Martes, 09 de Diciembre 2025

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Por: Flavio Romero de Velasco

Cuando en el invierno de 1964 Nelson Mandela desembarcó en Robben Islad para cumplir su condena de trabajos forzados a perpetuidad, aquella isla llevaba a cuestas más de tres siglos de horror. Los holandeses primero, luego los británicos, habían confinado allí a los negros reacios a la dominación colonial, a la vez que la utilizaban también como leprosario, manicomio y cárcel para delincuentes comunes. Los allí confinados, además de sus muchos padecimientos, añadían vivir permanente en soledad. La celda número 5 la ocupó Mandela durante los 18 años que estuvo en la isla —de los 27 que pasó en prisión—. Uno de los más prodigiosos y esperanzadores acontecimientos históricos del siglo XX se gestó allí, en un calabozo inhumano, gracias a la inteligencia y a la grandeza de espíritu del más respetable político vivo de nuestro tiempo. Poner la otra mejilla puede tener un amplio significado moral, pero carece totalmente de eficacia frente a regímenes totalitarios. Tal fue la actitud del más grande guerrillero pacifista que fue Gandhi... Hay circunstancias en que la única manera de defender la libertad, la dignidad humana o la supervivencia, es oponiendo a la violencia con violencia mayor. La cacería es una vocación destructora y sanguinaria, el retrato espectral de la condición humana. Al cumplir casi 90 años “El malestar en la cultura”, uno de los textos fundamentales de Sigmund Freud, se hacen palpables la desilusión y el escepticismo del autor ante el fracaso de los esfuerzos hechos por la civilización para controlar los impulsos primarios del ser humano. Ha sido una tenaz obstinación de sanguinarias consecuencias para la Humanidad, el definir a los individuos por sus señas de identidad colectivas de raza, religión, lengua o nacionalidad. Sobrecoge la angustia de lo extendida que está esta costumbre —mejor dicho este prejuicio— de imponer a los seres humanos una identidad unívoca para distinguirlos mejor. Esta manera de clasificar a hombres y mujeres, es la mejor manera de desconocerlos; equivale a enfundarles un rígido uniforme penitenciario, una apariencia mentirosa, y de abolir en ellos toda esa compleja y rica madeja de singularidades, afinidades y diferencias, que verdaderamente definen una personalidad individual... En muchos casos el ser humano evoluciona y cambia de convicciones, de costumbres, de creencias, de simpatías, de fobias; sus identidades se transforman a lo largo de la vida, incluidas aquellas que lo niegan como individuo y proclaman su “esencia”, su raza, sus creencias religiosas, su idioma y su nacionalidad... Las identidades colectivas van dejando de ser realidades y se vuelven ficciones, al salir del mundo mágico religioso primitivo, propio de una Edad Media mental de fanatismo religioso y oscurantismo moral. En nuestros días se habla hasta la saciedad de los derechos del ciudadano, de los derechos de la mujer, de los derechos del escritor, del joven, de profesionistas, etc. Hemos ido creando en todos los órdenes de la sociedad una mentalidad de cobradores insatisfechos.

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