Sábado, 11 de Octubre 2025

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Manifiestos

Por: Antonio Ortuño

Manifiestos

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Fue Jorge Luis Borges el verdugo más eficaz de los manifiestos que recuerdo. En un artículo publicado en 1938, en la revista bonaerense El Hogar, el argentino afirma: “Hace veinte años pululaban los manifiestos. Esos autoritarios documentos renovaban el arte, abolían la puntuación, evitaban la ortografía y a menudo lograban el solecismo. Si eran obra de literatos, les complacía calumniar la rima y exculpar la metáfora; si de pintores, vindicar (o injuriar) los colores puros; si de músicos, adular la cacofonía; si de arquitectos, preferir un sobrio gasómetro a la excesiva catedral de Milán”. Líneas adelante, tras tacharlos de “papeles charlatanes”, confiesa: “[…] poseí una colección que he donado a la quema”.

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El texto, en sí, era una reseña burlesca de un documento firmado por André Breton y Diego Rivera (padres, respectivamente, del surrealismo y el muralismo mexicano), en ese momento bajo el influjo del trostkismo, en el cual denunciaron el control del arte ejercido por el estalinismo en la URSS (y en las mentecitas de cientos de intelectuales a lo largo del planeta) y, a la vez, propugnaron un movimiento de arte “comprometido” e “independiente”, es decir, en sus términos, trotskista.

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Cabe contextualizar: Borges circunscribe su veneno al campo de los manifiestos artísticos en un momento (la víspera de la Segunda Guerra Mundial) en que aún resultan cardinales y dominan el debate intelectual en buena parte del Occidente del planeta (América Latina incluida). Recordemos: alrededor del arranque del segundo decenio del siglo XX (el Manifiesto futurista es de 1909 y no encuentro en este momento otro del tipo fechado con anterioridad), las cofradías vanguardistas saltan al campo de batalla con manifiestos como estandartes, escudados tras unos postulados escasos pero tremebundos. Comienza la orgía de los ismos: futurismo, dadaísmo, surrealismo, creacionismo, ultraísmo, constructivismo, suprematismo, estridentismo, antropofagismo, nadaísmo, cubismo, expresionismo.

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Eso sí, Borges omite una revelación indispensable para comprender con amplitud su postura ante el asunto: él mismo redactó y promulgó el Manifiesto ultraísta (una vanguardia tibia, comparativamente con las demás, pero vanguardia al fin) en el cual la metáfora era exaltada a verdad última de la poesía. Algo hay, pues, de autoescarnio en su demolición.

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El punto, casi ocho decenios después del nocaut borgiano y a más de un siglo de la epidemia de los manifiestos, ya no es, sin embargo, la pertinencia y actualidad de los postulados precisos de esos “papeles charlatanes” sino la certidumbre histórica de su trascendencia. Porque el arte cambió luego de las vanguardias y los consensos decimonónicos se agrietaron (aunque no fueron ni total ni automáticamente sustituidos). El concepto de “bellas artes” (cada una con su musa griega) y la “búsqueda de belleza” como justificación máxima coexisten, hoy, con toda clase de idearios, incluso con algunos que sistemáticamente se ríen de sus pretensiones.

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Divertida paradoja: las “abusivas” certezas de los vanguardistas sirvieron, esencialmente, para resquebrajar las convicciones absolutas heredadas del pasado en el arte y establecer una suerte de “todo vale” que, pese a modas, presiones de mercado, debates y forcejeos, impera aún.

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