La luna de noviembre hechizó a los serranos y a los visitantes, iluminando de alegría a la garganta peñascosa donde se fue asentando el bello y romántico poblado llamado, “Tapalpa de San Antonio”. Marisol y yo nos dirigimos emocionados, el pasado día 11, al poblado de tejuelos, conformado por calles irregulares, angostas, anchas, largas, cortas y medianas, que suben o bajan, calles truncadas que zigzaguean con donaire a escondidas. Cada calle con fisonomía propia, con rica variedad de perspectivas, donde afloran atractivas fachadas añejas, casonas, de anchos muros de adobe, con amplios zaguanes y ventanas verticales aledañas, cubiertas por cuatro hojas de madera, resguardadas por extendidos aleros, fincas cobijadas por tapancos y tejados a dos aguas. Al atardecer, llegamos a la distinguida Casa Gálvez, donde se filmó parte de la película Tequila, la casona estaba animada por espectadores y artistas. Los cuatro corredores salomónicos fueron embellecidos por expresivas pinturas. Al entrar observamos dos simpáticas huesudas sonrientes, entalladas y floridas, tituladas Tributo a la anorexia, obra de Marisa Valles; enseguida, Las piñatas, de Vicky Bernal; al dar vuelta estaba Abue Toña, con relajado rostro de Claudia Caballero, quien obtuvo el primer lugar, pero con su cuadro tapizado de cítricos: Naranja dulce, limón partido. Sobre un caballete posaba el cuadro de Carlos F. Enriquez, un niño con los ojos vendados, con un palo en sus manos y una piñata que se balanceaba en el aire, lo nombró: Tradición que une a las familias. En un caballete vecino se encontraba otro niño de sensacional cara, con vivaces ojos negros, ante un altar de muerto con una calavera, flores cempasúchil y tres velas encendidas, creación de Catalina Romo. En el corredor angosto colgaba La cocina de María Luisita, una cocina de antaño con una dama de antaño, realizada por Celina Peña Quiroz. Cerca de la escalera que sube a una recámara, estaba San Franciscos con estrellas, un jarro con dichas flores, de Francisco Nava, otras admirables obras más colgaban en aquellos gruesos muros. El comedor estaba animado con papel picado, velas e incienso, donde apreciamos varios curiosos y bizarros cuadros de miniaturas, tales como una tienda de abarrotes y una cocina, de Celina. Charlamos un rato con los amantes de los pinceles, en una atmósfera amena y bohemia. Al anochecer, una entusiasta cabalgata partió con dirección a la presa, unos libros de terror se abrieron en el campo santo y nosotros nos fuimos a caminar por el fantástico bosque, rumbo a Churintzio, por los cerros: La Estancia y La Torre, donde canturrea el encantador arroyo Las Animas. Recorrimos plácidamente un sendero, a la vera del arroyo, contemplando la luna entre el pinar y sus efímeros reflejos en algunas fosas de agua zarca, luna llena que bañaba a las encinas de magia y de vida, de cuando en cuando la ocultaban unas traviesas nubes. Nos sentamos en unas piedras a admirar el arroyo que presumía cautivantes sobras, fue una fabulosa vivencia. Al día siguiente, pasado el medio día, fuimos a las caballerizas del sauce, donde relinchaban de gusto varios hermosos cuacos, era la exposición del patrono de la Nueva Galicia, “Santo Santiago”. Nos dio la bienvenida un fantástico relieve en bronce de “Santiago Matamoros”, los caballos con sus jinetes y los combatientes a pie se desbordaban con cierta vida, la bandera del santo ondeaba arriba del cuadro, obra de Diego Martínez Negrete. Luego, observamos dos pinturas del patrono un tanto similares, con el corcel blanco reparando y con petral, imaginación de Fernando Sandoval. Enseguida miramos una escultura en madera, otra en barro policromado y una más en cerámica. Había un exvoto agradeciendo que: “Pancho había dejado la bebida y ahora hasta chamba tiene”. Una pintura del santo mostraba algo de joroba, inclinado sobre la crin, con la espada abajo, como en retirada, firmada por Javier Arévalo. Había un elegante candelero con tres santos: Yago, San Jorge y San Martín, a un lado estaba la pintura de San Yago que lloró, obra que tras ser rescatada de un incendio pareciera que le salieran lágrimas rojas. A unos pasos vimos una charola en barro bruñido; más adelante colgaban cuatro óleos en tela, uno grande, mostrando al santo con su caballo español reparando, con una espada en una mano y una bandera en la otra, otro, comprendido en un círculo, el tercero, de influencia peruana, con elegante vestimenta y el cuarto del siglo XIX, colección de María Inés Torres. A un costado se ubicaba una pintura en lámina, Yago de pie. En el cuarto del caballerango, colgaban dos vistosas mascaras tastuan, con bocas grandes, abiertas y salientes, ojos rectangulares y largas cabelleras. Por último, apreciamos unas veneras con el símbolo santiagino, sobre conchas de vieira, los peregrinos que iban a Santiago, regresaban con las veneras cocidas en las esclavinas. Y un San Yago plasmado con esmalte en una concha sobre plata.