Antonio Ortuño es de Guadalajara. Escritor. Una de las plumas más interesantes, y hoy, ya imprescindibles de su generación (y puestos en ello, de varias generaciones, incluyendo la mía).Me he cansado de recomendar, allá donde voy, su novela “La fila india”, que a estas alturas puede leerse en varios idiomas, y que a mí me pareció soberbia.Socarrón, endiabladamente imaginativo y perspicaz, con una alta dosis de procaz mala leche, importantísima y necesaria en esos nefastos tiempos de lo políticamente correcto, Ortuño habla como escribe, o viceversa, y en ello se juega diariamente la vida y la palabra.Es siempre una alegría leerlo, porque me congracia con el hoy y el ahora, y porque estoy convencido que dice siempre lo que dice sin falsas ínfulas, ni caracterizando a un personaje. Es de esos que llama al pan, pan, y cabrón al que se lo merece.Y sin embargo, de lejecitos, parecería que no rompe un plato. Pero cuidado, señores, que tiene una pluma y una prosa que muerde, y que no suelta a su presa por más intentos que uno haga por sacársela de encima.Somos compañeros de páginas periodísticas, aquí dónde usted me está leyendo, y también en aventuras corridas en ferias del libro en distintas latitudes; puedo decir que es mi amigo sin menoscabo de su integridad, y puedo decir también que lo admiro, y respeto inmensamente su obra, que me parece de una vitalidad estrepitosa y sobre todo, necesaria.Acabo de leer “Méjico”, su nueva novela, así, con jota, como escribían los españoles transterrados (José Gaos dixit), que no se resignaban a perder ni el acento (como señal identitaria y resistente) ni eso que aprendieron en la escuela de la patria perdida, como escribir el nombre de este país con esa jota que a muchos molesta, pero que no deja de tener sentido, por lo menos al oído; y puedo decir que nos encontramos frente a su obra más redonda, más eficaz, y también más demoledora.Cabalgando en dos tiempos, el viejo ahora de finales del siglo XX y nuestros días, en Guadalajara, y el más lejano que transita entre el Marruecos español, Madrid y Veracruz en la primera mitad del siglo pasado, que nos cuenta una historia de familia, una historia de traiciones y una historia de sangres derramadas y por derramar.Me rehúso siempre a contar las novelas que leo, y espero a cambio, que otros reseñistas hagan lo mismo, y no por mostrar su inteligencia, acaben destripando (incluso con buena fe) aquello que reseñan. Los lectores son los que tienen que dar su juicio final.Puedo decir en cambio, que Ortuño tiene un don y también un oficio, y eso, es mucho decir.Encontró sabiamente el tono, la estructura narrativa, las voces intransferibles de sus personajes, un mundo que parecía perdido, y sobre todo, una forma de narrar inconfundible, y por lo tanto, única.Aplaudo lo más sonoramente que puedo a Antonio Ortuño desde esta columna, y confío, que aunque sea, escuche, desde donde se encuentre, el eco de mis fervorosas palmadas.Y a ustedes, amigos, sólo pido que corran a la librería y pidan “Méjico” con jota, aunque el dependiente los mire gacho.Palabra de lector.