula en Brasil, y el capitalismo humanizado que plantea Barack Obama en Estados Unidos, país en donde reside gran cantidad de indocumentados que envían remesas a su país, una de las princiales fuentes de ingreso. En este planteo inicial, el partido aprueba a Funes porque lo califica de “valiente”.

3.- Difícílmente el nuevo Gobierno de El Salvador cuente con el crédito de los primeros cien días. La derecha de ARENA, tradicional ganadora de los comicios, ha avisado que hará una oposición sin concesiones.

4.- Al menos a nivel de discursos, para el FMLN en el Gobierno parece estar claro que no se trata de obtener cuotas de Gobierno, sino de gobernar bien, con un nuevo estilo, para asegurar su continuidad en la presidencia, más allá del horizonte de 2014 cuando se elegirá nuevamente presidente.

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