Con mi saludo semanal y los mejores deseos, va la entrega del deporte convertido en arte y donde la charrería sigue adelante, dejando a Ustedes que nos dispensan con su lectura esta columna del Más Mexicano de los Deportes.Va una amena charla con Julio Ortega Trejo y que hace que la piel se enchine. México profundo. Una mañana Recorro en mi caballo y con amigos, las inmediaciones del Cerro Viejo en Tlajomulco, milpillas y el camino viejo a San Lucas Evangelista.Ala ancha con copa de piloncillo, estribo tapado, arción con sudadero, cabeza de bola en la silla, gargantón al pecho del caballo, “¡ALMA VIEJA!”- me grita uno de sus moradores-, “¡'ÁMONOOS!”-contesto sonriente.Durante esa caminata en la que mis invitados y yo compartimos y admiramos la abrumadora belleza del campo jalisciense, a lo que yo llamo EL MÉXICO PROFUNDO.Me preguntan: ¿qué estación del año disfruto más? Y les contesto: “Como a los hijos, cada una tiene lo suyo, defectos y cualidades, pero en todas confirmo mi amor por la vida, de todas agradezco al eterno”.La inclemencia del astro rey, en las secas, que me hace amar y entender el porqué de mi ala ancha, Y en las aguas: el lodo que me abraza los pies, para que no se me olvide de dónde vengo y a dónde voy. La Primavera y el Verano que se funden en una sola cosa: la estridencia del color; Y otra vez las secas, que desnudan para nosotros el monte y las labores, caminando seguimos, divagando, un sorbo de mezcal para entibiar el alma.Admirando un pitayo, órgano enorme como el día y disfrutando de la monumental sombra que nos regala una parota, con todas estas cosas se escurren las horas, como el agua del arroyo que pasa a los pies de nuestros caballos, instalados en el más nostálgico de los romanticismos, discutimos también, como esta actividad de recorrer el campo a caballo.Ha sido casi por completo abandonada, vapuleada por los modernos hombres de a caballo, por los “charros de lienzo”, esta nueva generación que desdeña con indolencia el origen de su “deporte”, esta actividad que regenera el vínculo tan íntimo que tiene el hombre con la tierra, su madre.Meditabundo y ya en la secrecía de mis adentros, añoro ese hombre de campo a caballo, que atesora sentarse a la sombra de un tabachín floreado, y se regocija en los placeres sencillos de la vida, como conocer los árboles y las plantas, saber leer el cielo, que ve en el campo una pasión mística, y no el instrumento frío para saciar necesidades espurias.Otra vez en la plática con mis amigos de pronto entramos en el escabroso tema de la charrería actual, coincidimos algunos, en que nos quejamos ciegos y soberbios, de las aberraciones y faltas de respeto al traje nacional que vemos en desfiles y cabalgatas, de charreadas con poca afluencia, de eventos de carácter rural sin la presencia del garbo de un charro correctamente vestido, pero nos encontramos ausentes, apáticos, desdeñosos de nuestra obligación educadora.Existe actualmente una gran efervescencia por el mundo del caballo, sobre todo en Tlajomulco de Zúñiga, pero a la familia charra la encontramos al margen, ahogándose en su aislamiento, en el equivocado exceso de cuidado por sus tradiciones. Cuántas veces hemos escuchado esa frase tan intolerante como elitista “lo charro se trae de familia”, ¿qué no somos todos los “mejicanos” una gran familia?Despreciando de tajo cualquier incorporación de nuevos elementos por no pertenecer a “la gran familia charra”, cayendo en el fatal error de despreciar todo lo que NO pertenezca al minúsculo circulo de la charrería federada, matando nuestro pasado y por ende: nuestro futuro, sin embargo concluimos todos en que la juventud se encuentra, hastiada de peleas y antagonismos estériles.Vivimos un México dividido, herido de gravedad, no seamos pues nosotros los charros un motivo más de discordia en nuestra patria, dediquémonos a lo nuestro: el trabajo de la tierra y la cría de los ganados, a la promoción de nuestro legado histórico, la patria eterna, no dividamos más a nuestra gente, volvamos a ser motivo de unión y orgullo nacional.Practiquemos la tolerancia, la inclusión, y la educación de nuestros semejantes, en cada charro un hermano y en cada mexicano un charro en potencia, con esa determinación terminamos satisfechos esa cabalgata y como dijo el abuelo de un buen amigo: en vez de coñac, tequila; en vez, de malta, tepache y en vez de orquesta, mariachi.Hasta la próxima columna, si mi Dios tan Charro no lo remedia…