El decálogo de buenas intenciones que presentó ayer el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, pareciera, en una primera lectura, un catálogo de obviedades. Qué candidato no se compromete con la libertad de tránsito, los derechos humanos, la libertad de expresión. Pero, viniendo de quien viene, y en el momento en que se da, el decálogo hay que leerlo como la lista de los pecados capitales del PRI y que Peña se compromete a mantenerse alejado de la tentación, amén. ¿Qué es eso que los analistas políticos llaman la reinstalación del viejo régimen, cuáles son los temores y los señalamientos de riesgo político? Eso es justamente lo que este catálogo de buenas intenciones busca contrarrestar, los grandes pecados del régimen priista. Veámoslos uno por uno. El primero se refiere a la libertad de reunión y manifestación. Uno de los pecados que más pesa sobre el régimen priista ha sido la represión. Ahí está la noche de Tlaltelolco en 68 como marca de la casa y el Jueves de Corpus del 71 como refrendo. El segundo tiene que ver con la libertad de expresión. El temor de perder lo que se ha avanzado en ese terreno tiene que ver con viejas prácticas priistas que no dudaron en su momento en callar, primero a cañonazos de billetes y luego con violencia, algunas voces críticas. Por eso el tercero tiene que ver con el uso de la publicidad oficial. Se acusa a Peña de haberle comprado a las televisoras la Presidencia. Cierta o falsa, esa idea ha permeado en diversos niveles de la sociedad, y tienen que contrarrestarla. Siguen los que tienen que ver con comportamiento político. El cuarto tiene que ver con la idea de que el PRI no acata las resoluciones de Derechos Humanos. Las historias de grandes priistas, sobre todo gobernadores, que se pasaban (y pasan) por el arco del triunfo los derechos humanos son una visión bastante compartida. Peña se compromete a acatar todas las resoluciones. El quinto tiene que ver con una historia reciente: que los diputados locales priistas, para congratularse con la jerarquía católica, aprobaron junto con el PAN las famosas leyes antiaborto. Hoy el candidato del PRI se compromete a mantener el Estado laico. El sexto mandamiento autoimpuesto es usar la fuerza del Estado para combatir la discriminación, o sea: nada concreto. Los cuatro últimos tienen que ver con la forma de ejercicio del gobierno que tanto usó el PRI, la famosa “presidencia imperial”. El séptimo es respeto a la división de poderes, cosa que el presidencialismo priista nunca hizo. El octavo es no meter las manos en las elecciones de los estados, una costumbre muy arraigada en el viejo régimen. El noveno, una comisión anticorrupción; y el décimo, respeto a la soberanía de estados y municipios (no poner y quitar gobernadores a capricho). En síntesis, el PRI se compromete a expiar sus 10 pecados capitales o, dicho en otras palabras, a no ser el PRI.