El buen amigo, Sergio René de Dios Corona, sorprendió a más de tres cuando en la mesa de redacción de EL INFORMADOR agregó la palabra resiliencia a la serie de buenos deseos para este 2013. El que esto suscribe tuvo que recurrir al diccionario de la Real Academia para entender a qué se refería el colega periodista. La RAE nos dice que en sicología, resiliencia refiere la capacidad humana de sumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Bueno, y también dice que es la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Pocos han logrado, con una palabra, describir con precisión lo que se necesita para sortear con éxito lo que venga, así sean situaciones en extremo adversas, y es el caso. Por plantearlo en términos más llanos y coloquiales, se trata de una suerte de capacidad de adaptación, de tomar al toro por los cuernos, sin importar el tamaño de la bestia o la condición en que nos encontremos cuando ésta embista y salir bien librados del lance. Es, sin duda, una habilidad que el ser humano en general debe cultivar y en la que, en los hechos y de manera inconsciente, los mexicanos somos ejemplo universal. No hay otra manera de explicar nuestro presente sin generosas dosis de resiliencia, eso que va más allá de la impronta a la Dolores del Río a la que se refería el escritor Germán Dehesa, cuando describía esa necesidad del mexicano de sufrir para sentirse vivo, de absorber con abnegación los golpes de la vida; y también va más allá de la caracterización que alguna vez hiciera del mexicano el también escritor Carlos Fuentes cuando atribuía a nuestra naturaleza una capacidad extraordinaria de sobrevivir, aún en los escenarios más complicados. Y es que finalmente tenemos mucha resiliencia y como un buen deseo para este año, que aumente. Es la flexibilidad que requerimos para navegar por este nuestro vapuleado país y pese a la calidad de la clase política en su conjunto, pese al hecho de que la violencia generada por el crimen organizado sigue manchando de sangre literalmente todo el territorio nacional; pese a saber que ya se nos hizo tarde para implementar una estrategia eficiente para incorporarnos a la era del conocimiento. Pese a la pobreza, marginación y las abismales diferencias que marcan la vida de millones de compatriotas, aún mantenemos la esperanza de que un futuro mejor sea posible. Es la resiliencia, en una medida significativa, la que hasta hoy nos ha permitido torear el burel de nuestro presente y mantener los arrestos para esperar el siguiente golpe, del que sabemos muy en nuestro fuero interno, habremos de sobreponernos. Que buen deseo, más de eso que nos permitió sobrevivir al “viejo PRI”, a Fox y Calderón, a decenas, por no decir cientos o miles de diputados, senadores, alcaldes y gobernadores que demostraron una y otra vez, que lo suyo no era la eficiencia y mucho menos la más pura expresión de lo que es (debería ser) el servicio público. Así que, a esperar lo que venga, lo que sea, que habremos de encontrar la forma de salir más o menos airosos... aunque no sea la actitud más sana para romper con el fondo de nuestros problemas.