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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Volver a clases

Volver a clases

Volver a clases

Volver a clase, cuando uno todavía asistía a la primaria, tenía un sabor un tanto agridulce, y es que mal que bien por mucho que lo fastidiara el tener que hacer tareas y levantarse temprano, llegaba un punto en las vacaciones que comenzabas a fastidiarte de no hacer nada productivo, además por supuesto de extrañar a los compañeros y la comodidad que proporciona la rutina.

Sin embargo, las semanas previas a la vuelta a clase recuerdo que eran particularmente enfadosas, pues uno tenía que hacer mucha talacha que francamente se veía como más burocracia que nada.

De entrada el tener que ir a una tienda específica por uniformes suponía tener que estar horas acompañando a la mamá viendo tallas y tallas de ropa, que, por lo menos a mi no me parecía interesante. Ahí, dependiendo de los centavos que hubiera en la casa, una vez que se compraba el uniforme se podía encargar que se le bordara el nombre para en caso de que te lo volaran pues hubiera pruebas irrefutables de propiedad, si no había tantos centavos, solía haber costureras que por mucho menos que la tienda hacían un trabajo igual de bueno.

Posteriormente uno iba a comprar los libros, que consistían en una biblioteca no menor a la que integra la José Vasconcelos de la ciudad de México. Se compraban muchos, pero muchos libros, pero indudablemente se iba a tener problemas con el libro de inglés, y es que éste parecía haber sido escrito a mano por Chaucer por lo cual eran un bien muy preciado.

Ñoñamente interesantes resultaban las distintas reglas, ábacos, compases y demás utensilios que se usarían máximo unas cinco veces en el año pero que le permitían a uno jugar antes de empezar el ciclo escolar.

La mochila también jugaba un punto medular de la compra puesto que el niño siempre iba a querer una mochila que costara lo mismo que un coche pequeño puesto que dicho statement le permitiría mugrosear al resto del grupo. Rara vez pasaba esto y normalmente uno acababa con una mochila promedio a la cual le terminabas agarrando cariño después de un tiempo.

Lo que sí era un fastidio era tener que preparar los cuadernos, y es que no solo había que forrarlos, lo que llenaba la casa de un olor terriblemente plástico que duraba un par de días, sino que además había que hacer los márgenes en cada uno de ellos. Por ello, cuando en mi adolescencia llegó el JeanBook se vio como una verdadera revolución pues ahorraba una joda francamente innecesaria.

También había que marcar plumas, lápices – soliendo rasparlos con un cutter para grabar ahí el nombre – y cuadernos, libros y demás utensilios.

Sin embargo todo este trabajo traía consigo una lección importante para la vida en el mundo adulto, y es que el resto de la sociedad son unas ratas tejoneras y más vale invertir tiempo y dinero porque si no el día de mañana Aguinaga acabará usando tu sweater y tu compás por el resto del año.

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