Sábado, 11 de Octubre 2025

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La historia de Jonathan

Por: Alejandro Irigoyen Ponce

Hay historias que son pertinentes o importantes; las hay también que resultan indispensables para formar cuadros de referencia y así tomar las mejores decisiones de vida y hay otras que son mucho más que todo lo anterior, como la de Jonathan.

La información hoy disponible retrata una vida en el infierno de este niño de tan sólo siete años y que falleció a finales de febrero pasado. Habría que imaginar su contexto en la empobrecida y marginada comunidad de Tlacuitapa, en el municipio de Unión de San Antonio, con unos padres que agotan su energía en la sobrevivencia, en una granja porcina en la que ambos logran ingresos apenas de mil pesos semanales.

Los datos que surgen en la denuncia interpuesta ante el Ministerio Público refieren que el 18 de febrero, tras asistir a la escuela, el niño llegó a su casa y se limitó a decir que si tomaba agua, se ahogaba. Se durmió y al día siguiente no se quería levantar y menos, comer. Finalmente reveló a su madre que un compañero de la escuela, “Beto”, que hoy sabemos tiene 10 años, lo hostigaba constantemente, lo golpeaba y robaba y que el día anterior, le sumergió la cabeza en un excusado.

Los padres lo llevaron al IMSS pero el médico que lo atendió le diagnosticó una infección estomacal, le recetó antibióticos y le dio de alta. Al día siguiente lo volvieron a llevar al IMSS, pero con el médico familiar que ordenó su ingreso y que le realizaran rayos X. Tenía severos daños en los pulmones, por lo que se ordenó su traslado a Guadalajara. En el trayecto, Jonathan sufrió tres paros cardiorrespiratorios y falleció.

Un caso fatal de bullying, que en la definición de Cathy Calderón de la Barca, psicóloga especialista en niños y directora del kínder y primaria Colegio Internacional de México, se presenta “cuando en repetidas ocasiones un niño o niña agrede física o verbalmente a una persona a quien le proyecta su basura emocional. Es decir, los vacíos, carencias, frustraciones, enojos que no puede resolver, los convierte en agresiones en contra de alguien a quien ve más débil y por lo tanto, puede ser sometido”.

Entonces, la historia de Jonathan deberá ser contada a partir de su agresor, su homicida, el tal “Beto”, de sólo 10 años de edad. Ahora, habría que imaginar el infierno de “Beto” que a su corta edad ya acumuló tanta basura emocional que fue capaz de, literalmente, torturar a un pequeño por quién sabe cuántas semanas o meses, con insultos, humillaciones y golpes, los que dejan cicatrices y lesiones internas  hasta replicar algo que seguramente vio en televisión, sumergir la cabeza de su víctima en un excusado hasta el borde mismo de la muerte.

Habría que imaginar el contexto de pobreza y marginación (por no hablar de la miseria moral que alimenta a los “Betos”) y también, de alta permisividad hacia conductas agresivas; hay que sumar la nula capacitación y menor interés de los maestros por detectar y corregir conductas de hostigamiento, para tener una historia como la de Jonathan.

Hace ya cinco meses, a propósito de que la película de Michel Franco, Después de Lucía, fuera premiada en el  Festival de Cannes, el tema del bullying cobró cierta relevancia. En ese entonces, el que esto suscribe comentó que “el acoso o intimidación es un problema muy serio, profundo, que demanda la atención de todos y no sólo por una película, sino por su dañino potencial de marcar de por vida a miles. Es un tema, queda demostrado, que a todos preocupa, pero realmente a muy pocos ocupa, y en ese sendero jamás se logrará algún avance sustancial. Como siempre, queda en manos de cada quien, en la medida misma de su compromiso y responsabilidad el decidir si se permanece en el lado de los preocupados o por fin se da el paso hacia el de los ocupados”.

Bueno, pues parece que el impacto y movilización que generó en su momento la película, simplemente se esfumó y que el lado de los eventualmente preocupados es el que domina, para desgracia de todos los Jonathan que hay en el país, y para vergüenza de una sociedad que ve síntomas, conductas incorrectas, inmorales e ilegales, pero que finalmente no hace nada.
 

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