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Nuestros hugonotes

De William Shakespeare, del que este año oiremos hablar abundante y merecidamente con motivo del cuarto centenario de su desaparición carnal (la otra nunca llegará mientras queden lectores en el planeta), se guardan poquísimos autógrafos: sólo seis firmas, una de ellas en su ejemplar de los “Ensayos” de Montaigne traducidos por John Florio, y tres páginas manuscritas de una pieza dramática de juventud escrita con otros autores, sobre la vida de Sir Tomás Moro. Este manuscrito podrá verse en la página de la Biblioteca Británica a partir de mediados de abril. El drama sobre aquel santo que desafió a un rey y perdió la cabeza por ello se atribuye a Anthony Munday y Henry Chettle, con contribuciones de Thomas Heywood, Thomas Dekker y nuestro Shakespeare, entonces aún principiante. Pero aparte de su interés documental, ese manuscrito escrito de puño y letra por el Bardo con las emocionantes vacilaciones de un borrador tiene hoy para nosotros un interés añadido por su tema y por su tono.

El monólogo que Shakespeare pone en boca de Moro, un humanista amigo de Erasmo y que se carteó con Juan Luis Vives, es una defensa de los hugonotes franceses que se habían refugiado en Inglaterra. Eran protestantes seguidores de Calvino que huían de la persecución que contra ellos ejercieron los monarcas católicos, por razones no siempre estrictamente religiosas. Una vez instalados en tierras británicas, los calvinistas comenzaron a ser acusados con razón o sin ella de numerosos delitos y hostilizados por los nativos, hasta el punto de que llegaron a organizar una sublevación contra ese trato que consideraban injusto y vejatorio. En ese momento se inscribe el monólogo shakesperiano.

En sus funciones de alguacil, cargo que desempeñaba por entonces antes de ser llamado a más altas responsabilidades, Tomás Moro hace un discurso de fraternal inspiración cristiana, pidiendo a los insurrectos que depusieran su rebelión y a los ingleses que los trataran de un modo más humano. Con la penetración que luego habría de hacerle célebre, Shakespeare recurre a la empatía para argumentar el reconocimiento que deben encontrar los refugiados. Moro pregunta a sus compatriotas que supondría para ellos perder su casa y su tierra para verse obligados a vagar a su vez por España o Italia, es decir que les pide ponerse en el lugar de los exilados. No hace falta subrayar el paralelismo de la situación con lo que hoy se vive en Europa, aunque entonces no existiesen leyes internacionales civiles que exigieran la hospitalidad —como hay ahora— sino sólo exhortaciones religiosas. Por lo que sabemos del resto de la pieza dramática, Moro consigue convencer a los hugonotes para que abandonen la sublevación, prometiéndoles en nombre de las autoridades que si lo hacen serán perdonados. Pero una vez depuestas las armas la promesa no se cumple y los hugonotes son ejecutados, lo que da pie para que Tomás Moro comience a distanciarse de la corona.

En cualquier caso, lo que más nos interesa es la sensibilidad del dramaturgo ante la realidad del desarraigo de quienes tienen que huir de su país natal no por capricho, ni siquiera en busca de mejor fortuna, sino por la necesidad imperiosa de escapar a la intransigencia violenta y la persecución. Es una situación que en este mundo cambiante que es el de la historia (y ya lo era desde luego en el siglo XVI en el que escribe Shakespeare) hoy le ha tocado por fatalidad a los sirios como ayer a los hugonotes, pero mañana podría caernos en mala suerte a cualquiera de nosotros. Éso es lo que Shakespeare recuerda con elocuencia por la boca de Moro a sus espectadores: que nadie nace destinado a escapar a tierras extrañas por su color de piel o su religión, sino que cualquiera de nosotros, los que hoy vivimos más tranquilos y seguros, podemos llegado el caso vernos en esa situación terrible. Y que al tener que convivir con esos que ahora buscan amparo entre nosotros debemos tratarlos del mismo modo que quisiéramos nosotros que nos tratasen en su misma circunstancia. Es algo elemental y básico, desde luego, porque en la capacidad de ponerse en el lugar del otro reside el fundamento de la vocación ética. Pero también es un vislumbre profundo de la entraña misma en que consiste la condición humana. Como aconsejó el griego Plutarco hace ya muchos siglos, debemos considerarnos compañeros de destino de quienes se ven empujados a vivir entre desconocidos, en una tierra de la que ignoran todo, la lengua, las costumbres, las creencias... Porque en efecto todos somos radicalmente forasteros al menos una vez en la vida, sin remedio: “nacer es llegar a un país extranjero”. Y de la acogida benévola u hostil que encontremos en ese país nuevo y terrible dependerá todo lo que ha de ser luego nuestra existencia de humanos entre humanos.

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