GUADALAJARA, JALISCO (09/AGO/2015).- En 1968, el año de la invasión soviética de Checoslovaquia, se publicó El gran terror, del inglés Robert Conquest, que acaba de morir el 4 de agosto.Conquest tuvo un extraordinario talento, además de sentido del humor. Fue un historiador de erudición gigantesca que escribió veintitantos libros sobre la historia rusa del siglo XX, un poeta de considerables méritos (muy cercano a Philip Larkin y Kingsley Amis), editor literario del Spectator, funcionario diplomático, autor de ciencia ficción... Pero sin duda El gran terror es su obra más importante, pues en plena guerra fría y con las hordas de bienpensantes occidentales en su contra, ventiló de manera irrefutable los crímenes de Stalin y la dictadura soviética. Después de su publicación, ya fue imposible –salvo para los fanáticos más eloquecidos o los de plano imbéciles– negar que Stalin puso en marcha el sistema más monstruoso de exterminio de toda la historia (si el de Hitler fue igual en su iniquidad, no lo alcanzó en números).Como dijo en 1972 Octavio Paz –la cita se repite en todos los obituarios de Conquest–, ese libro “zanjó el debate” sobre el estalinismo y contribuyó más que ningún otro a desacreditar la tiranía comunista (y a Sartre, Neruda, Chomsky y tantos otros santones de la izquierda). El gran Czeslaw Milosz lo llamó “el poeta que tenía razón”.Conquest revisó y reeditó El gran terror dos veces: en 1990 y 2008, una vez ya disponibles los archivos soviéticos. Entonces se demostró que ninguna de sus aseveraciones habían sido falsas y que el número de víctimas del sistema comunista alcanzaba las cifras estratosféricas que habían suscitado tanto hipócrita escándalo entre los alegres intelectuales de Occidente “compañeros de viaje” del padrecito Stalin y sus epígonos. Poco después, el exilio de Solzhenitsyn y la difusión masiva de sus obras en Europa confirmarían en clave literaria la información aportada por Conquest.George Robert Acworth Conquest nació unos meses antes de la revolución de octubre, el 15 de julio de 1917, en Great Malvern, Worcestershire. Su padre era estadounidense de Virgina y su madre, inglesa (el abuelo materno, H.A. Acworth, colaboró como libretista con Elgar y Longfellow). Estudió en Oxford y en Grenoble, en la segunda guerra estuvo en el ejército británico. Tras la guerra, trabajó para el Foreign Office; en 1955 publicó su primer volumen de poesía (Poems) y en 1956 editó una importante antología de poetas jóvenes (New Lines). Vale la pena recordar su consejo a los aspirantes en la materia: “escriban con seudónimo y digan que es una traducción del portugués”. A partir de 1960 se dedicó a la escritura y la academia. Desde 1981 vivía en Stanford, California, donde fue catedrático de la universidad. La idea central de su trabajo histórico es que la responsabilidad principal del desastre que fue el siglo XX no estuvo tanto en los problemas en sí, sino en las soluciones que quisieron dárseles; no en fuerzas impersonales, sino en los seres humanos que abrigaron ciertas ideas y, como resultado, efectuaron ciertas acciones.