Uno de los mayores enigmas de mi infancia fue el que representaba el singular comportamiento de ciertos vecinos. Hablo, por ejemplo, de la mujer de la casa de enfrente. No era, en realidad, una persona esquiva u oscura, sino una mujer común, de unos sesenta años, que siempre con una pañoleta en la cabeza (pues se decía atacada por recurrentes neuralgias), barría la banqueta, manejaba el automóvil, paseaba a su perro y articulaba los buenos días y buenas tardes con absoluta normalidad ante todos aquellos que transitaban frente a su reja.La peculiaridad de su carácter consistía en que, a eso de la medianoche, una suerte de fuerza paranormal la llevaba a brincar de donde estuviera (a esas horas, es de suponerse que en cama pero quizá esperaba el momento justo agazapada en un sofá) y salir a la puerta de su casa a bramar: “¡Edu! ¡Jano! ¡Hijos!”. Edu y Jano, es decir, Eduardo y Alejandro, no eran fantasmas ni alucinaciones. Existían. Pero, claro, no eran dos niños a los que hubiera que llamar a berridos para que retornaran al hogar a cenar y empijamarse. No. Eran, para la época que refiero (es decir, a principios de los años ochenta), dos hombres bigotones y adultos, con esposas e hijos pequeños, que visitaban a su madre cada domingo o fiesta de guardar. Vociferar sus nombres era inútil porque ninguno de ellos vivía en las cercanías ni iba a escuchar el llamado. Al parecer, la función única de esos baladros era aliviar la tensión nerviosa de la vecina y congelarnos de pánico a todos los demás. Claro que en la biempensante Guadalajara de esas épocas, ninguno de los murmuradores del barrio tuvo el valor de preguntarle a la mujer el motivo o la razón detrás de su pasatiempo de proferir alaridos nocturnos. Miento: mi madre lo hizo un día en que se la encontró en un supermercado cercano. La vecina le sonrió (así supimos que le faltaba uno de los dientes frontales y que el otro era de oro) y se limitó a responderle: “Ah, sí, es que Edu y Jano son mis hijitos”. En la cuadra la llamaban La Llorona.Otro vecino más o menos notable fue el Barbón, un sujeto malencarado, con un ojo de vidrio más bien atemorizante que, muchos años después (y ya mudada mi familia a otro domicilio), se agarró a balazos con la policía en plena madrugada. El Barbón tenía un largo expediente de malestar vecinal tras de sí: niños coscorroneados, muchachas pellizcadas, un radio que vomitaba tonadas estridentes las veinticuatro horas del día y un confuso intento de atropello contra un muchacho que no había cometido más pecado que dedicarse a mirar las estrellas con un telescopio, de pie y en la banqueta de enfrente. Pues un día el sujeto, que maltrataba recurrentemente a su mujer, se topó con que ella, harta de abusos, llamó a las autoridades.Ante la llegada de la patrulla, el Barbón perdió los estribos. Sacó una pistola y, parapetado detrás de su propio hijo, se abrió paso a tiros y maldiciones, dejando por el camino varios tiroteados. El niño apareció a las pocas horas, ileso, a varios kilómetros de distancia. Del tipo no volvimos a saber nada hasta que los periódicos informaron sobre su muerte, tiempo después. La esposa prefirió marcharse del rumbo. Algunos vecinos aseguraban que el hombre tenía problemas anteriores con la ley. Otro, muy circunspecto, lo acusó de robarle las llantas a su Combi.Total, aquello terminó en leyenda. ¿O de qué otro modo se explica que la dueña de los abarrotes de la vuelta soliera amonestar a su hijo de seis años, que se dedicaba a dar de pelotazos en la reja del negocio, con un: “Ya cálmate, Christian, o le llamo al Barbón”?