No deja de impresionar, frente a la fisiológica lentitud de los procesos de la colonización española, la rapidez e inmediatez con que la música logró entrar, difundirse y radicarse en las tierras y pueblos de la que en pocos años se llamaría “Nueva España”. Muy tempranamente, cuando todavía la antigua Tenochtitlán aún yacía en el polvo y en la niebla de la destrucción, y la nueva Ciudad de México todavía estaba naciendo, empezaron a llegar de Europa los primeros franciscanos para enseñar el arte de la música no solamente a los hijos de los conquistadores que, siguiendo la tradición medieval, tenían que incluir la música en su trayectória didáctica. Ellos venían también con otro interés: enseñar música a los indígenas.Entre ellos se encontraban el español Fray Juan Caro quien empezó, a partir de 1526, a enseñar a leer música a los pueblos locales, y el flamenco Pierre de Gand, conocido con la españolización como Pedro de Gante, miembro de la capilla musical de Felipe el Bello y luego de Carlos V, quien en 1528 tomó la dirección de la primera escuela de música de América en Texcoco y enseñó el canto polifónico y gregoriano. Tan sólo siete años después de la destrucción de la capital del imperio azteca se podían escuchar, cada domingo en la Catedral de México, cantores indígenas entonar las mejores páginas de la polifonía española e italiana.¿Cuáles son las razones de esta intensidad y velocidad de parte de los franciscanos en la difusión de la música entre los indígenas? Gracias al apoyo de Alejandro IV, el papa Borja, quien les había concedido los derechos de evangelización en las tierras del Nuevo Mundo, los reyes de España entendieron inmediatamente que para poder conquistar y sobre todo administrar tranquilamente esas tierras había que convertir los pueblos locales a su cultura. Había que “europeizar” a los indígenas, empezando por la conversión a la religión católica. Una visión que iba a cambiar por completo la historia de las Américas. Pero enseñar a leer y a hablar latín (idioma oficial de la religión católica) resultaba un poco complicado: había que encontrar a alguien que conociera también los idiomas locales para transcribir textos sagrados en los alfabetos locales y lentamente empezar a enseñar el alfabeto latín. En fin, demasiado lento y difícil.¿Qué mejor instrumento que la música? Era inmediata, directa y sobre todo no necesitaba traducciones. Lentamente, Fray Juan Caro y Fray Pedro de Gante lograron poner las bases de la educación musical indígena. Una base sólida, firme y culta sobre la cual año tras año, adaptando a las necesidades locales la imponente tradición musical europea y luego mezclándola con elementos autóctonos, se fue formando la hermosa aventura de la música mexicana.