A lo largo de un siglo y medio, Europa emprendió ocho cruzadas rumbo a tierras infieles de Oriente. El islam, que usurpaba el santo sepulcro de Jesús, era el remoto enemigo. Pero de paso, como les quedaba en el camino, estos guerreros de la fe cristiana aprovecharon para limpiar otras ciudades. La Guerra Santa empezó por casa incendiando las sinagogas sin dejar un solo judío vivo en Mainz y en otras ciudades alemanas. La cuarta Cruzada salió hacia Jerusalén, pero nunca llegó. Los guerreros cristianos se detuvieron en la cristiana Constantinopla, ciudad opulenta, y durante tres días y tres noches saquearon todo sin perdonar iglesias ni monasterios, y cuando ya no quedaban mujeres por violar ni palacios que saquear, se quedaron a disfrutar del botín, olvidando el destino final de la sagrada empresa. Pocos años después, en 1209, otra Cruzada se inició exterminando cristianos en el suelo francés. Los cátaros, cristianos puritanos, se negaban a aceptar el poder del rey y del Papa, y creían que toda guerra ofendía a Dios, incluyendo las cruzadas que se hacían en su nombre. Esta herejía muy popular fue extirpada de raíz. La más feroz matanza ocurrió en Béziers. Allí, fueron pasados a cuchillo: los cátaros y los católicos también. Nadie se salvó de la guillotina. La circunstancia no daba para distinguir quién era quién. El arzobispo Arnaud Amaury, duque de Narbona, delegado del Papa, lo tenía claro y ordenó: “Mátenlos a todos; ya sabrá Dios reconocer a los suyos”. En los días que vivimos de turbas políticas, religiosas o deportivas son realmente dignos de admiración quienes saben tener paciencia frente a la multiplicada multitud de cretinos. Tarde o temprano, con el transcurrir de los años y la proximidad de la vejez, se llega a esa estrecha vialidad en la que sólo se transita del olvido al no me acuerdo. El Alzheimer hace valer sus fueros. El enorme poeta jalisciense, doctor Enrique González Martínez, frente a su presentido desenlace final, en uno de sus sentidos poemas escribió conmovedoramente: “Feliz quién sabe/ a la hora solemne e imprecisa/ en que es forzoso que la vida se acabe/ asociar el adiós con la sonrisa”. El laureado escritor Gabriel García Márquez, en uno de sus libros escribió: “El puritanismo es un vicio insaciable que se alimenta de su propio excremento”. Las pasiones más felices son las que siempre se postergan, las que conservan toda la vida la ilusión de su eventual consumación; consumación que desde siempre ha sido destino trivial de todos los romances y encuentros amorosos. Por eso Shakespeare, a la intensa pasión de Romeo y Julieta, la congeló oportunamente con la muerte para preservarla al margen del destino y fin de las pasiones comunes. Plutarco, el historiador griego del primer siglo después de Cristo, en su célebre libro biográfico Vidas paralelas, dijo: “La vestimenta que baja hasta los pies sirve de estorbo al cuerpo; las riquezas sin medida sirven de estorbo al alma”. Las mafias intelectuales son implacables. El odio que proviene de la inteligencia es feroz. La lucha por el poder suele sacar a la superficie lo peor del ser humano.