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Jueves, 17 de Enero 2019

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La generación flotante

Por: Armando González Escoto

La generación flotante

La generación flotante

Nacieron a finales del siglo XX. Se fraguaron en el molde incipiente de la postmodernidad caracterizada por la “liquidez”. Procedían de familias neutrales que ni negaban ni creían, porque esa había sido la resaca de la modernidad.

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Las familias neutrales adujeron en su defensa haber sido educadas con un rigor que no estaban dispuestas a reproducir. Construyeron sus vidas bajo la guía de psicólogos y terapeutas, luchando neuróticamente por superar sus neurosis, o al menos sustituirlas por otras de su propia elección. Novatas en las tecnologías que estaban surgiendo por todas partes, llegaron a manejarlas aunque sólo fuera como novedosas máquinas de escribir o rastrear sus dependencias afectivas. Muchas de estas familias se fracturaron conyugalmente antes de lo esperado, es que se respiraban otros aires y de pronto la pareja estorbaba, aburría, saturaba, había dejado de ser vista como parte de un proyecto compartido y ahora se le enfocaba como un insoportable obstáculo a la propia realización.

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Construyeron sus vidas bajo la guía de psicólogos y terapeutas, luchando neuróticamernte por superar sus neurosis, o al menos sustituirlas...

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El número de padres y madres solteros comenzó a crecer, también el de los hijos a medias, medio tiempo con el padre, medio tiempo con la madre, medio tiempo con la abuela, medio tiempo en la guardería, medio niños, medio adultos todo el tiempo ante alguna pantalla, que operaba como nodriza sustituta.

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La cultura postmoderna, globalizante, hacía su parte con éxito inaudito. Primero cercenaba las vinculaciones familiares, luego las temporales, luego las espaciales, luego las antropológicas, y al final por todos los rumbos del planeta muchachos y muchachas con pantalones de mezclilla entubados, playeras, tenis, audífonos, celular, tablet, con frecuencia tatuajes y perforaciones, expansores, arracadas en labios, lenguas, ombligos, y una permanente flotación social.

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Antes de lo esperado la generación flotante comenzó a tomar parte en la vida real de ciudades y países con el ímpetu de la juventud y la arrogancia inevitable que da el dominio de las nuevas tecnologías, también con las expectativas naturales de quienes buscan innovarlo todo, con los sueños y las utopías típicas de la edad ahora proyectadas virtualmente y con la posibilidad de pasar a lo real en cualquier momento.

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Los ciudadanos sobrevivientes de la pre modernidad y de la modernidad han observado estos fenómenos sociales sorprendidos y a veces aterrados. Son poseedores de un patrimonio cultural de valor incalculable que sienten no tener a quienes heredar, que temen sea dilapidado, ignorado, atropellado desde las pantallas de los nuevos profesionistas de la flotabilidad, donde diseñan las ciudades del futuro carentes de raíces, de identidad, de secuencia humana, pero muy “bonitas, digitales y funcionales”.

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La mercadotecnia cultural pareciera una invitación a romper con todo y comenzarlo todo a partir de cero, mientras que en contraparte diversas ramas del saber científico se afanan en mostrar el poder de la genética y la importancia de conocer su permanente influjo en el ser humano. Esta lucha de corrientes contradictorias se vive y se juega con el ambiente del antro, donde todo mundo grita y nadie escucha, brincando en penumbras sin saber a quién se pisa, ajenos al ayer y al mañana, flotando todos sobre la masa líquida de una cultura esotérica que desde luego otros agitan y conducen sin que a nadie se le ocurra preguntar hacia dónde los llevan.

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armando.gon@univa.mx

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