Domingo, 12 de Octubre 2025

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Méjico

Por: Benito Taibo

Antonio Ortuño es de Guadalajara. Escritor. Una de las plumas más interesantes, y hoy, ya imprescindibles de su generación (y puestos en ello, de varias generaciones, incluyendo la mía).

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Me he cansado de recomendar, allá donde voy, su novela “La fila india”, que a estas alturas puede leerse en varios idiomas, y que a mí me pareció soberbia.

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Socarrón, endiabladamente imaginativo y perspicaz, con una alta dosis  de procaz mala leche, importantísima y necesaria en esos nefastos tiempos de lo políticamente correcto, Ortuño habla como escribe, o viceversa, y en ello se juega diariamente la vida y la palabra.

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Es siempre una alegría leerlo, porque me congracia con el hoy y el ahora, y porque estoy convencido que dice siempre lo que dice sin falsas ínfulas, ni caracterizando a un personaje. Es de esos que llama al pan, pan, y cabrón al que se lo merece.

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Y sin embargo, de lejecitos, parecería que no rompe un plato. Pero cuidado, señores, que tiene una pluma y una prosa que muerde, y que no suelta a su presa por más intentos que uno haga por sacársela de encima.

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Somos compañeros de páginas periodísticas, aquí dónde usted me está leyendo,  y también en aventuras corridas en ferias del libro en distintas latitudes; puedo decir que es mi amigo sin menoscabo de su integridad, y puedo decir también que lo admiro, y respeto inmensamente su obra, que me parece de una vitalidad estrepitosa y sobre todo, necesaria.

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Acabo de leer “Méjico”, su nueva novela,  así, con jota, como escribían los españoles transterrados (José Gaos dixit), que no se resignaban a perder ni el acento (como señal identitaria y resistente)  ni eso que aprendieron en la escuela de la patria perdida, como escribir el nombre de este país con esa jota que a muchos molesta, pero que no deja de tener sentido, por lo menos al oído;  y puedo decir que nos encontramos frente a su obra más redonda, más eficaz, y también más demoledora.

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Cabalgando en dos tiempos, el viejo ahora de finales del siglo XX y nuestros días, en Guadalajara, y el más lejano que transita entre el Marruecos español, Madrid y Veracruz en la primera mitad del siglo pasado, que nos cuenta una historia de familia, una historia de traiciones y una historia de sangres derramadas y por derramar.

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Me rehúso siempre a contar las novelas que leo, y espero a cambio, que otros reseñistas hagan lo mismo, y no por mostrar su inteligencia, acaben destripando (incluso con buena fe) aquello que reseñan. Los lectores son los que tienen que dar su juicio final.

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Puedo decir en cambio, que Ortuño tiene un don y también un oficio, y eso, es mucho decir.

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Encontró sabiamente el tono, la estructura narrativa, las voces intransferibles de sus personajes, un mundo que parecía perdido, y sobre todo, una forma de narrar inconfundible, y por lo tanto, única.

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Aplaudo lo más sonoramente que puedo a Antonio Ortuño desde esta columna, y confío, que aunque sea, escuche, desde donde se encuentre, el eco de mis fervorosas palmadas.

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Y a ustedes, amigos, sólo pido que corran a la librería y pidan “Méjico” con jota, aunque el dependiente los mire gacho.

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Palabra de lector.

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