Miércoles, 15 de Octubre 2025

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La que se enoja pierde

Por: Paty Blue

Si es para hacer berrinches a la menor provocación, mejor haría en guardarme y no exponerme a que el hígado se me encebolle por nimiedades en las que ni la pena vale comprometerlo. Si nada me parece y el mínimo detalle me desata la controversia, más me valdría, o bien aprender a dominar a mis chamucos interiores en automático, o de plano abstenerme de proporcionarles la oportunidad de que me dancen desde la epiglotis hasta el duodeno. En más silvestres términos, como bien apunta la prudencia rezumada a la que llamo marido, si nada me parece y todo se me vuelve motivo de contrariedad, más me convendría quedarme en casa viendo la tele y sobándoles el lomo a mis gatas, antes que colocarme en la coyuntura de que un espasmo biliar me deje más torcida que charamusca de Guanajuato.

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No puedo ni debo más que darle la razón, partiendo de que él es quien  involuntariamente se convierte en el receptor inmediato de mis recurrentes muinas y no me parece justo amargarle la esporádica salida que damos fuera del ámbito doméstico, dizque para distraernos cambiando eventualmente de aires. Así que, al menos en grado de tentativa, me he propuesto ser otra o, más bien, recuperar aquel despreocupado y alegre churumbel que siempre parecía traer por dentro y que extravié en algún punto de mi añosa biografía.

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Así que, tomando en cuenta la ingrata experiencia de mi salida más reciente y  reuniendo la vasta templanza que siempre había sido capaz de acopiar para toda ocasión, a partir de hoy, por ejemplo, aguardaré con paciencia los veinte minutos que cualquier prójimo se tome para franquearme el paso a la salida de mi cochera, porque no es su culpa que yo traiga prisa y bien vale la pena esperarlo para encomiar su obstructora valentía y felicitarlo porque se tome la pertinente reconvención tan a la ligera.

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Con placer y regocijo recibiré, a la par que agradezca el gesto con una sonrisa, el prudente señalamiento de cualquier automovilista que resuelva reconvenirme, con gentiles gritos y claxonazos, mi condición de mujer al volante y los desatinos derivados de ello. De igual manera, me he impuesto agradecer con creces y hasta con una buena propina, las dispersas indicaciones del anfitrión del teatro al que ocurrí y me ofreció tres rutas alternas para llegar a mi localidad, obligándome a investigar una cuarta opción para conseguirlo; después de todo, a mis años y con mis kilos, siempre es bueno andar y desandar un kilómetro de trayecto, con sus respectivas escaleras.

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Como estoy dispuesta a erradicar cualquier indicio de enojo o amargura, en lo sucesivo, felicitaré con entusiasmo a quienes ignoran la recomendación de apagar su celular durante la función teatral, o a los que se la pasan chateando con un desconocido lejano, encandilando en la obscuridad al más cercano. Con similar enjundia aplaudiré las frecuentes intervenciones verbales de quienes me rodean; después de todo, sus comentarios son mucho más relevantes que los textos recitados por un actor que ni siquiera es famoso.

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Mi lista de firmes propósitos es más larga que el espacio del que dispongo para enunciarlos, así que concluiré expresando que estoy dispuesta a disfrutar al máximo que la función comience media hora después de lo anunciado, que el aparcadero correspondiente me cobre medio ciento de pesos por dos horas y que la prometida y apetitosa coyuntura de echarse unos buenos tacos de lengua culmine frente a un taquero que acaba de agotar sus existencias del día. En suma, dispuesta estoy a no seguir perdiendo por enojona. 

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